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Crítica:PURO TEATRO

Estos son tus hermanos

Nuestra clase de Tadeusz Slobodzianek (una tragedia contemporánea en la línea de Mystic River) pasó por el festival Grec en un poderoso montaje de Carme Portaceli; volverá al Lliure, merecidamente, la próxima primavera

El año pasado, en el Cottesloe londinense, vi Our Class, de Tadeusz Slobodzianek, una de las obras que más me han emocionado últimamente: una valiente denuncia del Holocausto polaco y una saga con el aliento de las grandes novelas y las grandes películas. En la crítica que escribí entonces acababa diciendo que debería conocerse cuanto antes en nuestro país. Retomo hoy el asunto porque Carme Portaceli la ha montado este verano en el Lliure, en versión catalana de Joan Sellent (Nuestra clase) dentro de la programación del Grec, donde ha permanecido dos semanas en cartel, y para celebrar que volverá al Lliure en primavera, del 9 al 18 de marzo. Esta es la historia: el 10 de junio de 1941, los judíos de Jedwabne, un pueblo del noroeste de Polonia, fueron conducidos hasta un granero y quemados vivos. Durante medio siglo, la masacre fue atribuida a los ocupantes nazis. En 2001, el historiador Jan Gross reveló en su libro Neighbours que los verdaderos responsables fueron polacos: la gente del pueblo, sus propios amigos y vecinos. En 2001, la periodista Anna Bikont corroboró los hechos en We from Jedwabne. A partir de ambos textos, Slobodzianek armó en 2008 la épica ficción de Our Class. Utilizo el título de la traducción inglesa, a cargo de Ryan Craig, porque la obra fue estrenada en Londres, con dirección del gran Bijan Sheibani, antes que en Polonia, donde el tema era tan poco grato como el de la ocupación en Francia. Mi colega Juan Carlos Olivares me informa de que el pasado mes de abril la función se presentó al fin en Varsovia, en un montaje, al parecer, "muy kantoriano", que jugaba con la similitud, ya desde el título, entre Nuestra clase y la inolvidable La clase muerta de Kantor.

El relato narra las vidas y muertes de diez compañeros de la escuela de Jedwabne, cinco judíos y cinco católicos

Portaceli reconvierte los pupitres en hileras de mesas, creando un clima procesal, con el público a guisa de jueces

El relato de Slobodzianek narra las vidas y muertes de diez compañeros de la escuela de Jedwabne, cinco judíos y cinco católicos, que viven ajenos a sus presuntas diferencias hasta que comienzan a soplar los vientos doctrinarios: vientos del nacionalismo polaco, cuyos ensotanados representantes predican el odio a los "asesinos de Cristo", y engañosos vientos de cambio, que llegan con los soviéticos en 1939. Menachem (Roger Casamajor) y Katz (Albert Triola) abrazan la causa de la izquierda, pero no tardan en descubrir la oscura verdad del estalinismo. Rysiek (Xavier Ripoll), Heniek (Ferran Carvajal) y Wladek (Albert Pérez) entran en la resistencia. Zygmunt (David Bagés) traiciona al grupo: denuncia a Rysiek a los rusos y culpa al judío Katz para cubrirse. Abram (Jordi Brunet) emigró a Estados Unidos, desde donde envía cartas esperanzadas, empeñado en creer que la amistad de sus compañeros sigue siendo indestructible. Tras la anexión nazi de 1941, los judíos vuelven a ser el chivo expiatorio: por "antipolacos", por antiguos prosoviéticos, por su "diferencia". Las hordas del pueblo, enardecidas por los hitlerianos, se suman a la caza, y los cuatro jóvenes "patriotas", con manos libres para saquear y matar, acaban a golpes con Katz y violan a Dora (Rosa Boladeras), la esposa de Menachem, aprovechando su ausencia. La primera parte acaba con la estremecedora escena de la masacre en el granero, narrada en contrapunto por las voces de los asesinos, y el monólogo de Dora, camino del suplicio con su hijo en brazos. Y esto es sólo el principio: a lo largo de sesenta años, los protagonistas vivirán (como en Mystic River, de Dennis Lehane) bajo el peso creciente de esos secretos que inevitablemente acaban por emerger. Crecen los personajes de la judía Rachelka (Gabriela Flores), que acepta "cristianizarse" y cambiar de nombre; el de la campesina Zocha (Lluisa Castells), que oculta a Menachem; o el de Wladek, loco de amor y torturado por la culpa, enfrentado a Zigmund y Heniek, convertidos en pilares de la comunidad (falso héroe de guerra el primero, sacerdote el segundo).

Con Nuestra clase, Carme Portaceli ha logrado su espectáculo más sobrio y poderoso de los últimos años. El montaje está bien coreografiado y bien movido, con imaginación y sensatez. Paco Azorín ha diseñado esa aula que ha de albergar los múltiples y cambiantes escenarios, y su impecable trabajo se ve apoyado por la precisa y sugerente iluminación de Miguel Muñoz. En la segunda parte, Portaceli reconvierte los pupitres en hileras de mesas, creando un clima procesal, con el público a guisa de jueces: una idea sencilla, clara, muy efectiva. Hay, a mi juicio, innecesarios brochazos expresionistas, como la marionetizada escena del baile de boda, pero lo fundamental es que las casi tres horas de función pasan sin sentir, aunque se agradecería un intermedio, no sólo por la necesaria pausa sino porque no hay corazón que aguante tal sobredosis de dolor. Los actores llevan a cabo una labor extenuante con tanta convicción como fuerza. Xavier Ripoll y Rosa Boladeras son los amos del espectáculo, perfectos de intensidad y matices; Lluisa Castells y Gabriela Flores se agigantan en la segunda parte (nunca las he visto con tanta luz como aquí), y Albert Pérez, también en un gran trabajo, hace aflorar toda la ternura y la pasión de su espléndido personaje. En líneas generales todavía falta, para mi gusto, una emoción más depurada, que brote sin agarrotamientos: está en el texto, no hace falta subrayarla. David Bagés compone un villano untuoso y tópico, con la señal de "soy malísimo" colgando del cuello. ¿Cuándo dejará este notable actor de incurrir en estos estereotipos, o dejar que se los marquen? También hay un exceso de gritos en la composición de Jordi Brunet, y un peligroso error de dirección: la noche del estreno, el público rompió a reír cuando el personaje de Abram recitaba los nombres de su familia superviviente, como si se tratara de la monserga de un rabino viejo y pesado. En el original es todo lo contrario: el espectador ha de sentir que es la misma voz, orgullosa y entera, que enumeró las víctimas del Holocausto, y que una escena es el espejo de la otra. Convendría cambiar urgentemente el tono para que no pase de nuevo. No se pierdan Nuestra clase en el Lliure.

Nuestra clase. De Tadeusz Slobodzianek con dirección de Carme Portaceli. Teatro Lliure. Del 9 al 18 de marzo de 2012. www.teatrelliure.cat

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de agosto de 2011