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Discurso íntegro de José María Aznar en Pozuelo de Alarcón

Querido alcalde, querido Pedro, queridos convecinos, muy buenas tardes a todos. Os agradezco mucho que me hayáis invitado a pasar esta tarde hoy con vosotros en este magnífico teatro de nuestra ciudad. Debo admitir, en todo caso, que yo estoy hoy aquí por orden del señor alcalde, mi buen amigo Jesús Sepúlveda. Como sabéis, nuestro alcalde, además de tener la ciudad impecable, cada día mejor, cayó un día en la cuenta de que todos los ex presidentes del Gobierno de España coincidimos en una cosa: cuando nos mudamos de La Moncloa nos vinimos a vivir a Pozuelo. Y es lógico, porque Pozuelo es una ciudad muy bien gobernada, muy bien cuidada, en la que se vive muy bien. Todo perfectamente lógico porque en Pozuelo gobierna, y gobierna muy bien, el Partido Popular.

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El señor alcalde decidió que si eres vecino de Pozuelo, y además ex presidente, tienes que trabajar un día por tu ciudad. Eso sí, tuvo la amabilidad de encomendarnos el trabajo más grato posible: comentar un buen libro con unos buenos amigos. Mis predecesores ya han cumplido con el encargo de nuestro regidor. Y hoy, pues me toca a mí.

Por suerte, lo tengo muy fácil porque, como sabéis, tenía decidido dedicarme a estudiar, debatir e intentar difundir las ideas en las que creo cuando se cumplieran los ocho años en los que tuve el inmenso honor de presidir el Gobierno de España.

Como sabéis, en la Fundación FAES nos ocupamos de estas cosas: de estudiar, de debatir y de intentar difundir los valores de la libertad y de la democracia liberal. Como somos muy conscientes de que las ideas son importantes -las buenas, y también las otras-, en FAES intentamos difundir las buenas. Y con ese objetivo hace ahora poco más de un año pusimos en marcha una editorial, Gota a Gota, que ya ha publicado 11 títulos con buenas ideas.

Cuando el señor alcalde me dijo que debía hacer una excepción a mi decisión de hablar poco en España (debido a esta nueva tarea que Pozuelo brinda a los vecinos ex presidentes) enseguida pensé en uno de los primeros títulos publicados por Gota a Gota: “El camino a la democracia en España”, del joven profesor Manuel Álvarez Tardío, que además hoy nos acompaña.

Uno de los objetivos de nuestra editorial es abrir camino a jóvenes autores, como Manuel Álvarez Tardío o como Martín Alonso, que tienen dificultades para encontrar un editor en el mercado pero que ofrecen una obra seria, bien escrita, de calidad. Al poco, y de eso estamos muy orgullosos, esa obra y ese joven autor se convierten en referentes.

El señor alcalde me ordenó también elegir un compañero de fatigas. Alguien que no pudiera buscar excusa para no participar en este debate sobre el libro hoy aquí con todos nosotros. Debía pensar en alguien que no pudiera decir que no, y Pedro J. Ramírez no podía decir que no: ¡Me debía una! Hace algo más de un año, Pedro me pidió que le acompañara en la presentación de un libro suyo, “El triunfo de la información”. Como lo hice, y además lo hice lo mejor que pude y hablé de sus libros, sabía que ahora él vendría encantado a hablar del libro. Del libro, no de su periódico. Gracias, Pedro.

Elegí hablar hoy con vosotros, y debatir con Pedro, del libro del profesor Álvarez Tardío por tres motivos.

Primero porque es un magnífico libro, riguroso, serio, y además ameno y muy fácil de leer. Un libro que ha sido muy bien acogido por la crítica y, lo que es más importante, por los lectores. Lo publicamos hace un año, pero es un libro de rabiosa actualidad. Cada día, y bien que lo lamento, es más actual.

El libro compara la Constitución de 1978 con la de la II República, de 1931. Compara una Constitución de consenso con una que buscaba imponer un régimen revolucionario. Compara el trabajo de construir una democracia duradera sobre la sólida base de unas reglas de juego pactadas entre todos, la Constitución de 1978, con el fallido experimento de un sistema político revolucionario, que nació con la voluntad de que España sólo podía estar gobernada por una alianza de la izquierda republicana y sus fuerzas afines, la Constitución de 1931.

