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Reportaje:

Y con ellos volvió la luz

Un restaurador gallego y un vidriero argentino ensayan fórmulas para devolver a su estado original ejemplares únicos de lámparas procedentes de pazos e iglesias

No hace mucho, al taller de Antonio Monroy llegó una de las lámparas más impresionantes que jamás había visto. "Medía dos metros de diámetro por dos y medio de alto" y venía de "una iglesia del entorno de Santiago" cuyo nombre no revela. La parroquia albergaba esa joya desde que un indiano agradecido con los favores divinos se la había regalado. Y eso debía de haber sido antes de la luz eléctrica porque, cuando el restaurador levantó la mano de pintura con la que alguien había pretendido lavarle la cara al bronce, debajo descubrió las cataratas de cera que nadie se había preocupado por limpiar. Al revisar las piezas de cristal, por ver de reponer las cuentas que faltaban, descubrió unas cuantas de un material que le resultó "familiar". "Después de mucho mirarlas, caí en que eran un Bic Cristal cortado en rodajitas", relata. Otro restaurador más de andar por casa y sin mucho escrúpulo historicista se había zafado del marrón a las bravas. Nada sorprendente "en el país del somier-cancela", concluye Monroy, restaurador integral de lámparas antiguas empeñado en respetar la Carta de Venecia, el protocolo mundial sobre conservación artística que tanto insiste en mentar.

Al taller llegó una araña inmensa del emperador de México

Una parroquia sustituyó una pieza por el tapacubos de un Seat 600

Monroy, que ha cumplido los 40, trabaja en esto desde hace 15 años y últimamente persigue, con Rosendo Tellechea, un maestro vidriero jubilado nacido en Argentina que encontró "por casualidades de la vida" en Vigo, la manera de fabricar artesanalmente piezas idénticas a las que van perdiendo las lámparas con el paso de los años. A su negocio de Priegue (Nigrán), aún con un rótulo que puso su padre, auxiliar metalero del sector naval, en el que se lee que el taller se llama San Benito ("como todo por aquí"), llegan de Galicia, de Madrid o de América, en estado catatónico, aparentemente muertas, capadas y descoyuntadas, arañas en su día señoriales. Piezas únicas bajo el polvo que proceden de pazos que se restauran, de templos, de villas modernistas en decadencia, de coleccionistas privados y también del contenedor de la basura.

Entre los desperdicios urbanos aparecen maravillas, pero en los faiados rurales todavía más. Monroy ha restaurado luminarias profusas en volutas, vidrios y dorados rescatadas de la corte: alguien las halló al hacer limpieza, después de pasar un siglo sepultadas bajo el estiércol. Después de un tiempo indeterminado (el cliente sabe cuándo entra en Monroy Restauraciones y Proyectos su lámpara, pero no cuándo va a salir) en el que el artesano rastrea soluciones, el artilugio desvencijado vuelve a pender del artesonado irradiando como el primer día.

Antes de que las manufacturas chinas "acabasen con todo el tejido de proveedores", la mayoría valencianos, que eran los que concentraban toda la industria lamparera en España, topar piezas de repuesto, componentes tales como los brazos de latón, las tulipas o las lágrimas talladas de cristal, con los más diversos diseños, era bastante fácil, pero ahora, fuera de los modelos eternamente repetidos, que se siguen fabricando en Austria, Alemania o la República Checa, ya no queda nada. Y tampoco hay en el territorio estatal artesanos dispuestos a perder el tiempo, sin cobrar una fortuna, en reproducir un elemento de vidrio soplado; ni siquiera un prisma de vidrio prensado, aunque Monroy, previamente, se preocupe por fabricarles el molde el yeso.

"En Galicia puedes comprar un arrastrero, pero nunca una pieza para restaurar una lámpara antigua. De eso olvídate", afirma. Entre las reliquias que le ha tocado restaurar está una lámpara de brazos, íntegramente construida en vidrio y con depósitos para el aceite, de un palacio del emperador Maximiliano I de México. "Casi me mareé cuando, después de haberla tenido en el taller, oí lo que costaba", comenta: aquella araña inmensa estaba valorada en 42.000 euros.

La chapuza doméstica se repite una y otra vez en las lámparas magníficas que entran por la puerta. El lamparero ha visto soluciones ingeniosas, quizás ideadas por los propios párrocos, como la de aquella luminaria de San Cibrao de Ribarteme (As Neves) que traía una moneda portuguesa del XIX perforada a modo de argolla. Otra iglesia (de la que se reserva también el nombre) había sustituido el plato inferior de la lámpara por el tapacubos de un Seiscientos. Colgando en las alturas apenas se notaba.

En Vigo sigue habiendo buenos fundidores artísticos y, para las partes de metal, Monroy recurre a ellos. En la porcelana le ayudan los profesores de las escuelas de cerámica de la zona, pero el vidrio es el único problema no resuelto. El año pasado estuvo en Marinha Grande (Portugal), aprendiendo a la vez que asistía en directo a la agonía del sector cristalero. Con Tellechea, y ladrillos reutilizados ("con permiso de los dueños") de la factoría de Álvarez, ha fabricado un horno, pero el quemador de gasoil deja un residuo de burbujas en todas las piezas que va ensayando. Estos días solo espera a que llegue el quemador de gas natural, mucho más limpio, y entonces se hará la luz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de septiembre de 2011