Tribuna
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Nadia Calviño, o el ancla de la estabilidad

El Eurogrupo avala la experiencia de la ministra española en las cumbres europeas y su rigor presupuestario

La ministra de Economía, Nadia Calviño, junto al presidente del Eurogrupo, Mário Centeno, en julio del año pasado.
La ministra de Economía, Nadia Calviño, junto al presidente del Eurogrupo, Mário Centeno, en julio del año pasado.THIERRY MONASSE

La candidatura de Nadia Calviño a la presidencia del Eurogrupo es recibida en Bruselas como un doble ancla de estabilidad. La vicepresidenta del Gobierno español se perfila como la persona más adecuada para poner orden en unas reuniones de ministros de Economía de la zona euro propensas a los debates interminables y a patear hacia adelante los expedientes más espinosos. A su vez, buena parte del Eurogrupo ve a Calviño como un elemento fundamental para mantener al Ejecutivo de Pedro Sánchez anclado a unos principios económicos y presupuestarios que podrían ser cuestionados por el ala más izquierdista de la coalición gobernante en España

El currículum y la trayectoria de Calviño auguran una mano firme en la dirección del Eurogrupo, actitud que puede evitar los circunloquios estériles pero que también puede provocar el choque con ministros tan belicosos como el holandés Wopke Hoekstra. Quienes la conocen, sin embargo, recomiendan no minusvalorar la resistencia de la ministra para encajar golpes ni su contundencia para devolverlos.

Licenciada en Económicas y en Derecho, su carrera apuntó enseguida hacia la función pública. Tras una breve etapa como profesora en la Universidad Complutense, ingresó en 1994 en el Cuerpo Superior de Técnico Comercial y Economista del Estado. Pronto encaminó sus pasos hacia la política de competencia dentro del ministerio de Economía. En solo una década recorrió todo el escalafón y en 2004 fue nombrada directora general de Competencia, puesto que, de manera inesperada, la pondría bajo los focos de Bruselas.

El brutal choque entre el Gobierno de Rodríguez Zapatero y la Comisión Europea, a cuenta de la guerra de opas en el sector energético español, llevó a Calviño a fajarse con el equipo de la entonces comisaria europea de Competencia, la holandesa Neelie Kroes. De la dura refriega no surgió la animadversión. Todo lo contrario.

Una garantía para la estabilidad presupuestaria

Kroes fichó a Calviño en 2006 como alto cargo de la dirección general de Competencia, un paracaidismo tan poco habitual como incómodo para los funcionarios de carrera del organismo comunitario. Calviño no se arredró ante la fría acogida de algunos de sus colegas comunitarios. Y siguió imperturbable su carrera hacia arriba. En 2014 llegaba a la cúspide como directora general de Presupuestos, máxima encargada de preparar las cuentas del club para el período 2021-2027.

Discreta y reservada, durante su larga etapa en Bruselas apenas trascendió casi nada de su vida personal o social, más allá de su situación familiar (casada, con cuatro hijos), su pasión por el chocolate o su afición al cine estadounidense de los años cincuenta. Sus viajes la llevan a menudo de vuelta a su Galicia natal o camino de la dehesa extremeña, aunque personas cercanas aseguran que uno de los paisajes que más le cautiva es el yacimiento aurífero romano de Las Médulas, en la provincia de León.

La carrera de Calviño parecía destinada a rematarse lejos de su país, en la Comisión Europea o en algún otro organismo internacional. Pero a punto de cumplir el medio siglo, dio el salto a la política en junio de 2018, incorporándose al primer Gobierno de Sánchez. La veterana funcionaria comprobaría enseguida que la arena de Madrid era mucho más dura que la de Bruselas.

Desde entonces, la tecnócrata acostumbrada a la lucha entre bambalinas se ha curtido. Su Rubicón llegó con el reciente y polémico acuerdo del PSOE, Unidas Podemos y Bildu para desmantelar por completo la reforma laboral aprobada por el Gobierno de Mariano Rajoy en plena debacle económica. La fiereza y rapidez de la reacción de Calviño sorprendió a propios y extraños. Y además de cargarse el presunto acuerdo, la vicepresidenta ancló su posición en un Ejecutivo en el que hasta entonces parecía el eslabón débil de una coalición virada hacia la izquierda.

Habitual en los cónclaves europeos

Pero una vez más Calviño se ha impuesto y ahora sale reforzada con la candidatura a la presidencia del Eurogrupo. El nuevo salto la obligará a enfrentarse a una de sus asignaturas pendientes: la relación con unos medios de comunicación que a partir de ahora no la perseguirán solo en Madrid sino también en Bruselas. La valoración de su actuación a nivel internacional puede apuntalar aún más su presencia en el Ejecutivo o resultarle tan funesta como al presidente saliente, Mário Centeno. El portugués ha tenido que encajar duras críticas de una prensa europea que le acusaba de pasividad en la gestión del Eurogrupo. Las dificultades para su reelección eran evidentes. Y finalmente, a pesar de su popularidad en Portugal, optó por dejar tanto el Eurogrupo como el Gobierno de António Costa.

A Calviño, en principio, se la espera como agua de mayo en el Eurogrupo. La gallega lleva años asistiendo a los encuentros mensuales de los ministros, primero como altísimo cargo de la Comisión Europea y desde hace dos años como titular de Economía. Y según fuentes del Eurogrupo siempre se ha distinguido por su beligerancia en los asuntos de incumbencia para España pero también por su facilidad para abordar los elementos más técnicos de las propuestas y dar con fórmulas ingeniosas que satisfagan a los bandos contendientes. Bandos que suelen alinear a los socios del norte frente a los del sur, herencia de la mal digerida crisis financiera que dejó a la zona euro dividida en acreedores y deudores.

Centeno ha intentado superar esa división después de que su predecesor, el holandés Jeroen Dijsselbloem, se atrincherase descaradamente con la orilla septentrional. Los socios reacios a Calviño, con Países Bajos al frente, temen que la española repita el error de Dijsselbloem, pero en el lado opuesto. Y probablemente ahí estribaría el primer reto de la aspirante a ser la futura presidenta del Eurogrupo: demostrar que más allá de su pasaporte y los intereses de su país puede tejer consensos que suturen definitivamente las heridas de las sucesivas crisis y allanen el camino hacia las nuevas fronteras de la zona euro, que pasan por la culminación de la unión bancaria y los primeros esbozos de una unión fiscal.

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