Reportaje:

"La gaita afina con cualquier instrumento"

Xosé, el patriarca de la saga Seivane, rememora 70 años como maestro

En una remota aldea de Lugo, Fonmiñá en A Pastoriza, con apenas 18 años y en una época, recién acabada la Guerra Civil, "en la que no había donde agarrarse, una cosa parecida a la de hoy", se inventó un oficio: Xosé decidió ser "artesano-constructor de gaitas". Y con él nació una dinastía de gaiteros, músicos y fabricantes, los Seivane. Un apellido hoy referencia del ancestral instrumento gallego. Su nieta Susana es la gaitera más internacional. Pero las gaitas Seivane, desde el taller hoy asentado en Cecebre, en la localidad coruñesa de Cambre, también suenan en escenarios de todo el planeta. "Hacen pedidos de todos los lados. A los chinos, a los rusos, a los americanos, les gusta tocar la gaita gallega, hay que darse cuenta que no saben hablar gallego, muchos ni siquiera saben donde está Galicia, pero les gusta y las piden. Hoy mucho se encarga por Internet", reflexiona el patriarca.

Abrió su primer taller en 1939. Tardaba tres días en hacer una gaita
A su hija no le inculcó el arte: "En aquella época una mujer no tocaba"

En víspera de la gran fiesta que le brindaron el sábado familia y amigos por su 90 cumpleaños, Xosé Seivane rememora toda una vida dedicada a la gaita, a tocarla, -"también el clarinete", precisa-, y a fabricarla. Y a mejorarla. El taller Seivane, hoy llevado por los dos hijos de Xosé, Álvaro y Xosé Manuel, y en el que también son maestros oficiales de la gaita sus nietos Roberto y Sainza, es referencia en la investigación y evolución de este instrumento.

"La gente bien sabe donde se hace la gaita", sentencia el fundador. El sello Seivane es garantía de calidad. Aunque al César lo que es del César. Xosé subraya que fueron los emigrantes gallegos, "que llegaron a todas partes", los pioneros y auténticos responsables de que la gaita cruzara fronteras. "Era un milagro tantas como se vendieron en Argentina". Pero si hoy es más planetaria que nunca "es porque está preparada de una manera que se puede tocar con una orquesta sinfónica o con un grupo de rock, afina con todos los instrumentos".

Nada que ver con aquella primera que, con 15 años, se empeñó en construir sin medios, ni guía. "No había otra fuerza motriz que las manos, no tenía más que una enciclopedia de artesanía para hacer un torno de ballesta y una gaita que me regalaron mis padres de chaval, y de ahí fui sacando todo, las medidas, los calibres, las tonalidades". La primera salió "bárbaro". "Pero la segunda no. Cuando yo pensaba que ya sabía algo y resultó que no sabía nada, desafinaba, estaba desequilibrada". Consiguió arreglarlo. "Tuve que sacarlo todo de la nada, eso solo lo sé yo, la música hay que trabajarla mucho".

Al regresar de tres años y medio de servicio militar en 1939, Xosé, que nunca dejó de ser gaitero, abrió su primer taller. "Tardaba tres días en hacer una gaita que vendía a 80 pesetas, que era dinero de caray. En 1945, ya cobraba 300 pesetas". Y cuando a principios de los años 50 se mudó a Ribeira de Piquín (Lugo), donde se casó, su taller de gaitas empezó a recibir pedidos de toda Galicia. Cerró en 1994, cuando sus hijos unificaron en un mismo taller en Cecebre la casa y la marca Seivane.

Xosé dice que no quiere llegar a centenario. "Eso no es vivir". Pero fuelle aún le queda. Dejó el oficio formalmente hace sólo tres años y sigue yendo todos los días. "Me gusta ver, esto es un arte, amiga, es una técnica, nada que ver con lo que tenía yo antes, aquello no era nada", dice mientras señala los tornos motorizados o la tecnología láser que hoy invaden el taller.

"Muy contento", dice, de haber dedicado su vida a este oficio, no oculta su orgullo por haber conseguido también crear toda una saga. Seivane se preocupó de inculcar a sus descendientes, "desde chavalitos", su arte y oficio. A todos menos a su hija, afincada en Bilbao. "En aquella época, una mujer no hacía, ni tocaba gaitas, era sólo cosa de hombres", se excusa. Pero ahora ya van "cuatro generaciones de Seivane", reseña el anciano al incluir en la dinastía a su bisnieto, Brais, de dos años y medio. "Tiene toda la inclinación ya para tocar, no tiene parada, y menudo oído musical". Su bisabuelo muestra la pequeñita gaita de boj que talló a mano para regalar al pequeño en sus primeros Reyes. Un instrumento de última generación. Fue la primera del mundo hecha en la tonalidad de sol agudo. "Es que la gaita fue avanzando mucho, hay que modernizarse".

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