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Entrevista:ALMUERZO CON... JOHAN SWINNEN

"Nadie quiso hablar claro sobre el genocidio en Ruanda"

"Debemos tener el coraje moral de preguntarnos: ¿cómo fue posible que tanta gente cayera en esta locura tan monstruosa? Aún no sabemos toda la verdad de lo que pasó, no conocemos la identidad de todos los responsables". Johan Swinnen (Neerpelt, 1946) acaba de jubilarse como embajador de Bélgica en España. Cierra así un círculo que abrió hace 35 años en el consulado de Barcelona, donde asistió como diplomático en prácticas a las primeras elecciones democráticas.

Recibe a EL PAÍS en su residencia oficial, un palacete cuyo salón está decorado con un retrato del rey Balduino y de su esposa Fabiola, la reina española. Al contrario que la mayoría de sus compatriotas flamencos, Swinnen cree que Bélgica existirá dentro de un siglo porque, dice, la separación "nos empobrecería a todos". Con humor y escaso chauvinismo, apostilla: "La diversidad hace la vida de los belgas algo más difícil, pero mucho más interesante".

El embajador belga en Madrid estuvo destinado en Kigali durante la masacre

Ni siquiera le preocupa haber representado a un país que lleva más de un año sin Gobierno y, pese a ello, ha presidido con éxito la UE. "El peligro es que la gente llegue a creer que las elecciones no sirven para nada".

La mesa se instala en el jardín, un remanso de paz en el madrileño barrio de Salamanca. El embajador apenas prueba bocado. El menú es delicioso, pero no puede competir con los recuerdos de su paso por las tres excolonias africanas belgas: Congo, Burundi y Ruanda. A esta última llegó en agosto de 1990. Solo seis semanas después, la guerrilla del Frente Patriótico Ruandés, del actual presidente Paul Kagame, cruzó la frontera e inició la guerra.

Durante los siguientes cuatro años, sus esfuerzos se dirigieron a evitar que Ruanda se despeñara por el abismo. No era tarea fácil porque medios como la radio Mille Collines incitaban al odio entre vecinos. Pero pareció al alcance de la mano con los acuerdos de Arusha (1993), que obligaban a hutus y tutsis a compartir el poder.

El misil que el 6 de abril de 1994 derribó el avión del presidente ruandés Habyarimana, un hutu moderado, enterró cualquier esperanza de paz. "El nuncio me llamó y me dijo: 'Ha pasado algo muy grave'. Corrí a buscar a mis hijos, que estaban cenando en una pizzería. Esa misma noche empezaron las matanzas".

Cae el sol y Mike, la esposa del embajador, le toma el relevo. "Nos subieron a la parte trasera de un camión, a mí y a los niños, para llevarnos al aeropuerto. Por el camino, nos cruzamos con grupos armados de cuchillos y pinchos. Pedí a uno de los soldados que echase el toldo para taparnos. 'No puede ser', me dijo, 'ellos tienen que ver que sois blancos".

Johan salió del país una semana después que su familia. Atrás dejó a muchos conocidos, como el ministro que le llamó suplicándole auxilio, mientras los criminales irrumpían en su casa; o el compañero de colegio de sus hijos que logró escapar de los asesinos de sus padres. Unas 800.000 personas (en su mayoría tutsis y hutus moderados) fueron pasadas a cuchillo en las semanas siguientes.

¿Pudo haberse evitado? "De vuelta a Bruselas me presenté al primer ministro y le dije: 'Lo que está pasando es muy grave y la comunidad internacional no puede quitarse de en medio'. Pero nadie quería asumir responsabilidades, nadie quiso hablar claro".

Residencia del embajador belga. Madrid

- Mousse de salmón con endivias belgas.

- Steak vienés con patatas.

- Helado con frutas y chocolate.

Gentileza de la Embajada de Bélgica en Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de septiembre de 2011

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