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LLAMADA EN ESPERA

Ramas de otoño

La melancolía que siempre nos invade en otoño no es otra cosa que la nostalgia hacia el verano que se escapa, a su vez metáfora de la vida que corre ya sin freno. Un "caballero otoñal" es la forma dulce de denominar el declive de la edad, la proximidad de la muerte, frente a las muy cursis "quince primaveras". Porque en otoño los días se hacen más cortos, la luz más pálida y la prisa se instala de nuevo insidiosa en nuestras vidas. Bien es cierto que esas prisas nunca nos habían abandonado del todo -las vacaciones infantiles largas y monótonas, sin nada concreto que hacer, han desaparecido hoy hasta para los niños, quienes a menudo pasan el verano como turistas en miniatura, de un lugar a otro-. No obstante, en septiembre, con los anocheceres sorprendentes, casi súbitos, que cada tarde pillan más pronto desprevenidos, la sensación es indiscutible: no queda casi tiempo.

Es verdad: no queda casi tiempo. La nostalgia hacia el verano es, sobre todo, la nostalgia hacia la niñez y con ella, hacia la naturaleza, hacia la vida estival, cerca de las plantas y las flores, que con tanto empeño trataron de cultivar los ilustrados y que se trasluce en Las ensoñaciones del paseante solitario, el libro autobiográfico de Rousseau para quien la naturaleza actúa como consuelo de la soledad. Por eso, cuando la tristeza otoñal apunta insidiosa hacia mi cabeza busco el libro deprisa en las estanterías de casa -como quien busca a tientas el somnífero una noche amarga de insomnio- y me pongo a leerlo con fe homeopática, a ver si la tristeza de Rousseau cura la mía. Ya ven qué loca... me ensimismo tanto en las lecturas que acabo por pensar que aquellos a los que leo son en realidad mis interlocutores.

Como en Madrid cada vez cuesta más llegar a un campo -pese a que el Jardín Botánico es una opción mejor incluso que el Retiro-, otro consuelo eficaz suele ser hojear las láminas de algún viejo tratado de botánica, donde cada parte de la flor concentra la atención como una tranquilizadora maniobra zen. Personalmente tengo uno que guardo desde siempre con enorme celo -y eso que no sólo no soy bibliófila, sino que incluso tengo un poco de reparo hacia quienes sí lo son, pues viajar con ellos es una tortura-. Si no tienen en casa ningún tratado de botánica siempre queda buscar paisajes pintados o fotografiados. La tan especial exposición de paisajes del Prado ha sido un enorme consuelo para nosotros, los melancólicos otoñales, en esos primeros días de septiembre, pero ahora que está cerrada Axel Hütte ha tomado el relevo en Helga de Alvear.

Se trata de una propuesta deslumbrante, como es el fotógrafo y como lo son las exposiciones de esta galería que apuesta por lo exquisito, con esos paisajes típicos de Hütte, un poco lunares, fotos extraordinarias, de una minuciosidad preciosista, casi irreal, paisajes de hielo, ramas de otoño, transparentes e inquietantes. En esta ocasión, junto a sus trabajos clásicos, las grandes fotos con ecos de los románticos alemanes, Hütte presenta una especie de cuadros-collage en los cuales el artista recorre, a través de postales, la representación colectiva del paisaje -y los monumentos- de la región agraria a orillas del Rin, conocida por sus vinos -en especial el popular Riesling- y ruta obligada para el Grand Tour por sus muchos castillos y abadías en ruinas.

Se trata de una propuesta muy curiosa, sobre la cual no termino de tener una opinión clara, lo confieso, quizás porque las fotos de Hütte, incluso las incluidas en el mismo collage, son tan alucinantes que el resto se opaca frente a ellas. Merece la pena verlo. Vayan y me cuentan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2011