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Necrológica:'IN MEMORIAM'

Pilar Donoso, el terrible mundo del futuro

Aquel libro de Pilar Donoso, Correr el tupido velo, el epitafio más lúcido de sus padres, contenía esta tremenda metáfora que su padre, José Donoso, el autor de El obsceno pájaro de la noche, escribió en sus diarios cuando ella tenía 12 años.

Decía Donoso en la neblina de su intimidad, rasgada años más tarde por Pilarcita para ese libro culminante de la historia de amor y reservas de la pareja que la adoptó: "Mi hija nació en España. Por suerte, alcanzó a pasar dos meses de vacaciones en la casa de la avenida de Holanda antes de que esta se extinguiera, de modo que cuando hable de esa casa despertará, después, algunos ecos escondidos en los repliegues de su memoria y sabrá rastrear, por lo menos, parte de las raíces de lo que es, o fue, su padre, hasta un lugar que conserve por lo menos una remota precisión. ¡Ella tiene tan pocas raíces! Nos hemos cambiado tantas veces de casa que no se identifica con lugar alguno, ni con gente, ni con sabores ni con olores que la fijen. Es verdad que las raíces de las que estoy hablando son también cadenas que pesan y coartan; son, en fin, aquello que rechazo. Sin embargo... sin embargo... por algo voy a escribir mis recuerdos para dedicárselos a mi hija. Me aterroriza que viva en un mundo tan libre como será el futuro". Y seguía José Donoso este dramático recuento de su alma adivinadora: "... la mobile society que se nos está echando encima, desprovisto de los crujidos de los pasos en los benignos parquets del recuerdo, y para ella los crujidos solo significarán miedo, dificultad de autoidentificación, no el cariño de un desayuno fragante que le traen por el elocuente sonido de la escalera".

Conmueve leer a Donoso escribir así del terrible futuro que adivinaba precisamente cuando ella, la hija a la que adoptó, a la que quiso, a la que temió, de la que sintió desamor o envidia, pero siempre amor, decidió estar muerta tras esa puerta que él identificaba con los horrores de la sociedad en la que veía entrar al mundo y a Pilarcita. Cuando presentó aquel libro en Madrid, hace un año, Pilarcita, que ya era una mujer de más de 40 años, tenía la cara afilada de siempre, su semblante fue viajando de la tensión que incorpora la autobiografía hacia la tenue tranquilidad que debió darle haber hecho un retrato tan exacto, y tan difícil, tan arriscado y tan tierno, de sus dos padres incomparables en lo grandioso y también en lo oscuro. Carlos Fuentes, que fue amigo de ellos, escribe en su último libro sobre la novela americana: "Padecía de males que muchos juzgábamos imaginarios y que compartía con su mujer María Pilar, hasta que un día la hipocondría resultó demasiado real. (...) Pero la muerte casi simultánea, como simultáneos fueron sus males, de Pepe y María Pilar nos lleva de nuevo al terreno literario donde Sacha Guitry define como el perfecto egoísmo entre dos y Quevedo invoca un amor constante más allá de la muerte: 'Serán ceniza, mas tendrán sentido; polvo serán, mas polvo enamorado".

A ese amor difícil, que ella compartió en medio del egoísmo ilimitado del padre y la indiferencia o la ausencia autodestructiva de la madre, dedicó Pilar Donoso, la hija, el esfuerzo de una reconstrucción sentimental que finalmente no la salvó del todo; al contrario, por lo que dicen las biografías más recientes, ese destino que le auguraba el padre cuando ella era tan solo una adolescente se fue cumpliendo a rajatabla, con la precisión de los martillos, hasta que la niebla final, arrancada por ella misma, nubló del todo ese futuro que Pepe adivinó terrorífico.

Ahora aquella mirada fija, inquisitiva, que Pilar Donoso mantenía en Madrid, hablando de su libro, como si sus padres aún sobrevolaran su memoria y su experiencia, como si ellos fueran, definitivamente, el único lugar fijo de su vida, vuelve como un mensaje que se incluye en los lúcidos, pero trágicos, designios del escritor al que ella misma le ayudó a poner su epitafio, la razón de su vida: "JOSÉ DONOSO, ESCRITOR". El padre, tantos años antes, había escrito, en la adivinanza terrible que proviene del pánico al futuro de los otros, lo que le esperaba a su hija sin tierra, sin casa, ajena al mundo y finalmente muerta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de noviembre de 2011