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Crítica:Teatro

Acrobacias y circunvalaciones sobre Chéjov

Cuenta Gorki que un día sorprendió a Chéjov intentando atrapar con su sombrero un rayo de sol, infructuosamente. Daniele Finzi Pasca, director de Corteo (Cirque du Soleil), Nebbia y Rain (Cirque Éloize), ha creado esta vez un espectáculo circense inspirado en las atmósferas de las obras de Chéjov y en sus diarios. Más que invocar el espíritu del autor ruso, Donka lo evoca y fantasea con su aura, o lo imagina en la distancia, desde el teatrito de 50 butacas sito a la orilla del lago Maggiore, en Lugano (Suiza), donde Finzi Pasca tiene su base y gesta a escala sus grandes proyectos.

El título completo puede llamar a engaño: Donka, una carta a Chéjov es una epístola personal en la que queda más y mejor reflejado quien la escribe que quien la inspira. No encontrarán aquí una galería de personajes chejovianos ni una antología de escenas de sus comedias, aunque, al principio, un hermoso número de trapecio fijo (en el que tres mujeres jóvenes guardan un frágil equilibrio) atrape con humor la esencia de la relación que mantienen Olga, Masha e Irina, protagonistas de Tres hermanas. Después de tan buen comienzo, uno esperaría que saliera Nina, protagonista de La Gaviota, en delicado equilibrio sobre el alambre, o Lopajin haciendo malabares con monedas y cerezas, pero Finzi Pasca prefiere circunvalar al escritor ruso en lugar de entrarle de frente.

DONKA (UNA CARTA A CHÉJOV)

Autor y director: Daniele Finzi-Pasca. Intérpretes: Rolando Tarquini, Beatriz Sayad... Escenografía: Hugo Gargiulo. Música: Maria Bonzanigo. Teatro Compac Gran Vía. Hasta el 30 de octubre.

Hay un actor que interpreta a Chéjov médico, escenas que transcurren en una consulta, números cuya relación con el asunto de la obra resulta tangencial o inaprensible y una evocación intermitente de Rusia hecha desde la Suiza natal del director de escena y de Maria Bonzanigo, compositora de danzas aladas pero melancólicas y de cantos polifónicos de inspiración eslava y textura italiana.

Llegado un momento, lo mejor es olvidarse de Chéjov, que cada vez parece menos visible o más al fondo, y disfrutar de las atmósferas que Finzi Pasca y su equipo consiguen crear con economía de medios: un gesto oportuno y una luz bien puesta les basta para fraguar una imagen poética bien traída. Hijo de fotógrafos, el director tiene facilidad sobresaliente para crear momentos líricos potentes que estira y retuerce a placer, y un sentido de la belleza visual que no se atiene a códigos dramáticos ni circenses. Es un creador con una poética propia. En el debe de Donka, una carta a Chéjov figuran su delgadez dramatúrgica y, en menor medida, la recurrencia de cierta vena sentimental. En el haber, su fuerza expresiva envolvente, su imaginería evocadora, su humor agridulce y la claridad certera de ciertos números. Subrayable, la presencia polivalente de David Menes, tan hábil con la rueda Cyr como haciendo malabares con pelotas de hielo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de octubre de 2011