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LIBROS / Reportaje

Un grito de guerra

Ante el cambio de ciclo que vive el mundo, Javier Gomá propone en Ingenuidad aprendida su renacer. Una reconstrucción basada en el "cómo vivir juntos", en la reconciliación con la naturaleza y el ser. Una corriente filosófica siempre latente a la que se unen varios creadores

Estáis ante una mujer y buscáis un cuadro!", recriminó el pintor Frenhofer a los artistas Poussin y Porbus ante el descubrimiento de su retrato más esperado en La obra maestra desconocida, de Honoré de Balzac. Una nouvelle en la que un pintor anciano busca crear con sus pinceles la vida misma. Un enigmático Pigmalión-Prometeo cuya genialidad impregnada de locura e ingenuidad, al querer convertir el deseo en realidad, reclama este cambio de ciclo del mundo. Y el que invoca en su nuevo libro el filósofo español Javier Gomá Lanzón: Ingenuidad aprendida (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores). Para ello despoja el concepto de ingenuidad de sus prejuicios y mala fama, y lo reivindica como una actitud ante la vida.

Gomá: "La cultura ha de conspirar positivamente en este proceso abandonando su misantropía y haciéndose mundana"

Ingenuidad aprendida es una expresión que recoge una corriente de pensamiento siempre latente. Una respuesta y una propuesta ante los derroteros que ha tomado el mundo bajo el imperio del nihilismo y la razón deshumanizada. Se trata de una reconciliación con la naturaleza, una vuelta al ser. Una invitación a la armonía, a ver la realidad tal cual y contribuir a su mejora desde el civismo y el positivismo.

Porque la vida es una obra de arte coral en infinita creación, y como cualquier obra su éxito depende más del cómo que del qué, cinco creadores del cine, la narrativa, la poesía, el cómic y la pintura trazan un fresco de la ingenuidad en sus respectivas artes. La primera pincelada la da el propio autor del ensayo al describir qué es ingenuidad aprendida y por qué es necesaria .

Javier Gomá Lanzón

Manifiesto ingenuista-mundano

"1. La cultura es una dama preñada y con fuertes dolores de parto. Se está gestando un cambio en los fundamentos de nuestra civilización, uno de unas dimensiones tales que habría que remontarse a la última glaciación para observar algo parecido. Todos sentimos ese cambio aunque no sepamos todavía definirlo. El embrión se está formando tentativamente en medio de grandes incertidumbres, pero el proceso es irreversible. Somos los hombres prehistóricos de una cultura de bases nuevas aún en esbozo. Nuestro privilegio será fundar la ciudad que habitarán los hombres del futuro: ya tenemos la mano sobre el arado que trazará su perímetro. Todo borbotea, todo hierve y burbujea, todo se agita a nuestro alrededor, y tanto alboroto nos llena de sordos presentimientos. Sólo una emoción está a la altura de los tiempos: la alegría de la ingenuidad. Ingenuidad significa extender el brazo para palpar la tentadora objetividad del mundo, sin cuidarse demasiado de todo ese muro de prevenciones -hipercriticismo, escepticismo, relativismo, pluralismo- que la cultura contemporánea ha levantado contra un impulso tan directo; significa primar lo saludable y no lo enfermo, ponerse en el lado soleado de la vida, dar curso a lo genuino y a lo elemental sin abandonarse a unos excesos que arruinan la dicha de la espontaneidad, buscando más bien una proporción que nos dé armonía con nosotros mismos y con los demás. No sería difícil identificar los nombres de personas de nuestra gran tradición cultural -artistas, literatos, filósofos, músicos- que vagamente podríamos catalogar en el pasado de 'ingenuos'. En el dominio literario, ya Schiller introdujo en el tratado Sobre poesía ingenua y sentimental una diferencia categorial entre ambas formas de decir poéticamente mientras que, en el siglo XX, Thomas Mann compuso un ensayo que ponía en la casilla de los 'espirituales' a Schiller y Dostoievski y en la de los 'naturales-ingenuos' a Goethe y Tolstói. Pero la ingenuidad que ahora nos convoca es mucho más que una simple tendencia antisubjetiva reconocible en todas las etapas de la cultura. Es la conmoción producida por la vastedad de esa inminencia que comienza, dejando atrás milenios de una aventura espiritual ya concluida. Hoy el hombre piensa sin autenticidad con los conceptos prestados por sus padres, los cuales se hallan más cerca del homo antecessor que de nosotros, los hijos. Nada del pasado se parece a lo que se está preparando. Lo nuestro es crear un origen, no volver a él. Con una peculiaridad: esta ingenuidad no es candor, inocencia o tierna simplicidad porque no ignora los peligros asociados a una tal vuelta a la objetividad de las nourritures terrestres, sino que los conoce de sobra y, conociéndolos, elige conscientemente arriesgarse a vivir.

