Crítica:EL COMTE ARNAUCrítica
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Visión extática

El comte Arnau de Joan Maragall no es tan villano como el de Josep Maria de Sagarra, ni el poema tan largo, en cambio, se sitúa más lejos, en otro plano, es menos accesible. Mientras que Sagarra, en 1928, despoja al personaje de todo misterio para tratarlo con dureza y realismo a lo largo de un montón de versos muy descriptivos en los que el protagonista no encuentra redención posible, Maragall nos ofrecía, entre 1900 y 1911, un héroe romántico que desafiaba lo absoluto, una concepción nietzscheana del individuo vitalista que se situaba por encima de la colectividad, una especie de superhombre que no era sino el alter ego del poeta y a quien este acababa conduciendo hacia la redención a través de la pureza del amor. Ibsen dijo que el hombre más fuerte es el que está solo, y el comte Arnau de Maragall le responde algo parecido a la abadesa Adalaisa: "Yo solo soy de mis brazos y mis pasos" cuando esta le espeta: "Si yo era tuya, ¿no eres tú mío?".

EL COMTE ARNAU

De Joan Maragall. Dramaturgia y dirección: Hermann Bonnín. Intérpretes: Ernest Villegas, Joan Crosas, Anna Ycobalzeta, Àngels Bassas, Vicenta Ndongo, Enric Arquimbau, Miranda Gas y el Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana. Música original: Lluís Vidal, Mariona Vila. Dirección musical: Lluís Vidal. Escenografía y vestuario: Jean-Pierre Vergier. Iluminación: Tomàs Pladevall. Sonido: Jordi Bonet.

Teatre Nacional de Catalunya, Sala Gran. Barcelona, hasta el 30 de octubre.

El montaje de Hermann Bonnín aspira a la totalidad maragalliana

Símbolo pues del artista modernista, el Arnau de Maragall es, en comparación con el de Sagarra -del que Antonio Calvo nos ofreció una estupenda lectura dramatizada interpretada por Lluís Soler en el festival Grec de 2005-, más difícil por metafísico.

El propio Maragall, animado por el músico Felip Pedrell, se planteó la posibilidad de subir a su ambicioso conde al escenario en un ejercicio de arte total que se vio frustrado. Ha sido el maragalliano Hermann Bonnín quien se ha atrevido con toda la carga del poema en una dramaturgia que aspira a esa totalidad.

Los poemas El comte Arnau, publicado en Visions & Cants (1900), L'ànima (Enllà, 1906) y La fi del comte l'Arnau (Seqüències, 1911) son los pilares sobre los que se sustenta el montaje de Bonnín. Sus personajes, el conde (Ernest Villegas), su esposa Elvira (Àngels Bassas), la abadesa (Anna Ycobalzeta), una doncella (Miranda Gas), la corifeo de las voces de la tierra (Vicenta Ndongo), el corifeo de los mozos (Enric Arquimbau), las voces de la tierra y los mozos (el coro del Palau de la Música) e incluso el poeta (Joan Crosas) deambulan sobre una superficie rocosa y dorada que se ve atravesada por una enorme grieta, un espacio escénico alegórico de la tierra, acaso patria, en la que se enraíza el mito y que, a falta de descripciones ambientales en los versos, nos sitúan en una especie de alucinación mística.

Y eso resulta lo que es finalmente la propuesta de Hermann Bonnín: una visión extática, en la que se puede entrar o no -cuesta un poco, la verdad-, pero que ofrece los elementos para dejarse llevar por ella: proyecciones fantasmales de un jinete en llamas, las preciosas voces de los integrantes del coro del Palau que llenan toda la Sala Gran, sus versos reiterativos en plan mantra, la canción final de la doncella, la sugerente iluminación del conjunto. Basta con estar predispuesto...

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0007, 07 de octubre de 2011.