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Reportaje:

Literatura a seis euros el kilo

Dos vecinas revolucionan la vida cultural de Baiona con talleres, conferencias, libros, exposiciones, rutas, un "hospital de cosas" y fruta de la huerta del cura

En la parcela que separa la vida de la muerte en Sabarís, entre el tanatorio y el vivero de plantas y peces de esta parroquia de Baiona, se levanta desde 1948 Villa Augusta, ejemplo regionalista del arquitecto Gómez Román, reconvertida desde este verano en almoneda y bastante más, bajo el nombre general de Mercado de la tía Ni. A la entrada hay un letrero que anuncia la esencia. Dentro se venden libros ya leídos al peso. El kilo anda a seis euros, aunque un ejemplar de bolsillo puede no sobrepasar los 200 gramos.

Aparte, en los anaqueles repartidos por todas las habitaciones del chalé de dos plantas, se ofrecen otros volúmenes con precio propio. La gente, mucha de la gente que pasa por la localidad turística, y por supuesto la que asiste a los duelos o va en busca de una carpa dorada, entra sin llamar en la casa (abierta de miércoles a domingo, con horario de mañana y tarde hasta las diez de la noche), elige aquí y allá los libros que le llaman la atención y se sienta a escoger mejor en la finca, en la terraza, en alguno de los cuatro cuartos de baño. En todos los rincones, hasta en el hueco de la escalera, se expone obra de artistas conocidos (Pedro Sardiña, Xabier Magalhaes, Claudio Maseiro) o no tanto. De Víctor Lorenzo es el caballo enorme, de madera, que come manzanas en el porche.

La gente entra sin llamar y recorre toda la casa eligiendo lecturas

Todo lo que lleve etiqueta en el chalé Augusta se puede comprar

Cada estancia de Augusta está dedicada a una temática. Esto marca el criterio para ordenar los libros y los demás objetos, muebles o cuadros del rastrillo. Todo lo que lleve etiqueta se vende, incluso el cuadrúpedo de la puerta o las lámparas que cuelgan del techo. En la sala de historia hay una imprenta para propaganda de aquellas que llamaban vietnamitas, un teléfono para comunicarse en el frente, una máscara de gas. En la sala Eros, uno de los aseos, se exhiben la literatura erótica, las prendas fetiche y algún aparejo para entretenerse. En la cocina está todo lo relacionado con la gastronomía, y en una habitación que da al jardín hay libros para niños y pinturas por si a los chicos les sobreviene la inspiración allí dentro.

Hay una parte dedicada a la fotografía, con cámaras de segunda mano; otra al cómic y la ilustración; otra a la ecología y el medio ambiente. Ahí caben los cuadros con paisajes y animales, las esculturas de materiales reciclados. Donde están las partituras, están también los instrumentos. Algunos nuevos, del luthier Ismael Vaz; otros, de segunda mano. Un bandoneón, dos acordeones, un harpa, una viola, un chelo, una mandolina sin cuerdas.

En esta misma sala se organizan conferencias de expertos en historia, arte o, en la última ocasión, periodismo. En el jardín y otra casa que hay detrás, talleres y clases de disciplinas varias. Con estos entendidos, también se organizan excursiones culturales. Hace unos días, hubo una expedición nocturna al arte rupestre de la zona, precedida de un taller de arqueología y una merienda de fruta de la huerta del cura de la parroquia de Belesar. "¡Fruita e Cultura!" fue el grito de guerra de toda la jornada.

"Los petroglifos, con una luz indirecta, de noche se ven mejor", explica Fabiola Martínez, vecina de Sabarís, hija de emigrados a Bélgica, de ahí el nombre de pila. Fabiola es vieja amiga y ahora socia de Nieves Loperena, la tía Ni, impulsora suprema de esta idea nunca vista en Galicia. Loperena es la responsable en la comunidad de la editorial galaico asturiana NigraTrea, y la única habitación privada de la casa es su despacho. Antes, trabajaba desde Gaxate (A Lama), y había creado su propio planeta abierto a todo el mundo en la antigua escuela. Regresó a Sabarís para estar cerca de su madre y porque sus hermanas le echaron una mano en tiempos de crisis con esta locura que, de momento, funciona.

En la editorial, cuando solo era Nigra y venían mal dadas, "no tenía reparo en ir a todo tipo de ferias a vender". Ahora va con su furgoneta a recoger libros viejos a donde la llamen y los despacha al peso. Así van sacando las dos vecinas para el alquiler de Augusta, que no es pequeño. "Aquí no se tira nada", asegura tía Ni mientras se viste la bata de médico y enseña otro rincón de la casa bautizado como el Hospital de Cosas. Ahí quien guste puede llevar cualquier objeto, cualquiera, y Loperena y Martínez localizarán a un restaurador especializado para buscarle remedio.

El mercado también sirve de escaparate para quien no tiene dónde exponer su género, sean trajes de novia o patucos, y se exhibe la artesanía que realizan varios colectivos de discapacitados. Las dueñas de la almoneda recaudan un fondo benéfico para todos ellos y ya han apadrinado a dos niños. En Gambia y en Colombia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de septiembre de 2011