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Necrológica:

Trinidad Gallego, testigo del robo de niños

Luchó por aportar su testimonio al esclarecimiento de la suerte de los hijos de víctimas de la represión franquista

Trinidad Gallego (Madrid, 1913) no tuvo una vida fácil, pero sí larga. Murió ayer a los 97 años, después de haber sobrevivido muchas veces: a bombardeos, a consejos de guerra sumarísimos.

Se afilió al Partido Comunista en 1935 y se formó como enfermera y matrona. Creó el comité de enfermeras laicas del hospital San Carlos de Madrid y durante toda la Guerra Civil trabajó allí como enfermera. "No descansé un solo día en toda la guerra", contaba en sus memorias. "Un día vi que mis zapatos ya no tenían suela y decidí salir a comprarme unos. Me dijeron, Trini, no vayas por Fuencarral y por Hortaleza porque caen bombas todas las tardes. Cuando volví, resultó que lo que habían bombardeado era el hospital".

Se estima en 30.000 el número de niños arrebatados a sus familias

"Ningún juzgado me ha escuchado", declaró a este periódico

Al terminar la guerra la detuvieron junto con su madre y su abuela, de 87 años. Siempre creyó que la había denunciado un vecino falangista. Tras escuchar decenas de penas de muerte, respiró aliviada cuando en su juicio sumarísimo la condenaron a 30 años y un día de prisión. La llevaron a Ventas, una cárcel abarrotada de mujeres y de niños recién nacidos en la que trabajó de comadrona. Vio morir a muchos y desaparecer de un día para otro a otros muchos. En los registros penitenciarios no quedó huella alguna de aquellas víctimas de la represión franquista cuyos hijos habían nacido en la cárcel o pasado sus primeros años en ella. En numerosos casos, las madres de aquellos niños habían sido fusiladas al poco de dar a luz.

El Estado, en virtud de leyes dictadas en 1940 y 1941, se hacía cargo de la patria potestad sobre los descendientes de aquellos republicanos represaliados que, para el psiquiatra Antonio Vallejo Nájera -nombrado por Franco psiquiatra en jefe del Ejército y autor de Eugenesia de la hispanidad- eran "débiles mentales".

El abogado Fernando Magán presentó en 2009 un escrito en la Audiencia Nacional con el nombre de Trinidad Jiménez y otros para pedir al tribunal que tomara con urgencia su testimonio sobre casos de robos de niños. La sala de lo penal tardó dos años en responder: desestimado.

Trinidad Gallego salió de la cárcel en 1941. Volvió a entrar en 1942. En esta última ocasión la llevaron a la prisión maternal de Carabanchel. Volvió a la de Ventas y pasó por la de Amorebieta. Allí se le murió en los brazos la hija de la combatiente republicana Julia Manzanal, después de haber pasado una noche entera pidiendo ayuda a gritos. Ninguna de las monjas encargadas de gobernar el penal se acercó.

Su testimonio podría haber aportado algo de luz sobre los miles de niños -según se estima, hubo unos 30.000 casos- robados durante el franquismo; algunos para ser ingresados en seminarios u hospicios; otros para ser entregados en adopción a familias comprometidas con el bando vencedor y todos para ser reeducados, en aplicación de la vesania eugenésica de Vallejo Nájera.

Trinidad Gallego murió con la memoria fresca. "Pero ningún juzgado me ha escuchado", dijo en su última conversación con este diario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de noviembre de 2011