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COLUMNA

Lo llaman populismo y no lo es

Las políticas de Donald Trump están totalmente en contra de los trabajadores que lo votaron

Carteles en favor de Donald Trump en Wilkes-Barre (Pensilvania), una de las zonas de clase obrera que apoyaron al presidente de EE UU.
Carteles en favor de Donald Trump en Wilkes-Barre (Pensilvania), una de las zonas de clase obrera que apoyaron al presidente de EE UU. EFE

Mensaje a aquellos en los medios de comunicación que siguen llamando “populista” a Donald Trump: no creo que esa palabra signifique lo que ustedes piensan.

Es cierto que, en algunas ocasiones, Trump sigue presentándose como alguien que defiende los intereses de los trabajadores estadounidenses de a pie frente a la élite. Y supongo que, en cierto sentido, al abrazar el nacionalismo blanco da voz a los estadounidenses corrientes que comparten su racismo pero no se sentían capaces de airear sus prejuicios en público.

Sin embargo, lleva en el cargo año y medio, tiempo suficiente como para ser juzgado por lo que hace y no por lo que dice. Y su Gobierno se ha decantado en contra de los trabajadores en todos los frentes. Trump es tan populista como creyente devoto, o sea, nada.

Empecemos por la política tributaria, en la que el principal logro legislativo de Trump ha sido una rebaja de impuestos que beneficia principalmente a las empresas —cuyos pagos de impuestos han caído en picado y no ha hecho nada en absoluto por elevar los salarios. El plan tributario hace tan poco por los estadounidenses de a pie que los republicanos han dejado de incluirlo en sus campañas electorales. Pero el Gobierno está planteando la idea (probablemente ilegal) de reducir por decreto otros 100.000 millones de dólares más de impuestos a los ricos.

Está también la política sanitaria, en la que Trump, después de fracasar en su intento de revocar la legislación de Obama lo que habría supuesto un durísimo golpe para las familias trabajadoras se ha embarcado en una campaña de sabotaje que probablemente haya hecho subir las primas un 20% respecto al precio que de lo contrario habrían alcanzado. Inevitablemente, la carga de esta subida de las primas recae principalmente sobre las familias que perciben unos ingresos un poquito más altos que aquellos que dan derecho a subvenciones, es decir, el segmento superior de la clase trabajadora.

Y luego está la política laboral, en la que el Gobierno de Trump se ha movido en diferentes frentes para deshacerse de las normativas que protegían a los trabajadores frente a la explotación, los accidentes, etcétera.

Pero la historia no acaba en la política inmediata. Habría que mirar también los nombramientos de Trump. En lo que se refiere a políticas que afectan a los trabajadores, Trump ha creado un equipo de compinches: casi todos los cargos importantes han ido a parar a miembros de grupos de presión o a personas con fuertes vínculos económicos con la industria. Los representantes de los trabajadores no han recibido ninguno.

Y el nombramiento de Brett Kavanaugh para el Tribunal Supremo merece especial atención. Hay mucho que no sabemos acerca de Kavanaugh, en parte porque los republicanos del Senado están bloqueando las solicitudes de información adicional que han presentado los demócratas. Pero sí sabemos que es absoluta y extremadamente contrario a los trabajadores; muy a la derecha de la población en general, y bastante a la derecha incluso de la mayoría de los republicanos.

El ejemplo más conocido de esta perspectiva radicalmente contraria a los trabajadores es su argumento de que SeaWorld no tiene por qué incurrir en responsabilidad después de que una orca cautiva matase a una de sus trabajadores, porque la víctima debería haber conocido los riesgos que corría cuando aceptó el trabajo. Pero en su expediente hay mucho más extremismo en contra de los trabajadores.

Si tenemos en cuenta que, de confirmarse su nombramiento, Kavanaugh durará mucho tiempo en el cargo, este extremismo es suficiente para justificar el rechazo a su designación, sobre todo si le sumamos su apoyo a un poder presidencial sin restricciones y lo que haya en su expediente que los republicanos intentan ocultar.

¿Pero por qué Trump, que se autoproclama defensor de los trabajadores estadounidenses, escoge a alguien así? ¿Por qué hace todo lo que está haciendo para perjudicar precisamente a quienes le dieron la Casa Blanca?

Desconozco la respuesta, pero pienso que la explicación convencional que Trump, perezoso y enormemente ignorante de los detalles de la política, se ha dejado capturar involuntariamente por la ortodoxia republicana subestima al presidente y hace que parezca mejor de lo que es.

Viendo a Trump en acción, es difícil no tener la impresión de que sabe muy bien que está infligiendo dolor a sus propias bases. Pero es un hombre al que le gusta humillar a otros, en aspectos grandes y pequeños. Y lo que yo creo es que realmente le produce placer ver cómo sus partidarios lo siguen aunque los traicione.

De hecho, a veces, el desprecio que siente por su base de la clase trabajadora sale a relucir. ¿Recuerdan aquello de que “me encantan los que carecen de educación"? ¿Se acuerdan de cuando se jactaba de que podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida y no perdería ningún voto?

En cualquier caso, con independencia de sus motivaciones, Trump en acción es lo contrario a un populista. Y no, su guerra comercial no cambia esa opinión. William McKinley, presidente por antonomasia de la Edad Dorada que derrotó a un rival populista, también era proteccionista. Es más, Trump está librando su guerra comercial de un modo que provoca el máximo daño a los trabajadores estadounidenses a cambio de unos beneficios mínimos.

Y aunque no sea un populista, Trump es, sin embargo, un mentiroso patológico, el hombre más falso que jamás haya ocupado un alto cargo en Estados Unidos. Y la afirmación de que defiende a los trabajadores estadounidenses es una de sus mayores mentiras.

Lo que me lleva de nuevo al uso que los medios de comunicación hacen del término “populista”. Cuando emplean esa palabra para describir a Trump, son de hecho cómplices de esa mentira, en especial cuando lo hacen en el contexto de una información supuestamente objetiva.

Y no tienen por qué hacerlo. Pueden contar lo que Trump hace sin usar palabras que le atribuyen un mérito que no merece. Él está engañando a sus partidarios, pero los medios no tienen por qué ayudarle a hacerlo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.
© The New York Times Company, 2018.
Traducción de News Clips.