2. Una ingenuidad como ésta, conquistada tras duro esfuerzo y aprendizaje, conlleva el compromiso de una gozosa autolimitación. 'Limitarse es extenderse', dijo Goethe un día. Henos en el incipit de la era de la socialización. Hemos abandonado el agro y ahora vivimos juntos en la ciudad en vibrante promiscuación, pero nuestra humanidad está todavía insuficientemente urbanizada, sin aceras ni empedrados que la hagan habitable. Ya se sabe que no es lo mismo vivir en sociedad que vivir socializados. El hombre ha de encontrar su destino en el mundo y para el mundo, no contra el mundo, como cuando, en la soledad de su buhardilla, el inflamado nihilista concebía cosas tremebundas; la civilizada vida en común exige de nosotros ahora la aceptación interiorizada de una cierta etiqueta. Pasemos de la buhardilla al salón. La cultura ha de conspirar positivamente en este proceso abandonando su tradicional misantropía y haciéndose apresuradamente mundana. He dicho".

Un grito de guerra que refuerza un cineasta con palabras sobre un tiempo surcado de dudas, preguntas e incertidumbres:

Jaime Rosales

Director de Las horas del día y La soledad

"Vivimos tiempos de zozobra. Tiempos convulsos. En menos de veinte años hemos visto caer el muro de Berlín, las Torres Gemelas y, estos últimos días, en forma de efecto dominó, varias dictaduras del norte de África. ¿Existen motivos para preocuparse? Sin duda. ¿Existen motivos para esperanzarse? También, creo yo. La industria del cine está sufriendo muchos cambios. Nuevas tecnologías, nuevos hábitos, nuevos paradigmas. Algunas personas, ante las adversidades, ven solo riesgos y peligros. Yo veo oportunidades. El mundo cambia. Cambia a mejor. Vivimos un mundo más tolerante que el de nuestros antepasados, más confortable desde el punto de vista material, más seguro y, quizá, más justo. Eso no quiere decir que no haya injusticias, problemas de terrorismo o retos sociales a los que hacer frente.

Venimos de unos tiempos en los que el más crítico era el más brillante; el más cenizo era el más inteligente. Aún queda mucho de todo esto. Mucha gente piensa: '¿Para qué luchar si todo está podrido? Todo es corrupto. Todo está en manos de intereses mezquinos y de conspiraciones. Todo es tenebroso'. Yo no me encuentro entre esas personas. Comparto la idea de Javier Gomá sobre la esperanza. Esa fe en un mundo mejor y mejorable es la que me empuja a pensar en nuevas imágenes y sonidos. Nuevas películas y nuevos proyectos. A esa esperanza Gomá le da el nombre de ingenuidad aprendida. Ingenuidad aprendida, sí, pues, en un mundo mediatizado por la negatividad, hay que sacar fuerzas para no caer en la desesperación.

