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Crítica:ARTE | Exposiciones

La utopía soviética coloreada

La obra que desarrolló el ruso Aleksandr Deineka se mantuvo fiel al llamado realismo socialista. Pintor excepcional, ha sido postergado por la historia por sus afinidades ideológicas. Una muestra reúne por primera vez en Madrid 250 de sus trabajos

Para subrayar debidamente la importancia de esta convocatoria se podría alegar que se trata de la primera gran muestra individual -consta de unas 250 obras- de este artista soviético, uno de los más importantes de este inmenso país durante el siglo XX y, desde luego, el más representativo de lo que ha dado en llamarse "realismo socialista", una tendencia que no sólo se convirtió en la oficial y hegemónica en la URSS o en los países comunistas, sino que también tuvo una presencia beligerante y prestigiosa en las democracias occidentales hasta fechas relativamente recientes. Por otra parte, fuera de España, tampoco hasta ahora apenas si se ha exhibido la obra de Deineka, y, cuando se ha hecho, sin la ambición y la inteligencia con que se ha planteado el proyecto de la Fundación Juan March, lo que incluye una exhaustiva documentación de todo tipo en el voluminoso y suntuoso catálogo, y una selectiva contextualización histórico-artística de la obra del pintor ruso, que puede cotejarse con ejemplos bien seleccionados de la vanguardia soviética del siglo XX.

Siendo todo ello excelente, no podemos quedarnos ahí, porque, a través de ello, seguir el hilo conductor de Deineka nos enfrenta a una parte esencial del arte del siglo XX. Por de pronto, Deineka se inscribe en un amplio movimiento artístico internacional, que floreció en las décadas de entreguerras, que ha recibido muy diversas denominaciones, las de "realismo", "retorno al orden", "neoclasicismo", etcétera, una corriente, en cualquier caso, que gravitó de una forma decisiva en otros movimientos vanguardistas contemporáneos, como el surrealismo. Por si fuera poco, el mítico prestigio de la Revolución de Octubre, saludada internacionalmente como el primer paso de la transformación decisiva del viejo orden y la creación de un nuevo modelo de humanidad, hizo observar con ansiosa admiración cualquier aspecto de lo que se produjo en la URSS a partir de 1917, entre lo que también estuvo el arte. Tras la implacable represión estalinista de las veleidades culturales de los intelectuales, se conservó en Occidente un culto hacia los exaltados y visionarios proyectos de la vanguardia rusa aplastada, que fue reivindicada y difundida con amplitud a lo largo del siglo XX, y, en particular, en su segunda mitad. Pero, junto a este ardor generalizado por recuperar la memoria de estas "sendas perdidas" de la vanguardia rusa, se aplicó otro semejante en ignorar y despreciar cualquier manifestación artística que hubiera podido sobrevivir en la URSS, fuera más o menos "oficial". Tal fue el caso de Aleksandr Deineka (1899-1969), cuya originalidad y talento indudables han sido sistemáticamente negados, algo que, además de injusto, nos ha hecho analizar la realidad artística contemporánea con la visión crítica de un tuerto, útil sólo para disparar, algo así como si nos hubiésemos permitido ignorar la existencia de, entre otros, Hopper, Balthus, Morandi, Spencer, Gutiérrez Solana, Beckman, Schad, por citar sólo algunos contemporáneos suyos. Pienso que, algún día, cuando se entremezclen las obras de estos artistas, no sólo apreciaremos su interesante mutua conjugación, sino el papel y el valor de Deineka, que vivió todos y cada uno de los momentos, esperanzados y siniestros, de la asombrosa utopía comunista.

