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La cara oculta del éxito económico

En el país hay cerca de 7,5 millones de personas con 'minijobs'

Personas de varias edades en la Potsdamer Platz de Berlín, Alemania
Personas de varias edades en la Potsdamer Platz de Berlín, Alemania

El milagro alemán guarda unos cuantos cadáveres en el armario. Las cifras récord de empleo y las saneadísimas cuentas públicas que exhibe la primera economía europea tienen su reverso en una desigualdad en niveles máximos, un porcentaje creciente de la población que queda por debajo del umbral de pobreza, y el número cada vez mayor de trabajadores —dos millones el año pasado, un 13% más que en 2011— que para llegar a fin de mes necesitan dos o incluso más empleos. “Nunca la diferencia entre ricos y pobres había sido tan grande en este país”, sintetiza Ulrich Schneider, gerente del Paritätischen Wohlfahrtsverband, una organización que engloba a más de 10.000 ONG que operan en toda Alemania.

Schneider recibe en uno de esos luminosos y modernos despachos que tanto abundan en el centro de Berlín. Pero su discurso difiere bastante del habitual entre gran parte de los políticos y empresarios de la capital alemana. “Es cierto que estamos en niveles récord del número de ocupados. Pero también que cada vez nos encontramos con más gente que entra en la categoría de ‘trabajadores pobres’. Y hay que tener en cuenta que las estadísticas de empleo incluyen a 7,5 millones de personas con un minijob”, asegura.

Las estadísticas dan la razón a Schneider. En los últimos 15 años no solo han caído los ingresos disponibles de las familias. El reparto de la riqueza también se ha hecho más desigual. “La desigualdad es el gran reto al que se enfrenta Alemania en los próximos años. Es un problema que además, lejos de ir solucionándose, se va a agravar en el futuro”, asegura el economista Marcel Fratzscher, presidente del prestigioso think-tank DIW.

Alemania se ha acercado en los últimos años a los países industrializados más desiguales en el reparto de los ingresos, quedando aún a una distancia considerable de EE UU o Reino Unido. Pero en lo que sí es campeona la locomotora europea es en la disparidad de la riqueza que acumulan sus ciudadanos más ricos y más pobres. Un estudio del DIW publicado el año pasado mostraba que ningún otro país de la eurozona muestra una diferencia tan grande entre el patrimonio de unos y otros. Este resultado se explica en parte porque la propiedad de la vivienda no está tan extendida como en países como España.

Una de las virtudes del Paritätischen Wohlfahrtsverband es que, de vez en cuando, consigue abrir un debate al poner un espejo nada favorecedor a Alemania, un país acostumbrado en los últimos años a nadar en la autosatisfacción. Lo lograron hace un par de meses, cuando publicaron un informe en el que calculaban que el 15,5% de la población —unas 12,5 millones de personas— viven por debajo del umbral de la pobreza.

Schneider admite que estas cifras pueden ser equívocas, porque con el criterio de la UE —que considera como pobres a todos aquellos que tienen unos ingresos por debajo del 60% de la media— se incluye también a estudiantes o a personas que, por las circunstancias que sean, caen momentáneamente por debajo de esa frontera del bienestar. Pero incluso deshaciéndose de estos grupos de población, las estadísticas muestran que un 10% de los alemanes dependen de la asistencia social para llevar una vida digna.

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