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Crítica:PURO TEATRO

El rey Spacey y su corte de los milagros

Inmensa noche de teatro en Avilés con el Richard III montado por Sam Mendes: Kevin Spacey y sus compañeros de The Bridge Project hicieron historia a lo largo de tres horas y media de pasión y entrega absoluta

Ricardito está sentado en su cuarto, como un crío castigado, pata Robocop, chepa discreta, corona de papel, matasuegras en los labios, mascullando sarcasmos ante el noticiario que proclama el triunfo del primogénito Eduardo. Tan pronto entra Clarence, su otro hermano, ya con un pie en la Torre, Ricardo-aún-no-Tercero se convierte en Verbal Kint, el afable (y temible) lisiado de Sospechosos habituales. El cuarto de Ricardo crece o se achica según se mueven los paneles, sube o baja el techo, se despliegan las puertas en un laberinto de interiores (gentileza de Tom Piper, escenógrafo habitual de Mendes) y también se multiplican los perfiles del villano, perverso polimorfo, en manos y cuerpo y ojos y boca del proteico, inmenso Kevin Spacey, que va a ofrecernos (tres horas en escena) un recital histórico. Llega la funámbula seducción de Lady Anne (Annabel Scholey, tan intensa y tan guapa como Rebecca Hall, su antecesora) junto al cuerpo presentísimo de su difunto esposo, apiolado por R casi III, que ante la dama adopta las maneras elegantemente heladas del psicópata de Seven (más tarde Mendes guiñará una alusión directa, cuando traigan la testa de Hastings en una caja de sombreros), con Spacey jugando tongue in cheek, como si se tratara de una comedia negra de Joe Orton. Tanta mutación de tonos y perfiles desconcierta un poco, hasta que advertimos que el juego es la clave de su juego: el villano cambia de disfraz y de maneras según le peta y porque se aburre, Yago anticipado; para probar su ingenio, simpático diablo de los Stones; para plantarles, misántropo feroz, todo su odio en las narices: os meo en la boca (parafraseo libre) y decís que llueve. No todos lo dicen, claro: ahí está la clamante reina Margaret, la megaviuda (Gemma Jones, con finca en el Old Vic), serpenteando como un espectro vengador que lanza maldiciones y traza aspas en las puertas. Ricardo se va arrancando máscaras, cada vez más jabalí (su animal heráldico) cuanto más cerca tiene el trono, y Spacey concentra sus modelos: es imposible no pensar en Gandolfini/Soprano o, río arriba, en el Broderick Crawford de All the King's Men. Inciso: una de las señales de la gran revisión de un clásico es cuando te hace percibir una escena en la que anteriormente no habías reparado. Verbigracia, Clarence en la Torre. Clarence es Chandler Williams, un impresionante joven actor americano. En la primera parte de la escena, la altísima poesía del monólogo del sueño bajo el agua refulge como si cantara Full Fathom Five; en la segunda, deslumbra la visita de los dos sicarios (Gary Powell, Jeremy Bob), maestro y discípulo, que Mendes monta à la Pinter, como si fueran la pareja criminal de The Birthday Party, y también suena prístinamente pinteriano el ritmo del diálogo entre asesinos y víctima, tratando de convencerse mutuamente de sus razones. La muerte de Clarence, por cierto, es el único pasaje sangriento del montaje: las otras se resuelven con la mano del verdugo abatiendo los párpados de los condenados. Es una óptima opción, porque de un tiempo a esta parte se venía abusando un poco del toque gore, cuando los asesinatos son lo más aburrido (por mecánico) de Ricardo III. Bazas maestras de Mendes: ritmo eléctrico, claridad verbal y de trazo. Los principales escollos de la obra (el muy enmarañado árbol dinástico, la sobredosis de conspiraciones) se resuelven delimitando los conflictos, evitando borrones expresionistas, alzando rótulos brechtianos con el nombre del personaje que centra cada escena. Salvo el de Ricardo, claro, porque no hace falta: es la turbina constante, el agujero negro que atrae toda materia hacia su sima. Spacey sabe ser espantosamente cómico, es decir, que la risa no nos impide ver el horror sino que lo refuerza: su expresión de fastidio infinito ante las jaimitadas góticas de los principitos, a los que segundos después enviará al tajo, o cuando el fiel Buckingham (Chuk Iwuji), eficacísimo asesor de imagen, le presenta (en vídeo) ante sus electores como un hombre de Dios, acompañado de dos monjes: ahí es más Nixon que nunca, el ultracuáquero Tricky Dicky. Hay más metamorfosis, más adherencias sorprendentes: ya entronizado y con batín de seda tiene la malignidad de Noel Coward, y cuando el poder le gira la testa estás viendo al De Niro volátil y mercurial de Goodfellas, con el dedo tieso de tanto darle al botón ejecutor. Otra de las infinitas grandezas de Shakespeare: nunca en una obra tan "masculina" tuvieron tanto peso las mujeres. Cierto que se olvida en seguida de Lady Anne (sólo reaparece para casarse y ser enviada, en off, a la Torre), pero en la segunda parte mandan, y cómo, tres Troyanas: la vieja condesa de York, madre de Ricardo y todos sus hermanos muertos (Maureen Anderman, veteranísima de Broadway), la maga Margaret, de conjuros cada vez más poderosos, y la reina Elizabeth, madre de los principitos, interpretada por Haydn Gwynne, de la RSC, que sostiene con fuerza de leona herida el célebre careo con el rey loco: extraordinaria, incendiada escena. La claridad expositiva destella en las escenas bélicas, siempre dificilísimas de montar, y aquí resueltas conjuntando los dos campos de batalla en el mismo espacio, a partir de un concepto tan sencillo como eficaz: los fantasmas acosadores se autoconvidan a una cena bánquica soñada mano a mano por Richmond (Nathan Darrow) y Ricardo, macbethicón perdido, cada uno al extremo de una larga mesa. Cuando cesa el trueno de los tambores y el cuerpo del dictador se balancea cabeza abajo como Mussolini en la plaza Loreto de Milán se coagula un silencio como el que precede a las grandes tormentas. Un silencio eucarístico, reverente, hecho de emoción, de maravilla y gratitud. Recuperado el aliento colectivo, sobreviene el huracán de aplausos y de bravos. He visto muchos teatros puestos en pie, pero pocos como el que acogió el Ricardo III de la compañía de Mendes. Había entre nosotros muchas niñas, una clase entera, que al día siguiente trabajarían en un taller con Kevin Spacey. Me giré para mirar sus caras extáticas. Apostaría que alguna gran actriz futura recordará que su vocación brotó esa noche, en el Palacio Valdés.

Bazas maestras de Sam Mendes: ritmo eléctrico, claridad verbal y de trazo

Spacey sabe ser espantosamente cómico, es decir, que la risa no nos impide ver el horror sino que lo refuerza

www.oldvictheatre.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2011