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Reportaje:CINE

Resistencia a la crisis

La utopía de una generación de cine postsubterránea y con futuro surge en España. Hay vida al margen de una industria convaleciente.

El fenómeno parece casi sobrenatural en unos tiempos en los que la crisis no solo está en boca de todos, sino que erosiona día a día toda partida presupuestaria destinada a la creación. También adopta las formas de un feliz acto de insolencia: en la era del "esto es lo que hay" y la democratización del desaliento surge, se ramifica y se afirma un heterogéneo cine independiente español hecho, en su mayor parte, por creadores dispuestos a liarse la manta a la cabeza, levantar sus propios proyectos sin negociar con la industria y, sobre todo, sin temer a que lo suyo encaje en esa categoría de cine invisible que acuñó la edición española de la revista Cahiers du Cinéma.

Todo un relevo generacional que adopta nuevas formas, se filtra en los intersticios de las programaciones de festival o encuentra sus vías de comunicación con el público fuera de los circuitos habituales de exhibición o en algunas zonas marginales del mismo. Algunos títulos ya llevan tiempo alimentando un fértil boca-oreja: películas inclasificables como Color perro que huye, de Andrés Duque, o documentales anómalos como Los materiales, del colectivo Los Hijos. Otros están a punto de dar que hablar: Diamond Flash, debut en el largo del premiado y brillante historietista Carlos Vermut; la seca, enigmática e inclemente Open 24 h, de Carles Torras, cineasta que ya había firmado Trash (2009) y Joves (2004); el elusivo diario filmado (y carta al amor perdido) True love, de Ion de Sosa, o Puzzled love, película colectiva de alumnos de la ESCAC que fragmenta e inyecta nueva frescura al molde de la comedia romántica.

"Haber sido dibujante de cómics antes que cineasta me ha enseñado a relativizar mucho e ir más al grano", señala Carlos Vermut, director de Diamond Flash, "en el fondo, no importa lo que hay fuera del plano: si tras las cámaras solo hay dos personas o todo un equipo profesional es irrelevante para la historia". Vermut ha autofinanciado su proyecto con el dinero que recibió por los derechos de explotación para merchandising de los personajes que diseñó para la serie de Cartoon Network Jelly Jam. En su película, que define como "un thriller dramático de mujeres, con superhéroes y algo de giallo", destaca un poderoso reparto al que reunió a través de otra estrategia propia de los tiempos que corren: "Hice un casting a través de páginas web. Los actores me mandaban sus vídeos y luego yo convocaba pequeñas sesiones de casting con los siete candidatos a un mismo papel".

"Lo de la invisibilidad es relativo, porque tanto nuestra película como la de Andrés Duque están teniendo muy buena trayectoria", apunta Natalia Marín, miembro del colectivo Los Hijos, autores de Los materiales, documental que parte del metraje de desecho de un trabajo sobre Riaño, su historia sumergida y su presente fantasmagórico, para elaborar un discurso que cuestiona algunas inercias del cine de no ficción. "Nos movemos en un circuito de distribución inventado, porque la sala comercial no es la única visibilidad posible", continúa, "nuestra película se ha proyectado en centros de arte, filmotecas, en el Musac, el Guggenheim, en el CGAI... Solo somos invisibles respecto a las instituciones y al mainstream".

En esta nueva cartografía cinéfila, hecha de afinidades y más amor por el cine que por el mercado, desempeñan también un papel fundamental plataformas como Playtime Audiovisuales, Emergentes y Sumergidos o Hamaca, que, a través de muestras itinerantes y programaciones a la carta, gestionan la visibilidad de este cine llamado a ser cada vez menos subterráneo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de septiembre de 2011