Desde esa esperanza o ingenuidad aprendida planteé mi anterior película, Tiro en la cabeza. Mucha gente me decía: '¿Por qué te metes en el tema vasco? Eso no tiene solución. Es muy complejo'. Yo creía y creo -ahora más que nunca- que el tema vasco tiene solución. Tenemos que aprender a creer en la bondad del proyecto humano. Unir fuerzas y talentos. Tengo fe en el hombre. Fe en el futuro. Soy un ingenuo".

Fe para ayudar a renacer un mundo que da tumbos cuyo pasado y porvenir otea, ahora, un poeta:

Juan Antonio González Iglesias

Autor de Del lado del amor.

Poesía reunida, 1994-2009 (Visor)

"La colaboración inteligente con el universo requiere un ciudadano que no 'esté de vuelta', sino que 'vaya'. Italo Calvino afirma poéticamente que un libro clásico es como el animal que sale del agua y se sacude las gotas de un solo golpe.

En el mundo antiguo hasta los irónicos (Sócrates) y los cínicos (Diógenes) participan de la ingenuidad. No están de vuelta como el sujeto posmoderno, cuyas ironías y cinismos suelen serlo de la peor especie, saturado como está de desencanto y de excesos. No quiero nada de eso. Propuestas como la de Gomá contribuyen a despejar el futuro, que ya no será atasco, sino horizonte. Si hay cosas buenas que nos esperan, merece la pena seguir.

En ese futuro los poetas acompañarán a los filósofos. La monumental obra de Virgilio fue vista en la Antigüedad como virginal. Jorge Guillén escribió una décima a un vaso de agua. En Criatura afortunada (título que requiere mucha sabiduría, pero más inocencia) Juan Ramón Jiménez describe 'un momento / de afinidad posible, de amor súbito'. Juan Gil-Albert canta 'un dardo / que acaban de arrojar cada mañana'. Durante años he ido leyendo todo eso como metáforas que son realidades. En eso soy muy cervantino, adjetivo que en este caso veo más preciso que quijotesco. No es locura, sino racionalidad luminosa. Me siento heredero de esa tradición muy larga de poetas que dan por nuevo el mundo. Creo en la propia poesía como novedad. Mi opción por el amor, por el deporte, por el cuerpo, tiene sentido en esa línea. Eso me separa de los que conciben la vida como una operación incesante de conocimiento. Quirón era muy sabio, pero era un centauro. La alianza de la cultura con la naturaleza permite algo que me interesa mucho: la idea de estar confiado en el mundo. Eso quiere decir que asumo el riesgo de renunciar a las sospechas. Saber y no saber. Eso sí que puede permitírselo un poeta. Es algo útil que puede enseñar a sus conciudadanos. Y es una idea preciosa para seguir viviendo".

A ese camino del reencuentro del hombre consigo mismo se une desde Brasil una de sus autoras más destacadas:

Nélida Piñon

Premio Príncipe de Asturias de las Letras

"La ingenuidad a la que aquí se alude parece expresar en la vida contemporánea la ausencia de grandeza utópica, de elegancia cívica, de la noción de fracaso terrenal, de la rehabilitación de los códigos civilizadores. Insinúa que al no estar preparados para la vida y que al ser imperfectos para el arte, la urdimbre social decreta la obsolescencia del arte y del cuerpo con el fin de proceder a la implantación de la sociedad digital. Y todo para que, impregnados de ilusión, lleguemos a la vejez sin haber vivido.

Pero ¿cómo podría esta 'ingenuidad', de tan fascinante tenor, rehabilitar paradigmas, recuperar retractaciones, expiaciones culpables, guarecerse contra el triunfalismo que siembra por doquier un horizonte semi-idílico? ¿Cómo guardaría en el viejo corazón la nostalgia de la trascendencia, los presagios de los dioses de otros tiempos? Cuando se me pregunta al respecto, confieso ser una escritora adicta a las matrices inaugurales, a las pasiones depredadoras. La carga narrativa que aviva en mí el sentido trágico de la existencia establece principios contrarios a la escala de valores que hoy banaliza las metamorfosis contemporáneas.

