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Crónica:SILLÓN DE OREJAS

Espuma de pepino (sobre lecho de libro)

Hay eslóganes que los carga el diablo. Lo sugerí hace varias semanas a propósito del ambiguo y pretendidamente ingenioso logo que se había marcado el Instituto Goethe con motivo de la participación alemana en la 70ª Feria del Libro. Lo de ¡AleManía! (sic) ha terminado siendo cierto, pero no por donde ellos lo buscaban, sino precisamente por donde más (nos) amargan los pepinos. La señora Prüfer-Storks, responsable (socialdemócrata, por cierto) de Sanidad de Hamburgo, reabrió la caja de los truenos que había dejado mal cerrada la cada vez más populista señora Merkel cuando se quejó de las demasiadas vacaciones de los pedigüeños del Sur. Como ha ocurrido periódicamente, la canciller volvió a poner en marcha el (electoralmente) rentable cuento de la industriosa hormiga alemana y la frívola cigarra latina. Si les ayudamos a salvar sus economías, al menos no sean ustedes tan vagos, venía a decirnos, identificándose arrogantemente con la vieja dama (pero no indigna, ni siquiera brechtiana) que reparte limosnas en el atrio del templo. De modo que el terreno ya estaba abonado cuando la atolondrada sanitaria hamburguesa lanzó unas apresuradas acusaciones que han dejado al sector hortofrutícola almeriense con una mano delante y otra detrás, y esperando una disculpa que pocos creen que llegue alguna vez (la incompetencia suele ser altanera). Es lo que pasa con los aislacionistas: cuando hay dificultades los países ricos (que lo son gracias a esfuerzos que no han sido sólo suyos) ceden periódicamente a la tentación de encerrarse en su torre de marfil, resucitar los viejos clichés y no escuchar a nadie, algo cada vez más frecuente en el núcleo duro de una Europa cuyos dirigentes (aplastante mayoría de derechas) nos quieren presentar como fortaleza asediada. Ahí tienen el éxito allí (1,3 millones de ejemplares vendidos) de Deutschland schafft sich ab (editorial DVA; podría traducirse libremente como Alemania se autodestruye), del (¡todavía!) militante socialdemócrata y antiguo directivo del Deutsche Bundesbank Thilo Sarrazin, un ensayo potencialmente xenófobo en el que se echa la culpa del fracaso de la política de integración de los Gobiernos alemanes a los propios emigrantes (sobre todo si son de origen árabe o turco). En todo caso, la bacteria E. coli no hace distingos (por ahora) entre etnias o culturas, ni lee libros (que se sepa), ni ha estado en la Feria, por lo que habría sido muy conveniente que ¡AleManía! (sic) hubiera tenido el detalle de regalar, como cortés desagravio, un pepino (¿acaso no hay quien regala rosas?) a cada uno de los compradores de libros originalmente escritos en la lengua de Goethe o Nietzsche (a quienes, por cierto, les encantaba vagabundear por el ocioso Sur). O, si prefieren la cocina creativa, podrían haber ofrecido trocitos de Weisswurst de Hamburgo a la espuma de pepino emulsionada con senf de Baviera. Y, para estar a tono con el régimen del francés Pierre Dukan (sus tres libros continúan en la lista de los más vendidos), podrían servirlos acompañados de una de sus insufribles tortas de salvado. Por lo demás, conviene que la comisión organizadora de la Feria (¿se atreverán este año a pasar una encuesta para medir el grado de satisfacción de los feriantes?) tenga en cuenta otras variantes a la hora de pensar en el invitado de honor. En 2012 hay muchas posibilidades, no necesariamente extranjeras: se celebra, por ejemplo, el bicentenario de La Pepa (Constitución de 1812) y el tricentenario de la fundación por Felipe V de la Biblioteca Real, el germen de la Biblioteca Nacional. Claro que, teniendo en cuenta pasadas experiencias, a lo mejor prefieren celebrar la literatura de Tayikistán o importantes eventos relacionados con la lectura, como el desciframiento (precisamente en 2012 hará 60 años) de la escritura micénica Lineal B. En todo caso, les deseo más patrocinadores, menos lluvia y que el año que viene caigan dos docenas de libros que vendan tanto como los de Larsson, Dueñas, Vargas Llosa o Dukan. Y que se instale de una vez wifi en toda la Feria, que ya es hora.

Editor

Como se sabe, hay autores que lo son de un solo libro. Y también editores, cuando se cambian de bando y escriben el suyo. Así le ocurre a Mario Muchnik (Buenos Aires, 1931), que en Oficio editor (El Aleph) reordena y destila buena parte de lo que ya nos había contado en anteriores entregas de su abundante obra memorialística. Más circunspecto que en otras ocasiones, con menos rencores (las heridas han cicatrizado) y más sentido del humor, Mario pasa revista a su trayectoria desde aquel lejano día en que papá Muchnik lo llevó a los talleres de la Compañía General Fabril y un linotipista le enseñó cómo se hacían los libros (en su Edad de Oro). Su libro, que está organizado casi como un programa (divertido) para un máster de edición, está repleto de experiencia y anécdotas, de encuentros y desencuentros, de gente boba (incluido algún antisemita) y gente sabia, de éxitos y patinazos, de best sellers (sí: el consabido de Kenizé Mourad) y devoluciones. Muchnik ha tenido la (inteligente) elegancia de prescindir del índice de nombres, de manera que para enterarse de si le ha puesto a uno a parir hay que leerse todo el tomo. Pero ya les aviso de que ni siquiera esos villanos en los que uno piensa cuando se pasa revista a la carrera de Muchnik quedan tan mal. Los que sí figuran, con nombres y apellidos, son algunos estúpidos -una fauna aún protegida en el planeta editorial- y bastantes engreídos y pechisacados ejecutivos de esos que aterrizaron en los grandes grupos a partir de las transformaciones de los ochenta. En el capítulo de rectificaciones (para futuras reediciones) sólo una sugerencia: hoy día el número de ISBN consta "invariable y obligatoriamente" de 13 dígitos, no de 10. De nada.

Artista

Si ustedes -como yo- son fans de Max, el artista que viene alegrando desde el primer día mi desgastado sillón de orejas, no se pierdan (hasta el 5 de septiembre) en el Museo valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MUVIM) la exposición Panóptica, 1973-2011, una completa retrospectiva de la trayectoria profesional del que para mí es uno de los máximos representantes de la actual ilustración europea. Kalandraka ha publicado su catálogo, un auténtico livre d'art (y a sólo 35 machacantes). En él figuran (comentados por textos de José Carlos Llop, Jordi Costa, Santiago García y Alberto Ruiz de Samaniego) muestras de todos los avatares maxianos, desde aquellas primeras historietas influidas por Crumb que publicó el inolvidable fanzine El Rrollo Enmascarado a las peripecias de antihéroes como Gustavo, Peter Pank o Bardín, pasando por una brillantísima obra dispersa (cartelería, ilustración de libros propios y ajenos, dibujos en prensa periódica internacional, incluido The New Yorker) hasta llegar a esas últimas creaciones (cada vez más filosóficas) en las que ermitaños derribados de su columna (contrafiguras de Simón el Estagirita) meditan (o dialogan con el diablo) en la soledad del desierto. Una muestra de un inagotable talento inconformista y siempre atento al tornadizo Zeitgeist. Compruébenlo en Valencia (y en el catálogo): compartirán mi entusiasmo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de junio de 2011