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Mi verdadera historia

DÍA 29

Mi padre y mi madre hablan por teléfono, pero ella se limita a decirle que está disgustada conmigo y que prefiere no verme en una temporada. Le ha ocultado la identidad de la chica sin pierna con la que me encontró en la cama. ¿Me protege? ¿Protege a mi padre? ¿Se protege a sí misma? Ni idea, pero no me gusta del todo el hecho de que mi padre permanezca fuera del secreto. Me recuerda aquellos días de mi infancia en los que mamá le ocultaba que yo había vuelto a mearme en la cama. No he olvidado cómo recogía las sábanas, cómo las enrollaba, cómo las llevaba clandestinamente a la cocina... Recuerdo también la confusión entre mi gratitud superficial y mi rabia profunda, como si hurtara aquellas meadas a aquel al que iban dirigidas.

Acudo para abandonarla a los recursos más miserables de toda la vida

He vuelto a la habitación en la que dormí los primeros fines de semana que sucedieron a la separación de mis padres y que ahora está llena de libros apilados sobre el suelo. He tenido que abrirme paso a través de ellos y quitarlos también de encima de la cama. Atravieso gran parte del insomnio de la primera noche buscando Crimen y castigo y El idiota, mis dos biografías, pues siento que de repente me he hecho mayor y que ahora sí sería capaz de leerlas. Pero no están, o no doy con ellas en ese desorden que es nuevo en la personalidad de mi padre, o en el recuerdo que tengo de ella.

Al día siguiente me encuentro con Irene y le digo que no podemos seguir. Le oculto que ya no la quiero, sobre todo que he dejado de quererla al comprobar que ella sigue queriéndome después de que las cartas se hayan puesto boca arriba. Acudo para abandonarla a los recursos más miserables de toda la vida de los hombres: no te merezco, no podría mirarte a la cara sabiendo lo que sé y sabiendo lo que tú sabes de lo que sé, etcétera. Mientras mi boca segrega argumentos como la de los reptiles segrega veneno, comprendo que estoy lanzando de nuevo al aire la canica y que en esta ocasión tiene una destinataria concreta: Irene. En cierto modo, la estoy matando para acabar con el último testigo de mi crimen. Pero eso no me libera, o se trata de un tipo de liberación que es al mismo tiempo un castigo (¿el que sucede al crimen?).

Mi padre no ha vuelto a casa, pero está Sara, que pregunta si me ocurre algo. Le digo que no y me encierro en mi habitación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de agosto de 2011