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Necrológica:

Sam Chwat, logopeda de las estrellas

Decenas de famosos mejoraron su acento gracias al especialista

Cuando Julia Roberts, para triunfar en Hollywood, se quiso deshacer de su acento sureño que delataba su origen en Georgia, recurrió a Sam Chwat. Cuando años después lo necesitó recuperar para Magnolias de acero, ahí estaba Chwat. Durante un tiempo, Tony Danza, el protagonista de la serie ¿Quién es el jefe?, quintaesencia del neoyorquino, no encontraba trabajo precisamente por su acento. Hasta que se puso en manos de Chwat, el logopeda de las estrellas.

El especialista realizó cambios parecidos en Marcia Gay Harden para Pollock, en Robert de Niro para El cabo del terror, en Willem Dafoe para La sombra del vampiro, en Kathleen Turner, Danny Glover, Isabella Rossellini... Y sobre todo, logró suavizar el tono de Carolina del Sur de Andie McDowell, tan duro que en su primera película, Greystoke, la leyenda de Tarzán, fue doblada.

Sam Chwat les pulió el habla a ellos y a centenares de personas (ejecutivos, periodistas, vendedores...), aunque por la cara más conocida de su trabajo se ganó el sobrenombre con el que se le conoce. Su labor seguirá en el centro que lleva su nombre en Manhattan -el Sam Chwat Speech Center, en la calle 16ª Oeste- pero ya sin él, porque Chwat falleció el jueves 3 a los 57 años víctima de un linfoma.

Chwat sabía lo que trataba, porque nació en Brooklyn, conocida por el fuerte acento de sus habitantes. Tras especializarse en problemas del habla en la universidad, en 1982 empezó con sus terapias para tartamudos y defectos verbales, hasta que en 1984 un gerente hispano de un supermercado le pidió ayuda para poder eliminar su acento y ascender en la empresa.

Chwat vio la luz y prosiguió en esa línea, hasta que fundó el Sam Chwat Speech Center en el que trabajan hoy en día seis terapeutas que tratan 100 personas a la semana. Y hasta su muerte tuvo gran éxito, porque el acento neoyorquino es uno de los más cerrados e identificables en Estados Unidos: los clientes literalmente le rodeaban. Curiosamente el logopeda defendía que la gente no tenía que avergonzarse de su manera de hablar, pero entendía que en el mundo actual les podía complicar sus opciones laborales. Y ahí estaba él.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de marzo de 2011