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Václav Havel, política y humanismo

Fallecía el domingo pasado Václav Havel, el primer presidente de la Checoslovaquia postsoviética, dramaturgo, ensayista y al final de su vida humanista de un modo y una manera que están desapareciendo. Sin querer serlo, Havel se convirtió en presidente; sin querer serlo o proponérselo claramente, se hizo disidente, y sin desearlo y apurado se vio contestando entrevistas y cediendo un tiempo precioso a la política.

Hijo de la burguesía liberal checa que se consolidó plenamente en el periodo de la República (1918-1938), Havel y su familia fueron reeducados por la dictadura, lo que implicaba perder la residencia capitalina, los accesos privilegiados a la educación y la cultura y un servicio militar particularmente arduo. Logró sin embargo finalizar su bachiller y sus estudios de Arte Dramático antes de incorporarse a las filas nocturnas y marginales de ese teatro checo de las décadas de los sesenta y setenta, cuyos valores intrínsecos también marcarían la historia contemporánea del teatro europeo. El teatro, y más tarde el rock o el jazz, dio a su generación la posibilidad de conocer el embriagador aire de la libertad, una libertad abstracta que inicialmente escapó al control del régimen. En ese deambular creador y bohemio muchos encontraron el aliento de la oposición o la inspiración para trascender la confrontación en términos de violencia dura. El espíritu difuso y asambleario, curiosamente más socialista que elitista, del mundo teatral checo, animó simbólicamente la famosa Carta 77, el primer y fundamental documento de autodeterminación política que provocó la más seria de las represiones oficiales.

En sus confesiones Havel narra la desquiciante espera de la detención segura, el desequilibrio que distorsiona la vida del disidente, no solo antes, sino después de la encarcelación. Cuatro largos años y medio estuvo prisionero, durante los cuales se vio obligado a realizar trabajos industriales que sin duda minaron su salud. Se afirmó y se reencontró en las extrañas cartas que escribió a su entonces esposa, Olga, parábolas y elipses del espíritu en pugna de supervivencia. Las Cartas a Olga se cuentan entre las grandes alegorías de la libertad.

Su mesura en la confrontación, su objetividad y neutralidad en la dialéctica y una educación burguesa a prueba de bomba, que según él se manifestaba en los peores momentos de la mejor manera (con sus carceleros y durante los interrogatorios), amasaron la personalidad accidental de un gran líder político.

Contrario a toda clase de oligarquía política, argüía sin embargo a favor de una democratización del trabajo que no alienase al hombre. Abogó siempre en contra de que los modelos ultraliberales del mercado y el multinacionalismo desnaturalizaran la transición. ¡Qué diría del enturbiamiento moral de políticos y administradores que ensombrece los titulares de la prensa checa! ¡Y qué pensaría él, europeista e internacionalista convencido, del malsano nacionalismo xenófobo que también empieza a removerse!

Havel muere con un lugar consolidado en la literatura checa. Sus piezas dramáticas no saldrán de los repertorios contemporáneos, por muy sujetos que estén a las modas. Pero muere sobre todo como uno de esos reyes filósofos que Aristóteles proponía para la república ideal. La ética no es impactante y sensacional, como el populismo. Refrena siempre la solución fácil, el exceso retórico. Esa es la distancia que nos lega una figura como la suya, contrapeso necesario a la cultura del miedo que ha generado la crisis actual del euro y de Europa.

Jonathan Allen es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 22 de diciembre de 2011.

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