Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANACrítica
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Espejo y torbellino

El perfil de las leyendas es cargante sin remedio y Bolaño ha sido pasto de delirantes dispuestos a engordar la leyenda: el efecto es disuasorio, también sin remedio. Sin embargo, tanto una obra como El Tercer Reich como esta última, Los sinsabores del verdadero policía, son obras póstumas que reconcilian a fondo con el autor, con aquel sujeto desvalido y muy cansado al que escuchamos un puñado de lectores en la Universidad de Barcelona, invitado por Dunia Gras, para hablar mortecino y deshilachado, casi sonámbulo. La novela empieza merodeando por los claustros de esa Universidad, aunque al protagonista, el profesor Amalfitano, lo echan enseguida para evitar un escándalo sexual. Debió disfrutar mucho Bolaño achinando los ojos y riéndose de las formalidades y los simulacros universitarios, pero ese es sólo el principio, o casi el principio de la novela. Porque el principio de verdad es una página salvaje para clasificar a carcajadas a los poetas entre las distintas formas de la homosexualidad (que cruza la novela entera), porque la poesía es "absolutamente homosexual": "Maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos". Se reparten esas etiquetas desde Alberti o Aleixandre hasta Fray Luis pasando por Ernesto Cardenal, Gimferrer o Leopoldo María Panero -que sale por todas partes-.

Los sinsabores del verdadero policía

Roberto Bolaño

Prólogo de J. A. Masoliver Ródenas

Nota editorial de Carolina López

Anagrama. Barcelona, 2011

323 páginas. 19,50 euros

La invención y la violencia, el sexo y la literatura, la itinerancia falsamente desnortada, el humor latente y a veces festivo están en esta novela para recobrar a un Bolaño genuino y rotundo. Es difícil saber si está terminada del todo, sólo semiacabada o pendiente de rematar aquí y allí (o de ampliar aquí y allí, más bien). Pero importa poco porque respeta leyes básicas de Bolaño y rebaja lo que de más digresivo y abusivamente incontinente había en otros relatos extensos suyos. Su poética de la acumulación está vigilada y ceñida por una estructura en cinco partes que organiza pasado y presente y reparte la geografía de los personajes centrales entre México y Barcelona con algunas excursiones geográficas complementarias a Chile o al pasado histórico. La parte menos eficaz y más obsesivamente metaliteraria es la que expone los argumentos de las novelas de un escritor ya fabulado por Bolaño (aunque aquí lo escribe sin hache: Arcimboldo), y en cambio la violencia y brutalidad de Sonora, sus policías y pistoleros, crean fantasía de sentido donde no lo hay: por ejemplo, en el imperturbable relato de las sucesivas Marías Expósito violadas para llegar al último de la estirpe, guardaespaldas en activo, en un alarde de lenguaje que a ratos recuerda a Plata quemada, de Piglia.

El eje de la novela es sin embargo y por supuesto la literatura, el comentario sobre literatura y creación, sobre escritores reales e inventados, vivos y muertos, traspasado todo por la homosexualidad como elección de madurez del protagonista, el profesor chileno Amalfitano, viudo de una mujer hermosa a la que amó (en páginas estupendas) y padre de una hija adolescente (cuya formación vale por un ajuste de cuentas contra "el cabrón de la vanguardia proletaria": su padre). La correspondencia con el amante abandonado en Barcelona recrea el valor epifánico de su experiencia homosexual y explica su salida de España y su nuevo empleo en la también conocida Santa Teresa, presumible Juárez. La itinerancia es así otra veta dura, una suerte de basso continuo tratado como fatalidad. Pero ha dejado de ser angustiosa o melodramática porque puede ser enriquecedora y fecunda.

El secreto de su fortuna está sin embargo en la economía narrativa, el don de fabulador y la exploración de personajes con las raíces en la memoria y la literatura. La aptitud de Bolaño es extraordinaria para contar relevantemente, es decir, para hacer de la rutina o la nimiedad narración poderosa, cargada de sentido y de crecimiento interior: esta cursilería quiere significar la densidad moral que van ganando los personajes cuando el lector entrecruza la información sobre los personajes principales -la madre de Rosa, Rosa, los jóvenes estudiantes catalanes, el policía que vigila al profesor-. Muchas de estas páginas están entre las mejores de Bolaño, espléndidas y suntuosas sin sobredosis ni enmismamiento brujuleante. Y algunas de ellas son autorretratos desde el desvalimiento o la desnudez expuesta, como si a través de los personajes hallase el modo de hablar verdadero. Lo que enseñaba este profesor de literatura era que "los escritores se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición (...) Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo". Esta novela es un gran torbellino ordenado ante el espejo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 29 de enero de 2011.

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