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Muere el ‘padre español’ de Anand

Mauricio Perea fue muy apreciado por la élite mundial del ajedrez

Mauricio Perea, en el torneo de Linares de 2003.
Mauricio Perea, en el torneo de Linares de 2003.

En su caso no ha habido que esperar a que muera para que todo el mundo lo elogie, porque siempre mereció el aprecio de todos. Mauricio Perea fue un "segundo padre" para el excampeón del mundo Viswanathan Anand, y un consejero muy respetado por gran parte de la élite del ajedrez. Además era sabio y muy discreto; tanto, que su fallecimiento, el pasado día 13, a los 91 años, casi pasa desapercibido, a petición propia.

"Vishy me cautivó desde que le conocí. Era un disidente revolucionario en la élite del ajedrez, un iconoclasta; y por eso Nieves y yo lo adoptamos como si fuera un nuevo hijo y le convencimos de que su cuartel general debía estar en España, para evitar frecuentes viajes agotadores a la India", solía recordar Perea. Ocurrió en 1991 en el torneo de Linares, donde Anand se estrenó a los 21 años y dejó estupefactos a todos: apenas gastaba un cuarto de hora en la partida entera contra los mejores del mundo. Una de las primeras noches cenaron juntos, y Mauricio aconsejó al indio: “Mañana juegas con Kárpov. Por favor, no inviertas apenas 16 minutos, como has hecho en la partida de hoy, moviendo piezas casi sin pensar”. La respuesta de Anand fue: “Está bien, jugaré más tranquilo. ¿Os parece bien si gasto 17 minutos? Por cierto, si gano, os invito a cenar mañana en un chino”. Ganó, cumplió su promesa, y Mauricio y Nieves se convirtieron en sus “padres españoles”.

Para entonces, Perea tenía ya mucho mundo en sus talones. Hijo de un destacado general republicano en la Guerra Civil, Juan Perea Capulino, heredó de su padre la pasión por el ajedrez y la música clásica, la sed de cultura, una ideología muy progresista y un anticlericalismo visceral. Como tantos españoles tras la guerra civil, la familia se exilió en México, donde Mauricio comenzó una brillante carrera profesional en la industria farmacéutica que le convirtió después en un alto directivo en EEUU y le permitió conocer medio mundo mientras seguía cultivando la pasión del ajedrez con éxitos deportivos; entre ellos, campeón de los estados de Tejas y Nueva Jersey; además jugó muchas partidas internacionales por correspondencia.

Esa vida tan intensa terminó de forjar una cabeza muy bien amueblada, una cultura amplísima y un carácter sobrio y muy sensato. Aunque, desde el punto de vista del ajedrez deportivo, Mauricio sólo fuese un aficionado de cierto nivel técnico, esas virtudes le hicieron ser muy bien aceptado por los astros del tablero, los organizadores y los periodistas especializados cuando, a partir de 1991, decidió aprovechar su jubilación para frecuentar los torneos españoles.

Así conoció a Anand, y así le convenció de que comprase una casa cercana a la suya en Collado Mediano, un pueblo de la sierra de Madrid. El campeón indio –cuya religión hindú le impide comer carne- pudo comprobar pronto en qué consistía la famosa picaresca española: Nieves preparaba el cocido con todos los sacramentos, pero los retiraba hábilmente antes de servirlo en la mesa, para que Anand pensara que estaba comiendo algo estrictamente vegetariano.

Además del duelo por el título mundial contra Kaspárov en el piso 107 de las Torres Gemelas de Nueva York en 1995, un momento culminante de la relación entre el matrimonio Perea y Anand fue la boda de éste con Aruna en Chennai (India) durante dos días muy intensos. Mauricio tenía serios problemas para entender el tamil, que él definía como “una concatenación de fonemas ininteligibles pronunciados a una velocidad endiablada”. Aún así fue capaz de aprender de memoria la frase kalyana vazhthukkal, apropiada para felicitar a la novia en ese idioma. Pero la pronunció de tal modo que Aruna respondió, en inglés: “Perdone, pero no entiendo el español”.

Nieves falleció en 2004. Poco después, Mauricio dijo en el torneo de Linares su famosa frase: “El ajedrez me da la vida”. Pero su vida era mucho más que eso: una permanente inquietud por saber más de asuntos muy diversos, y por compartir esa sabiduría con quienes tuvimos el privilegio de ser honrados por su amistad. “Su mera presencia ya me reconfortaba”, recuerda hoy Anand. No es extraño que varias de las personas consultadas para escribir este obituario hayan pronunciado la misma frase, que el autor suscribe: “Mauricio fue una de las mejores personas que he conocido”.