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Después de ocho siglos

Quien visita hoy la catedral de Santiago se la encuentra recubierta de andamios por fuera y por dentro. Además, los andamios irán muy pronto en aumento: andamios abrazando la torre Berenguela, andamios en la portada norte, andamios en el pórtico de la Gloria, andamios en la capilla mayor y, enseguida, andamios en el pórtico Real y, seguramente, en toda la fachada del Obradoiro.

¿Es este un modo idóneo de celebrar los 800 años de su consagración? En cierto modo sí. Rendimos tributo a lo que hay, cumpliendo el compromiso de transmitirlo a los que vengan. Soñó Cunqueiro mil primaveras más para la lengua en que Alfonso el Sabio compuso las Cantigas. Soñemos, pues, para nuestra catedral compostelana mil primaveras floridas y muchas más.

El evento que celebramos trae el recuerdo del último rey de León, Alfonso IX, padre de Fernando III el Santo. Fue él, y así lo dice expresamente en un privilegio histórico, el que promovió una celebración espléndida, con concurrencia de los principales magnates y numerosos prelados de su reino y de Portugal: Évora, Lisboa, Coimbra, Guarda, Lamego

... El arzobispo del momento era Pedro Muñiz, que gozó de enorme prestigio ante el papa que inaugura el siglo XIII, el gran Inocencio III.

Algunos se preguntan por qué se retrasó tanto la consagración de la catedral, cuando el pórtico de la Gloria ya estaba concluido el año 1088. Y es que las obras de la catedral continuaron: el claustro, el coro pétreo del mismo Mateo y otras obras de acomodación interior.

Desde el siglo XI estaba en vigor el ordo litúrgico para la consagración de templos. Es, sin duda, la ceremonia más extensa y pomposa de toda la liturgia romana. De haberse desarrollado en todos sus puntos, habría durado cinco horas. Pero no es pensable que fuera así. El altar, bajo el famoso baldaquino que describe el Códice Calixtino, ya había sido consagrado por Gelmírez, y tampoco parece probable la doble procesión circundando dos veces el recinto catedralicio y aspersando sus muros con agua bendita.

El mejor vestigio, ya dentro de la catedral, son las doce cruces de consagración distribuidas por las naves: seis en la nave central, dos en cada una de las naves del crucero y dos en la cabecera. Recuerdan la fecha de la consagración (el jueves de la segunda semana de Pascua de 1211) y el nombre del arzobispo consagrante Pedro IV, designado con el ordinal por haberle precedido otros tres arzobispos que se llamaban Pedro. Acaban de ser restauradas estas maravillosas cruces, descubriendo su policromía y los hermosos dísticos latinos que las circundan. Algunos, como digo, son conmemorativos, mientras que otros suponen breves consignas cifradas en la cruz, como, por ejemplo, "...sic cruce signeris et templum Dei eris" (haz la señal de la cruz y serás templo de Dios).

Sigue siendo de actualidad aquella consigna de san Bernardo, "Ecclesia retro et ante oculata" (la Iglesia que mira hacia atrás y hacia delante). Vale muy bien en este caso: miramos hacia atrás (ocho siglos de historia) para afrontar con acierto el futuro. Si durante este año recordamos tan largo pasado es para asegurar a nuestra catedral mil nuevas primaveras.

José María Díaz Fernández es deán de la catedral de Santiago de Compostela.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de abril de 2011