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Mi primera vez | Hoy, Nicolás Casariego

Culpa

Eres una mentirosa -le dije-. Te odio.

Me miró como si no me estuviera viendo y dio una calada al cigarrillo. Había llorado, y eso me enfureció aún más. Si tenía que llorar alguien, era yo, y no ella.

-Te odio -repetí, casi gritando-. Nunca más voy a confiar en ti.

Esta vez ni me miró. No me hizo ni caso.

Pero no empezó así.

No.

Estábamos desayunando, y mi hermano Tomás, que tiene siete años -es dos años más pequeño que yo-, jugaba con el móvil de papá al juego de la pelotita mientras Sara, que solo tiene cinco, berreaba. Tomás perdió la partida, le quité el móvil y se echó a llorar. Me puse a jugar, y de pronto sonó un mensaje y mamá me pidió el teléfono.

-El móvil de tu padre. Dámelo.

-¡Que estoy jugando! -le dije, un poco alto-. Espera a que acabe la partida, ¿no?

-¡Dámelo!

Mamá me lo quitó, y cuando intenté recuperarlo, porque era injusto, me dio un guantazo en toda la cara y salió de la cocina. Me quedé sin respiración, y Tomás y Sara dejaron de llorar.

-¡Te ha pegado! ¡Mamá te ha pegado! -dijo Tomás, por si acaso no me había enterado.

-Te ha pegado -repitió la mocosa con su voz de pito, casi feliz.

Me miraban con cara de lelos, esperando a ver qué hacía. Un lado de la cara me escocía como si estuviera quemada, y me entraron ganas de patearles los morros, pero me contuve y salí de la cocina para poder pensar. Tenía tres opciones: o iba a despertar a papá para contárselo, o me encerraba en el cuarto hasta que mamá viniera a pedirme perdón, o iba a buscarla.

La encontré sentada en su vestidor, con el móvil en una mano y un cigarrillo en la otra, rodeada de bolsos tirados.

Estaba fumando.

Casi se me olvidó lo del sopapo. Se me subió la sangre a la cabeza.

-¡Estás fumando! ¡Me juraste que no ibas a volver a fumar!

No me respondió, y entonces se lo dije.

-Eres una mentirosa. Te odio.

Ni caso. Ni siquiera apagó el cigarrillo.

-Te odio. Nunca más voy a confiar en ti.

Se me nubló la vista, salí corriendo y me encerré en mi dormitorio. Esperé un buen rato, pero mi madre no vino. Oí gritos suyos, y también de mi padre. Cuando estaba ya algo aburrido y a punto de salir, llamaron a la puerta. Apreté los puños y me juré que no iba a perdonarla, aunque me lo pidiera cien veces.

Abrí.

No era mi madre, sino Tomás y Sara.

-Se han ido -dijo mi hermano.

-¿Qué? -le pregunté, sin comprender-. ¿Qué dices?

-Primero se fue mamá, y luego papá corriendo detrás de mamá -dijo Sara, tan bajo que casi no la oí.

-¿Qué? -volví a preguntar, sin poder creérmelo.

-Estamos solos -dijo Tomás.

Me miraban, esperando a ver qué hacía, y me entraron unas ganas horribles de llorar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 31 de agosto de 2011