Compara una Constitución que ha traído los mejores años de prosperidad para España con otra que terminó en un dramático enfrentamiento civil.

Y esa comparación hoy, lamentablemente, es de rabiosa actualidad. Que sea de tanta actualidad es el segundo motivo por el que he elegido este libro.

El profesor Tardío, en la página 35, escribe que “los padres de la democracia republicana fundaron un sistema político al servicio de un proyecto revolucionario”. Y avisa, en la página 162: “La República no había nacido para ser de derechas”.

Y es cierto. Su objetivo era excluir a medio país, por eso en 1934 terminó por negar legitimidad a la derecha para gobernar.

Aquello acabó rematadamente mal, lo sabemos. Como acabaron mal todos los intentos de sacar adelante constituciones de partido durante nuestro siglo XIX. Sabemos que desde 1812, la Historia Constitucional de España ha naufragado demasiadas veces por los intentos de imponer Constituciones de partido.

Hubo una excepción: la Constitución de 1876. Con ella, gracias al genio político de Cánovas, España empezó a conocer el valor político de la estabilidad institucional en un sistema de amplias libertades garantizadas, equiparable a los de la Europa de su tiempo. Ese sistema fue, lamentablemente, un paréntesis en un siglo convulso. Lo sabemos y, por suerte para España, fueron muy conscientes de ello los políticos de la Transición.

Rafael Arias Salgado lo dice muy claramente en el Prólogo. Los políticos de la Transición tuvieron muy presente el pasado y sus errores, y eso les condujo a un gran objetivo ((pag. 18)): “Que no se repita la Historia, hay que superar las dos Españas enfrentadas, poner término a las Constituciones de partido y garantizar, de una vez para siempre, la estabilidad, la pervivencia de un régimen democrático”.

Y el autor lo documenta: “En 1975, una gran mayoría de los españoles compartía el siguiente aserto: la Guerra Civil había sido una inmensa tragedia que debía servir como lección para que los errores entonces cometidos no volvieran a repetirse y condujeran a un nuevo enfrentamiento fratricida” ((pag. 386)).

Nuestro joven profesor nos recuerda que los políticos de la Transición fueron muy conscientes de “la lección histórica básica de lo ocurrido en la España de entreguerras, incluida la España republicana de 1931” y trabajaron para “que la Constitución no fuera el instrumento para una política de partido, sino la llave para la política de cualquier partido que respetara las reglas de juego allí contenidas” ((pag. 259)). Sabían que sólo es “posible una democracia duradera si se basa en unas reglas de juego pactadas” ((pag. 55).

Ese acuerdo básico en las reglas de juego, ese pacto constitucional, tenía un objetivo superior que, desde 1978 hasta marzo de 2004, todos los Gobiernos de España cumplieron. Tardío lo resume, desde el inicio de su libro, en esta frase: “La lealtad al sistema político debía estar por encima de las diferencias ideológicas” ((pag.29)).

A mí me gustaría decirlo más claro: La lealtad a España debía y debe estar por encima de las diferencias ideológicas. La lealtad a la España plural y diversa, a la España que recoge la Constitución. Pero, sobre todo, la lealtad a una España unida, la lealtad a la nación española, una gran nación con siglos de Historia común que debe enseñarse en los colegios.

¡Claro que debe enseñarse en los colegios! Como se hace en todas partes. ¿Os imagináis qué escándalo se organizaría en Estados Unidos si alguien tuviera la ocurrencia de que, a partir de ahora, ya no se va a enseñar quiénes fueron George Washington o Abraham Lincoln? Es verdad que ni en Estados Unidos, ni en Reino Unido, ni en Alemania, ni en Francia, ni en ningún país normal sufren esa alergia que padece aquí la izquierda no sólo con la Historia de España sino hasta con el himno y la bandera. Les dio uno de esos ataques de alergia este fin de semana.

Yo creo que en España debemos poder decir lo mismo que dice Sarkozy en Francia sin que pase nada. Él acaba de decir: “Mi Francia es una nación que reivindica su identidad, que asume su Historia”. Y no ha pasado nada. Pues aquí tenemos que decir, sin que pase nada, que España es una nación que reivindica su identidad, que asume su Historia.

