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Entrevista:EXTRAÑOS EN LA GRADA JULIO LLAMAZARES | FUERA DE JUEGO

"En la vida y el deporte prefiero David a Goliat"

Julio Llamazares, leonés de 1955, autor de La lluvia amarilla, convirtió en un mito literario al defensa serbio Djukic, que falló ante el Valencia un penalti con el Deportivo cuando de él dependía que su equipo ganara la Liga de 1994. Llamazares escribió un cuento sobre ese lance y ahora es amigo de Djukic, que entrena al Hércules.

El cuento es uno de los relatos de su último libro, Tanta pasión para nada (Alfaguara), en el que transmite una de sus convicciones: "Soy más de los perdedores que de los ganadores". Perder tiene matices, desata emociones muy diversas. Ganar es otra historia.

Llamazares vio por televisión aquel penalti que cambió aquella Liga y cambió a Djukic. Y, en general, ve por televisión todos los deportes. Nunca se ha sentido cómodo en el graderío, que es un sitio "lleno de fundamentalistas". "Y con los fundamentalistas nunca me he sentido bien", dice. Ahí arriba se pone en marcha "la pasión mal entendida". En pequeñas dosis, cierta pasión "tiene su grandeza", pero, exacerbada, es "una patología".

Lo asombroso es cómo se da esa patología en el fútbol, en el que unos y otros se tiran los trastos a la cabeza, "como si no supieran que el fútbol es tan solo un juego". "La pasión sirve para seguir viviendo. Cuando es grande, puedes ver a los que están poseídos por ella cómo rompen banderas e incluso cabezas. En pequeñas dosis, la pasión puede generar grandeza, pero da miedo cuando lo domina todo".

El personaje de Djukic no es una casualidad en su literatura. A él no le importan los deportistas "por sus éxitos, sino por su calidad humana". Y aquel jugador que falló aquel penalti decisivo constituye "en sí mismo" uno de los personajes que él desarrollaba "de modo abstracto".

Djukic, a quien conoció a través de su amigo Manuel Rivas, el escritor gallego (y del Deportivo), "era un personaje que, en el momento de fallar el penalti, estaba muy por encima de la situación que le había tocado vivir".

Cuando habla con alguien, dice Llamazares, le gusta "conocer su infancia" y la infancia de Djukic le permitió ahondar en su alma. "El hombre es el hijo del niño, dijo alguien. Él era el hijo de un chatarrero en un pueblo de Serbia. Le había costado mucho triunfar en el fútbol..." A los hinchas les vendría muy bien conocer la historia de los futbolistas rivales. Quizá eso aminoraría los insultos del graderío. "En cualquier orden de la vida, sería bueno saber cómo es la vida de los adversarios. La sociedad sería mejor".

Perder es más interesante. En todo caso, "la derrota es superior a la victoria". "Las guerras", añade el autor de La lluvia amarilla, "la acaban ganando los perdedores". "Sobreviven los que tienen una derrota heroica. Carecen de grandeza los que exhiben demasiado poderío. La derrota es moralmente superior a la victoria. Muchas veces, la victoria empobrece a las personas. Yo prefiero la estética a la victoria".

En el deporte siempre buscó la belleza. Eso incluye los valores morales que se desprenden de la competición. "Siempre he sido un aficionado un poco atípico. Más que colores, tengo anticolores. Mi preferencia está con los débiles. Prefiero, en el deporte y en la vida, a David antes que a Goliat. Lo que soporto peor es la prepotencia, la soberbia, y algunos equipos se distinguen por la soberbia. Contra esos equipos estoy".

Llamazares jugó al fútbol. Ahora ve jugar a su hijo Julio, de 11 años, que practica sobre todo el baloncesto, pero que adora a Messi. Él mismo no era "ni bueno ni malo, sino todo lo contrario". Y su ídolo fue César, histórico leonés del Barcelona. Por César se hizo del Barça el leonés que preside el Gobierno. Pero este leonés que escribe es imparcial en el graderío: "Mi único adversario es el prepotente. En el fútbol y en la vida".

"¡A romper! ¡Colócala!"

- Julio Llamazares retrata

en Tanta pasión para nada

al antihéroe que se le quedó en la retina como un héroe de los cromos de su infancia. Así describe a Djukic

en el segundo antes de fallar el penalti de su vida: "Mientras recorría el campo entre el griterío del público y las palabras de ánimo

de sus compañeros,

que le daban consejos contradictorios, '¡por la izquierda!, ¡a la derecha!,

¡a romper!, ¡colócala!'..., Yuka, como le llamaban todos, recordó el largo camino que había andado hasta ese momento desde cuando, siendo niño, jugaba en las praderas de su pueblo hasta que fichó por el Deportivo buscando ganar dinero y huyendo de la guerra que asolaba su país".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de abril de 2011

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