Hijo de un ferroviario de Kursk y formado artísticamente en Jarkov, la Revolución emplazó a Deineka en el centro de los debates artísticos posrevolucionarios, conociendo en directo las ideas de los constructivistas, productivistas y otros ismos de la vanguardia rusa de entonces, muy legítimamente obsesionada con buscar una nueva definición y función para la actividad artística convencional. Ya en la segunda mitad de la década de 1920, Deineka se decantó por el "oficio" tradicional, aunque no para ejercerlo de forma académica. Lo hizo simplemente al asociarse con el grupo OST, siglas de la Sociedad de Pintores de Caballete, membrete muy expresivo, sobre todo, si se considera que los constructivistas habían demonizado este inocuo soporte, como lo atestigua el título del libro de uno de ellos, Nikolai Tarabukin, Del cuadro de caballete al automóvil Ford. No creo, en ningún caso, que a las autoridades soviéticas le inquietasen estas conjeturas, porque su recelo estaba dirigido en general contra cualquier tipo de arte fuera de control político, como se demostró después con la caída en desgracia por igual de los pintores y de los ingenieros. En cualquier caso, la capacidad de supervivencia casi única de Deineka no se debió -o sólo en parte- a su fanatismo ideológico, ni a su particular servilismo, ni a ninguna otra clase de artimaña especial, sino a su talento para realizar un arte figurativo fuera del odioso molde formalmente ultraconservador de lo que acabó siendo el realismo socialista, algo que logró sembrando la duda entre los comisarios políticos de turno sobre si el estilo de lo que él realizaba era, en el fondo, el único genuinamente soviético.

¿Cómo podemos retrospectivamente definir ese estilo particular de Deineka, que alcanzó su punto culminante en la peligrosísima década de 1930? En primer término, es evidente que Deineka captó la importancia de la gran pintura mural de naturaleza decorativa, desde los fresquistas italianos del siglo XV y comienzos del XVI hasta Puvis de Chavannes y Ferdinad Hodlder, pero modernizándolo todo con un toque del maravilloso cartelismo art déco y una perspicaz captación de cuantas cosas interesantes se fraguaron en pintura en el renacer figurativo de la década de 1920. A través de estos mimbres u otros semejantes se puede explicar cómo maduró formalmente su estilo Deineka. Pues bien, sus armas de persuasión fueron, a mi juicio, por una parte, rescatar la arcaizante simplificación de las formas de los fresquistas del Quattrocento y su tratamiento de una luz de mediodía intemporal, lo que aportaba una solidez optimista a las composiciones monumentales de Deineka, pero también, por otra, el uso de un componente ideológico, que explica muy bien Boris Groys en el catálogo: que, a diferencia del sentido aristocrático racial con que los nacionalsocialistas alemanes trataban de apropiarse de la tradición histórica del clasicismo, por el que la grandeza aria de los griegos se culminaba en la del Tercer Reich, Deineka idealizó al proletario universal, cuya serena belleza estaba, en principio, al alcance de cualquiera, dispuesto, eso sí, a servirse y a servir al gran poder transformador de la diosa "Técnica". Los nazis alemanes también adoraban a semejante ídolo pero la aristocrática selección del nuevo modelo humano ario se basaba en la eugenesia y la eutanasia, interpretadas, eso sí, de una peculiar forma coactiva. No se puede decir que los soviéticos fueran más indulgentes con la vida humana en pos de precipitar la llegada del "hombre nuevo", pero, en efecto, no tenían un modelo racial preconcebido. Sea como sea, las radiantes imágenes de Deineka estaban pobladas de jóvenes, de físico atlético, rebosando decisión y felicidad, mientras pululaban por fábricas y polideportivos, no sin que el hábil maestro ruso dejase siempre entremedias de esta alentadora propaganda como un sutil rastro de las sombras de la vida real, un no sé qué de sexo y melancolía o hasta de una risa de más.

Hay ciertamente mucha más tela que cortar al tratar de la obra de Deineka, que, como el resto de la población soviética, no durmió tranquilo hasta la muerte de Stalin y, sobre todo, hasta el giro dado, años después, por Jruschov. Antes incluso de recibir la cascada de parabienes que inundó su última década de vida, es cierto que Deineka disfrutó de privilegios inalcanzables para la gran mayoría de sus compatriotas, entre ellos el no pequeño de poder viajar por los países occidentales pero, fueran cuales fueran éstos o las servidumbres que conllevaban, no se puede ignorar la obra de este pintor ruso, si no se quiere ignorar la realidad del arte de nuestra época, por no hablar ya de los sueños y las pesadillas que han poblado y pueblan nuestro mundo.

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Aleksandr Deineka (1899-1969). Una vanguardia para el proletariado. Fundación Juan March. Castelló, 77. Madrid. Del 7 de octubre al 15 de enero de 2012.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2011