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Por Guinea Conakry (3): rodeando la capital

Autor invitado: Nuno Cobre (*)

Fotografías de Vicent R. Vía Flickr.

APENAS PUDE VERLO. Pero según Samory, el espigado edificio que se levantaba sobre nuestrasespaldas venía a ser el PalacioPresidencial. Intuí una enorme placa dorada, un susurro de oro y unabandera majestuosa de Guinea Conakry. Al darme la vuelta, ya nos habíamosadentrado en el Barrio de Boulbinet,que se hizo a un lado para presentarnos el Palaisdes Nations, con un parecido inevitable a un campo de fútbol, gracias a sucuerpo circular, y a su embadurnamiento amarillo, girasol que atestiguaban larecuperación del ataque sufrido en 1996 cuando aún albergaba la oficinapresidencial.

Samoryaparcó luego en frente del Hotel Novotelque transpiraba de gris y se ondulaba como dos olas puestas en pie. Dejamosatrás la elegante recepción, la piscina y llegamos a un jardín auscultado porun paisaje de bajamar que revelaba unas rocas, el barro e insinuaban un escenario volcánico, petrolífero ydefinitivamente sideral. Una destrucción imaginaria había escupido estefresco que se completaba con un faro al fondo, y un puerto fantasma a laderecha escoltado por unos siniestros barcos de carga.

Porlos jardines se deslizaba un chino portando una potente cámara de fotos queretrataba el paisaje y los niños. Después de cada clic, el fotógrafo apartabala cámara de su rostro y esgrimía una sonrisa. No muy lejos de él, otro chinopegaba su oído izquierdo a su móvil y daba pasos cortos bajo un áureapreocupada. Conseguí arrancarle una foto a estehombre de negocios que me respondió con una mirada asesina.

Desdelos jardines del Novotel se veía connitidez el mercado del pescado y el área portuaria. Samory me hizo un gesto ynos pusimos en marcha para atravesar varias calles cercenadas por montones debasura acumulada combinándose con un trasiego imparable. Al llegar al mercado,Samory levantó el tono de su voz nada más salir del coche y espantó a variostipos sin camisa que me habían dicho algo. “Sólo queremos hablar con el patrón”, afirmaban mirándome de reojo.Samory les habló en un malinké rotundo y los chicuelos se retiraron despejandouna vista navegada ahora por decenas de pateras o pirogues invadidas por banderas coloridas y pintadas chillonas.Unos cuantos pescadores cocían las redes de pescar ahí mismo, ayudándose de susmanos y dedales de madera. Olía a marintoxicado de fritanga, pescado salado y un metano confuso que encontrabasu aliado en la dársena del puerto donde dos cerdos tragaban toda la basura quepodían sobre una tierra negra y lúgubre. Samory me dijo que tenía que haceralgo antes de abandonar Boulbinet Port,y se metió en un cuarto con más fieles y alfombras y aprovechó para rezar.

Laexcursión estaba llegando a su término, y yo insistí en pasear por la Avenue de la Republique, área de Kaloum y que albergaba a los bancos,centros de internet y comercios. El mapa afirmaba que esta área abrigaba elbulevar 1, el bulevar 2, el bulevar 3… los cuales no cabía la menor duda de quehabían nacido del mismo útero, el mismo día, ya que su caótico parecido era tanevidente que resultaba casi imposible distinguir un bulevar del otro, igual queocurría con muchísimas más calles de Conakry. Bajo letreros y denominacionesafrancesadas, las calles escondían un caos que sólo los africanos, sólo losguineanos, podían descifrar lógicamente.

Elcroquis que había garabateado a la mañana me sopló que aún quedaba por visitarel barrio de Ratoma que absorbía lasáreas de Taouyah, Kipé y Kaporo. El Peugeot vinotinto se dirigió a la zona a través de la Routede Donka, mientras decenas de mujeres a lomos de ruidosas motocicletas nosembestían una tras de otra. Llamaba la atención la cantidad de mujeresmotoristas que se infiltraban por Conakry, cuando lo más normal en la región esver al hombre a los mandos del manillar. Llegamos a Ratoma, y en medio del gentío mezclado, me sentí cómodo al ver lacantidad de tresillos vacíos que se posaban en las esquinas esperando untrasero con dinero. Por estos barrios también venía a descansar el liceo Albert Camus, polvoriento eiluminado tal vez de mayonesa rosa, más edificios chinos.

Lanoche había caído sigilosa y le pedí a Samory que me llevase de vuelta a Minière. Tardamos bastante más de loprevisto puesto que a cada paso nos frenaban los controles militares comandadospor fortachones soldados de boina además de altos mandos. Ataviados conuniformes verdes, metralletas modernas y linternas, los soldados revisaban cadarincón de los vehículos y luego miraban al conductor durante unos segundos.Algunos sacaban una mano y depositaban algo en la mano de los militares, otrosdecían unas palabras salvadoras comofue nuestro caso. Samory me contó que el actual presidente AlphaCondé que había luchado durante muchos añoscontra la dictadura de Lansana Conté, había prometido en vano la supresión delos controles militares. “Los militarestienen mucho poder. Si el presidente no les deja rapiñar por las noches, se meteríaen más problemas”.

(*) Nuno Cobre vive, escribe y publica su blog Las palmeras mienten desde algún lugar de África. Y tiene otra manera de ver el continente, desde el expatriado con el cuerpo fisicamente allí, pero con los recuerdos y la mirada de un mundo más occidental, que irremediablemente se entremezclan, van y vienen. Otras entradas: En qué quedamos tiempo, De Rosa Cebra y otros colores, Enfadados o Un viaje

Comentarios

¡Gracias, infinitas gracias por hablar de Conakry!
Me siento en Conakry una vez más!
conakry es maravilloso...saludos
Gran post. grácias por recordarte de Conakry
¡Gracias, infinitas gracias por hablar de Conakry!
Me siento en Conakry una vez más!
conakry es maravilloso...saludos
Gran post. grácias por recordarte de Conakry