Tenemos que poder decir, sin que pase nada, que la nación española no es una nación de naciones, ni una nación de realidades nacionales, ni ninguna de esas ocurrencias que oímos cada día.

En España sólo hay una nación, la nación española, en la que están reconocidas las comunidades autónomas como nacionalidades y regiones. Pero, ¡cuidado!, en 1978 quedó muy claro que las nacionalidades y regiones eran el punto de llegada. No eran, de ninguna forma, un pistoletazo de salida en una subasta insensata para ver quién es más nación. Deben funcionar con lealtad al sistema político, con lealtad a España.

La lealtad al sistema político es también la lealtad al Estado de derecho, la lealtad al imperio de la ley, porque las leyes -¡Es increíble que haya que recordar estas cosas!- están para cumplirlas, todos y todos iguales, no en función de que haya, o no, no sé qué procesos de paz, o en función de que se sea, o no, presidente de una comunidad autónoma.

Pues bien; todo esto, ahora, está en almoneda. Y ése es el tercer motivo por el que he elegido este libro para reflexionar hoy con vosotros. De este tercer motivo, evidentemente, el joven profesor Tardío no tiene ninguna culpa. Aunque él ya, en la página 444 de su libro, destaca que “la imagen de la Transición como una traición u olvido del pasado, como un proceso desmemoriado, fue un rasgo compartido por los grupos políticos colocados en los extremos del sistema”.

Estaban en los extremos del sistema. Los que decían que la Transición fue un proceso desmemoriado o sometido a la presión de los entonces llamados poderes fácticos estaban colocados en los extremos del sistema. Y mientras estuvieron en los extremos, pero sólo en los extremos, pudimos conllevarles.

En los extremos estaban los que, sin utilizar la violencia o, más bien, habiéndola dejado hace muy pocos años, no quieren que España siga siendo España. Esos entusiastas de la trinchera persiguen al que habla español; al que tiene en su tienda los carteles de venta en español; al que intenta que sus hijos aprendan, también, a expresarse en español.

Les espantan Quevedo, Cervantes o los Reyes Católicos. Van a impedir que en las escuelas se estudie la Literatura y la Historia de España. No lo impedirán allí donde gobierne el PP pero, desgraciadamente, sí donde gobierne el PSOE. Y deberíamos reflexionar un poco sobre qué país vamos a dejar a nuestros hijos cuando la Historia, la Literatura, las Humanidades que aprenden en los colegios son distintas según la comunidad autónoma en la que vivamos.

Es el precio del extremismo. El precio de estar gobernados por quienes amparan a los anti-sistema o, incluso, presumen ellos mismos de ser un poco anti-sistema. Pero, eso sí, aunque sean anti-sistema, quieren vivir de los Presupuestos de ese Estado español al que denigran. Viven, y viven muy bien, de los impuestos que pagan los españoles.

Hasta hace muy poco, todos esos que presumen de anti-sistema estaban, efectivamente, casi fuera del sistema. Pero los que gobiernan ahora les han transformado en “el sistema”. Y esa alianza de extremistas tiene un objetivo: expulsar al Partido Popular del sistema, demonizarle, negarle legitimidad como alternativa democrática.

De ahí su insistencia en repetir cada día que el PP se queda solo. ¡Qué afortunada soledad he vivido yo, que además según Umbral soy un ser de lejanías, acompañado por la gran mayoría de los españoles!

Dicen que el PP se queda sólo. Solo, pero acompañado de la mayoría de los españoles. Solo, pero con un proyecto político sólido, eficaz que, cuando ha gobernado, ha traído los mejores años de progreso para España. Solo, pero con un líder que ha demostrado capacidad de aguante en momentos muy difíciles.

¿Os imagináis cómo estaríamos si, con la que está cayendo, el PP no hubiera aguantado la presión?, ¿si hubiera abandonado sus principios?, ¿si hubiera tirado la toalla ante tanta acusación y tantos insultos?