Los beneficios del arte subyacen todavía hoy en la visión que tengo del mundo. Confío, por tanto, en que la escritura resista tanta anticipada arremetida estética, tanta simetría discursiva. Y que el caos, fuente suministradora de recursos para la narrativa, ampare a los héroes, alabe sus gestas. Y puesto que está sujeto a las acciones humanas, al escritor le cabe enlazar el cielo y el infierno. Saber que el arte es una forma radical de vivir".

Vida y arte. Arte y vida a la que se contribuye, incluso, con el humor lúcido de un niño creado por una autora de cómic:

Emma Reverter

Autora de Politik. El manifiesto gráfico (Roca)

"El mundo del cómic está lleno de pequeños personajes que dicen grandes verdades. Tal vez uno de los más chiquitos de toda la historia del cómic sea Libertad, la amiga de Mafalda. Que Libertad fuera chiquita coincide con la situación política de la Argentina de la época; tampoco es una casualidad que la tortuga que de vez en cuando aparecía en las tiras de Mafalda se llamara Burocracia y avanzara muy despacio. A principios de los setenta Libertad describió de forma magistral las condiciones laborales de su madre, una traductora freelance. Cuarenta años más tarde, en un contexto de crisis, incertidumbre y precariedad laboral, la cándida conversación entre Mafalda y Libertad resuena con fuerza: Mafalda pregunta: '¿Qué escribe a máquina tu mamá?'. A lo que Libertad responde: 'Traducciones para libros (...) hay un tipo... esperá... ¿Cómo se llama?... Yanpol... Yanpol Belmon... ¡No!, ...Yanpol ¿Sastre, se llama?'. '¡Ah! ¿Sartre?', pregunta Mafalda. '¡Ese!', responde Libertad: 'El último pollo que comimos lo escribió él". El inocente niño Apolo, el personaje de cómic que creé junto con la ilustradora Màriam Ben-Àrab, se pregunta en su primer libro, Politik, si los políticos trabajan para nosotros. En su segundo libro, Economik, se preguntará cómo podemos en un contexto de mileurismo y paro seguir comiendo pollo y aspirar a un futuro mejor. Preguntas ambiciosas para un niño de seis años".

Y preguntas y respuestas desde las artes plásticas llenas de asombro y sugerencias:

Paco Pomet

Artista granadino

"El acto de mirar me produce una excitante perplejidad. No me acostumbro a nada de lo que veo, por lo que nada me aburre ni nada me convence del todo. La manifestación de lo visible se renueva a cada instante aunque las apariencias y nuestra tendencia natural a la seguridad y a la protección nos inciten a pensar que hemos dado con una fórmula válida y perenne que interprete el mundo. Esa fórmula, que suele vestirse de cultura, parece querer empeñarse en ser una especie de coraza ante algo que nos fascina y que tememos: el cambio, la indefinición, lo desconocido, el devenir. Esa cultura a la que acudimos funciona muchas veces como una armadura, unas gafas de sol, unas botas, una brújula, un aparato de aire acondicionado, un paraguas: termina prefiriendo ser una prótesis que nos protege de la intemperie del sinsentido de la vida.

El juego figurativo en el que suelo zambullirme cuando pinto me ayuda a refrescar, revisar y examinar lo aprendido y lo heredado, y trata de alimentar una ingenuidad activa que invite a mirarlo todo de nuevo con una transparencia y una expectación que interrogue ataduras visuales, deudas estéticas, dogmas y asignaturas aprobadas.

La apuesta ingenuista-mundana que nos propone Gomá nos convoca de nuevo en torno a este juego al que después de tantas partidas jugadas, ganadas o perdidas, siempre termino volviendo: la búsqueda de sentido".

Una invitación a dejarse impregnar por el espíritu proteico del Frenhofer de Balzac y por los versos milenarios de Wen Fu: "Haz brillar todo lo que encierre luz, / haz vibrar todo lo que guarda sonido".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de marzo de 2011