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OPINIÓN COLUMNA i

Hasta siempre, Alan Krueger

Defendía la existencia de salarios mínimos, pero relacionados con la productividad. Y al mismo tiempo, mercados de trabajo flexibles para que en una nueva era de cambios profundos las empresas puedan adaptarse y sobrevivir

Alan Krueger, en 2015.
Alan Krueger, en 2015. REUTERS

Esta semana ha fallecido con tan solo 58 años Alan Krueger, uno de los economistas más brillantes e influyentes del momento. Fue profesor en Princeton, doctor por Harvard —con Lawrence Summers de director de tesis— y presidente del Consejo de Asesores Económicos en la Casa Blanca con Barack Obama. Como nos enseñó Keynes, solemos sobrevalorar la influencia de los intereses creados, pero el verdadero poder está en las ideas, y muchas de esas ideas que usan los hombres prácticos son de economistas difuntos.

Tuve la fortuna de conocerle en 2017. Le invitó la Universidad de Sevilla a dar una conferencia y vino con su mujer para pasar una semana de visita en España. Ya habían estado antes y les encantaba nuestro país. Aprovechando su visita le invité a una conferencia con Jeffrey Sachs en Madrid y pude aprender de sus ideas.

Alan había recuperado la visión empirista que es el origen de la ciencia económica desde la escuela escolástica de Alcalá y Salamanca y hacía uso de la economía experimental. La teoría económica dice que un aumento del salario mínimo provocaría un desplazamiento a lo largo de la curva de demanda y provocaría destrucción de empleo, manteniendo todo lo demás constante. Alan estudió una subida del salario mínimo en Nueva Jersey y comparó el nivel de empleo en restaurantes de comida rápida— la mayoría, con salarios próximos al mínimo— con los de Pensilvania, donde no habían subido el salario mínimo. El resultado del experimento fue que el empleo creció en Nueva Jersey y cayó en Pensilvania. La demanda de empleo la determinan fundamentalmente las ventas de las empresas y la condición necesaria es que el aumento marginal de las ventas genere beneficios. Seguramente en Nueva Jersey el resto de sectores aumentó su empleo, los ciudadanos iban más veces a los restaurantes y eran necesarios más cocineros, camareros, y los restaurantes subieron algo sus precios para mantener la rentabilidad del capital.

Alan destacaba por su humildad y su honestidad intelectual. Asumía la revolución tecnológica como un avance para la humanidad, defendía que teníamos un problema de medición pero que la productividad acabaría aflorando y eso permitiría aumentar el empleo y los salarios. Pero era consciente de que esa dinámica era desigual y proponía políticas públicas para revertirla. Su prioridad era la educación y garantizar la igualdad de oportunidades. Que los mayores salarios sean para los trabajadores con más méritos, no para los de padres más ricos y acceso a más oportunidades.

Defendía la existencia de salarios mínimos, pero relacionados con la productividad. Y al mismo tiempo, mercados de trabajo flexibles para que en una nueva era de cambios profundos las empresas puedan adaptarse y sobrevivir. También la necesidad de la intervención del Estado para revertir la tendencia del capitalismo a la concentración en oligopolios, como vemos en los grandes líderes tecnológicos.

Alan nos ha dejado, pero sus ideas siguen vivas. Siempre es triste la muerte, pero especialmente cuando nos deja un economista tan brillante y tan joven. Descanse en paz.

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