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Crítica:EXTRAVÍOS
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Orden

En pleno 1936, un año históricamente trágico -y no solo para nuestro país-, el poeta estadounidense Wallace Stevens (1879-1955) publicó Ideas de orden (Lumen), libro ahora traducido al castellano en versión de Daniel Aguirre. Muy aficionado a la pintura de vanguardia, Stevens, a la altura de sus 57 años, debió ver con aprensión la deriva restauradora del orden político enseñoreando banderas totalitarias a diestra y a siniestra durante la década de los treinta del pasado siglo, así como sus secuelas artísticas cifradas en la propaganda, por lo que pretendió resguardarse en el dique de un orden poético donde rompiesen las olas de tantas órdenes indeclinables. "Hombre político decretó / que la imaginación era el fatídico pecado", escribió en su poema Discurso académico en La Habana, pero cuando Stevens parece elevarse por encima del ensordecedor bramido que entonces lo asolaba todo es en ese otro titulado La idea de orden en Cayo Hueso, en el que imagina a una cantante midiendo la potencia de su voz con la del ruido del mismo mar: "Ella era la única artífice del mundo / en que cantaba. Y, al cantar ella, la mar, / fuera su yo cual fuese, venía a ser el yo / que era la canción de ella, pues ella era la artífice...".

Aun desmigajado por entre sus versos, se percibe el diagnóstico atroz que Stevens le dedicó al mundo que a él le tocó vivir y en el que nosotros continuamos habitando con más resabios. El poeta, sin embargo, era refractario a emitir pronósticos, salvo de esa manera en que evadirse de lo real no es una atemorizada fuga, sino un adentrarse en las entrañas de su sentido; es decir: no quería remitir nada a ningún vacuo futuro, sino enfrentarse de lleno con el presente, que se torna escurridizo cuando solo se percibe como actualidad.

En 'Reiteración del romance', poema para mí clave de Ideas de orden, Stevens elige ese tono intimista que ambienta una conversación erótica, donde explayan sus razones los amantes, un diálogo, por lo demás, en el que por fuerza todos estamos concernidos, sea cual sea nuestra circunstancial suerte, porque es este el único territorio donde afloran los pronombres personales y el légamo de lo poético. Se trata, claro, de una intimidad nocturna, en la que, a tientas, se nos revela la soledad, a través de la cual podemos percibir lo otro del otro. Es solo ahí donde ha de producirse el esencial encuentro, cuyo don es que "nosotros dos podemos intercambiar, / cada uno en el otro, eso que tiene cada uno que dar" (...) porque "es la noche solamente el trasfondo de nuestros seres, / supremamente veraz cada uno con su separado ser, / a la pálida luz que arroja cada uno sobre el otro".

Hay contenida en estos versos de Stevens ciertamente una verdadera filosofía del amor, cuya intimidad también arropa al arte, capaz de saltar por cualquier orden temporal, incluido el del desasosegante presente. "Las páginas sombrías" -parece como susurrarnos Stevens- "no llevan impreso nada / excepto un rastro de ardientes estrellas / en el gélido cielo". Poco más hay que saber sobre el orden poético que esa su voluntad de ascensión vertical hasta donde no alcanza el aullido de las órdenes.

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