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Crítica:PURO TEATRO

Cuando las compuertas se abren

La presa (The Weir), de Conor McPherson, vuelve a Barcelona 12 años después de su estreno, en un montaje modélico de Ferran Utzet, con un gran equipo y una escenografía espectacular

Tomen nota de la fantástica temporada que Oriol Broggi y su banda de La Perla están presentando, pese a la sempiterna crisis, en su sede de la Biblioteca de Cataluña: repusieron Natale in Casa Cupiello, de De Filippo, siguieron con La muerte de Iván Ilich, de Tolstói, y ofrecen ahora La presa, de Conor McPherson, a la que seguirá Tonio Kröger, de Thomas Mann, para concluir, en verano, con Luces de bohemia, de Valle. ¿Cuántos teatros de relumbrón pueden ofrecer un cartel semejante? Ha sido una óptima idea repescar La presa (The Weir), escrita por McPherson a la sorprendente edad de 26 años, que fue uno de los mayores éxitos del teatro inglés de finales de los noventa. Permaneció dos años en cartel (primero en el Royal Court, luego en el Duke of York del West End), pasó a Broadway y en España la estrenó Manuel Dueso (Romea, 1999) con gran acogida. Hay que celebrar, igualmente, la puesta de largo de Ferran Utzet, un nuevo y muy interesante director, ayudante de Broggi y con muchas horas de vuelo, que aquí firma una puesta brillante, tan minuciosa como la escenografía de Sebastià Brosa: la estupenda recreación del pub irlandés donde transcurre la acción. Nada que ver con esas franquicias clónicas que han invadido nuestras ciudades: este es un pub rural, con sabor, con pátina, donde todo, desde la chimenea hasta los surtidores de cerveza (uno de Guiness, otro de Harp) pasando por los ventanales batidos por la lluvia respira autenticidad, y además se puede comer y beber a la salida.

Un reparto conjuntado como pocos: todos hacen la misma obra, que es como Kazan definía las buenas producciones

El título de la obra alude a una vieja presa de la zona de Sligo construida sobre un "camino de hadas" (como el cementerio indio de Poltergeist) pero también evoca el momento metafórico en el que se abren las compuertas y brota todo lo que estaba sepultado. La presa, pues, es una historia de fantasmas, esos seres, como decía Joyce, "desvanecidos por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres". Noche de invierno, con viento y tormenta, en el pub de Brendan, donde la vida parece ya no pasar. El fanfarrón Finbar, amo del pueblo, ha alquilado la vieja casa de Maura Nealon a una guapa chica de Dublín, Valerie, y la lleva al pub para presentarla en sociedad. Para impresionarla un poco y fastidiar a Finbar, Jack, el viejo mecánico, empieza a contar un cuento de espectros. Poco después, el angélico Jim, su ayudante, echa también su cuarto a espadas y sube la apuesta. Sin embargo, Valerie no parece asustada: ha encontrado en la inesperada intimidad del lugar y en esas historias el cauce propicio para narrar la más terrible de todas, la historia que la ha llevado de Dublín a Sligo, el relato que dejará mudos a sus anfitriones y despertará en ellos un conmovedor sentimiento de solidaridad, de comunidad. Falta la última historia, la que Jack le cuenta, sin énfasis y con muchas copas, a Brendan y Valerie, ya con el pub cerrado, y que ilustra que no hay peor fantasma que el de uno mismo ni peor muerte que la muerte en vida. La presa es una obra que se toma su tiempo y puede impacientar al amante de las peripecias en cascada. Pero McPherson sabe lo que se hace. Ha de establecer la atmósfera y desvelarnos poco a poco, sin estridencias, el carácter de los cinco personajes por lo que cuentan y lo que callan; personajes a los que contempla con verdadero afecto y comprensión. El espectáculo es un trabajazo de equipo, un reparto conjuntado como pocos: todos hacen la misma obra, que es como Kazan definía las buenas producciones. Jack es Ramón Vila, un primer actor que nunca ha interpretado secundarios porque los convierte instantáneamente en protagonistas: te los ofrece enteros, redondos; te hace ver toda su historia, pasada e incluso futura. Un gran veterano, curtido en mil batallas, que ha acabado por conjuntar la levedad con la hondura, la solidez con la gracia. Aquí tiene al principio un curiosísimo deje de casticismo a la catalana, una retranca un poco demasiado apoyada, pero es una máscara para revelar, por contraste, la rabia, la soledad, la desesperanza del personaje. Y su monólogo final es una aguja de hielo en el corazón, la misma que nos clavó Everett Sloane al evocar, en Ciudadano Kane, su historia de amor imposible con la dama de blanco. Oscar Intente es Jim y hace una verdadera creación, a caballo entre Jack Lemmon y un joven Rafael Anglada. Interpreta a un poverello sin el menor atisbo de caricatura, un niño de la Isla de Nunca Jamás que se esfuerza en comprender y comprende de modo lateral: un dibujo de una pureza, una comicidad tierna y un encanto hermosísimos. El poderoso Finbar es Jordi Coromina, un actor cuya mejor baza y mayor riesgo siempre habían sido su talante expansivo y un tanto hiperbólico. Ofrece aquí el que posiblemente sea su trabajo más maduro y contenido, cercano a los fraseos y el peso específico de Pep Cruz, con el que ha girado mucho: no me refiero a mimetismos sino a una saludable influencia, un maestrazgo. Brendan, el dueño del bar, ese hombre fantasmalizado al que los turistas alemanes ni siquiera ven, es Armand Villén, un actor a tener cada vez más en cuenta. Es el papel menos agradecido, el único que no cuenta una historia, pero que requiere a un cómico sobrio, que domine las más difíciles habilidades teatrales: saber mirar y saber escuchar. Y, desde luego, saber construir, desde la sobriedad absoluta, el perfil de ese hombre sencillo, taciturno, paciente y comprensivo. Valerie es Montse Germán, una de las actrices más elegantes, más sutiles, más púdicamente emotivas de nuestro teatro. Y de nuestro cine: ahí está esa cumbre, mano a mano con Eduard Fernández, de aquel Breve encuentro a la catalana que fue Ficció de Cesc Gay. La función en (de nuevo) inmejorable traducción de Joan Sellent se cierra con Sweet Virginia, de los Stones ("Wading through the waste stormy winter...") a modo de himno: también le hubiera ido al pelo Help me make it through the night, de Kris Kristofferson, o Carrickfergus en la voz de Van Morrison. En vista del éxito, La presa ha prorrogado hasta el 22 de abril, y en otoño comenzará una gira que debería recorrer toda España.

La presa, de Conor McPherson. Biblioteca de Catalunya. Hasta el 22 de abril.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de abril de 2011