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Prójimas anónimas

Feminista radical

Hoy quiero confesar que estoy desbordada. Que no puedo con la vida, como lloraba Tamara la Mala. Que ni llego ni alcanzo entre la casa, los críos y el trabajo. Y eso que me dejo la piel en el pellejo para seguir en el candelabro como Sofía Mazagatos, esa profeta camuflada de Miss España 1990. Lo suyo no era la oratoria, pero sabía lo que decía, pobre, qué habrá sido de ella. La culpa es nuestra. Nos han comido la oreja con que somos supermujeres del siglo XXI, pioneras del poder femenino, heroínas de la vida moderna. Con que tenemos que hacer de todo y bien y encima estar como un tren de mercancías. Y nos lo hemos creído a pies juntillas. Así vamos muchas. Matadoras por fuera y matadas por dentro. Jodidas, pero contentas.

Soy mujer, madre, tridivorciada y trabajadora en la vida. Me gano el pan con el sudor de mi frente, aunque luego ni lo cate para no saltarme la dieta Dukan. No soy puta ni sumisa, aunque puesta a escoger, prefiero lo primero, sin proxeneta y siendo mi propia jefa. Deploro la ablación, la trata de blancas, la discriminación salarial, el techo de cristal y bla, bla, bla. Por mis congéneres oprimidas mato, que diría otra clásica. Pero seamos serias: aquí y ahora, según en qué medio y estatus, otra cosa no, pero lo que es presión nos la metemos nosotras. Y te lo digo yo, que hay noches en que desmaquillarme se me hace un mundo.

Que me perdonen las ortodoxas, pero estoy hasta los ovarios de ir con la pancarta de nosotras parimos, nosotras decidimos por la vida. Me tiño porque quiero, me ciño porque puedo y llevo tacones porque me da la gana. Mis sacrificios y mis juanetes me cuesta ir medio mona. Para gustarme a mí misma, sí, pero también a los tíos, por qué no admitirlo. Bastante tienen algunos con encontrar su sitio, qué culpa tienen ellos de los milenios de patriarcado judeocristiano.

No son adversarios, al revés, me ponen más que a un jefe un despacho. No me creo más ni menos que nadie, pero no aspiro a ser jefa de nada porque no quiero vivir en el trabajo, que pague otra ese peaje. No vivo al día sino al minuto, mi lema es salvar el culo, para algo llevo toda la vida intentando mantener el tipo.

Y si me da el bajón, que me da día sí y día no, me pongo ciega de oreos, o quedo con las íntimas para desollar al prójimo y arreglar el mundo, o me doy una batida por Zara y me vengo arriba. Es un presupuesto, pero lo que me gasto en trapos me lo ahorro en loqueros. Soy paritaria e igualitaria como la que más. Igual no pasaría un examen de limpieza de sangre feminista. Pero qué voy a hacer. Nadie es perfecta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de agosto de 2011