La mejor explicación del plan de exclusión que está detrás del invento ése de la Memoria Histórica, de la soledad del PP, y de todas las monsergas con los que nos martillean cada día, se la he escuchado en algún seminario de FAES al profesor Varela Ortega, ilustre nieto de don José Ortega y Gasset. Y estas Navidades la leí en una entrevista suya.

El periodista le preguntaba por el objetivo de la famosa ley de Memoria Histórica. Y don José Varela contestaba que en todas las democracias es normal que un Gobierno intente que la oposición se vea temporalmente fuera del poder, pero que aquí el propósito es expulsar totalmente a la oposición del sistema.

Estoy de acuerdo. Creo que el objetivo hegemónico es expulsar al PP del sistema y hacer inviable la alternancia.

En ésas estamos, queridos amigos.

Lo peor es que, a todo esto, tenemos que añadir el terror. Y a la infamia de 40 años de extorsión y muerte quieren que ahora sumemos un proceso de negociación con los terroristas sin que éstos hayan cedido un ápice en sus objetivos. Porque no debemos olvidar que todos estos años de amenazas y asesinatos pretendían sólo una cosa: que nuestra democracia se rindiera. Lo pretenden con muertos o, en eso que ahora llaman proceso de paz, a cambio de dejar de matar.

Que nos rindamos y aceptemos sus exigencias. Eso que llaman territorialidad y autodeterminación. Eso para lo que ahora quieren las mesas y las sillas, sólo significa imponer en el País Vasco y en Navarra, después de desgajarlas de España, su proyecto totalitario de marxismo y nacionalismo. Con ese cóctel quieren atenazar a los vascos y a los navarros.

Pero aquí, lamentablemente, ahora parece que estamos dispuestos a rendirnos si es a cambio de la paz: ¿De qué paz si no hay ninguna guerra?

Para eso quieren las mesas, que llaman de partidos: Para cambiar el marco constitucional y que España deje de ser España.

Y para eso quieren las sillas en los ayuntamientos vascos: Para que ETA-Batasuna -¡A saber con qué nuevo disfraz!- reciba dinero y respaldo institucional de nuestra democracia, y tenga así más fácil su trabajo de destruirla; su trabajo de destruir España.

Este desafío sólo tiene hoy en España un muro de contención: el Partido Popular liderado por Mariano Rajoy. Por suerte, es un muro de contención muy sólido y lo puede ser mucho más con la ayuda de todos porque tiene el apoyo de los ciudadanos. Cada día de más ciudadanos.

Lo vimos en la manifestación del sábado y lo vemos en todas las encuestas, también las que publican en el periódico de Pedro. Incluso, españoles que se sienten de izquierdas están hartos de que los actuales líderes socialistas jueguen con las cosas importantes.

Lo vais a ver de aquí a las próximas elecciones municipales. Ninguno de los candidatos socialistas querrá hablar de todos los desaguisados que ha organizado su líder máximo en estos tres años. Ninguno quiere verse en el espejo de ese líder que ha desbaratado la condición del PSOE como un partido nacional, como un partido español.

Yo me he retirado de la actividad política, pero eso no quiere decir que no desee lo mejor para mi país. Deseo que muy pronto España recupere el orgullo de ser una gran nación; recupere la voluntad de convertirse en una de las mejores democracias del mundo; recupere el respeto internacional que hoy ha dilapidado; recupere el sentido común.

Deseo que recupere, muy pronto, un buen Gobierno. Un buen Gobierno que tenga la generosidad, y sé que Mariano la tiene, de trabajar para recuperar los consensos básicos, que son los que afectan a las reglas de juego y a la política antiterrorista. Esos consensos ?ahora imposibles por la radicalidad de la actual dirección socialista- deben fraguarse entre los partidos mayoritarios, entre los partidos que, en uno u otro momento, tienen la responsabilidad de gobernar España porque tienen detrás a la mayoría de los votantes.

Ya termino. Antes de que se abra el coloquio quería pediros que, si no lo habéis hecho, leáis el libro de Manuel Álvarez Tardío. Y quería pediros que sigáis con atención los muy buenos libros que publicamos en Gota a Gota y las actividades que convocamos en FAES. Os aseguro que merecen la pena.

Muchas gracias.

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