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COLUMNA

Lugar común la muerte

Cuando murió María Elena Walsh, alguien dijo que la gente no muere, quedan los textos de su mirada; la forma en que existieron le da sentido al mundo. No habría futuro si no hubiera memoria. Y la literatura es el lugar común de la memoria. Cuando murió Tomás Eloy Martínez (el autor argentino de Lugar común la muerte), García Márquez dijo: "¿Cómo se va a morir, si es el mejor de todos nosotros?". La mirada de Benedetti era, al final, como la de Bowles, el soplo melancólico de un hombre que ya existía sólo en su literatura, la mirada vacía, fija en un horizonte desvanecido. La ironía sarcástica con la que habló de sí mismo Onetti se volvió candor tímido cuando él supo que su debilidad era un preludio fatal. El mismo rostro le vi a Monterroso, tan frágil ya al final de sus días, tan desabrigado de sí mismo, tan asustado. En Fernando Lázaro o en Gonzalo Torrente, esa mirada final, arrebatada por el dolor o por el desánimo, persiste en mi memoria como un eco incesante. Miguel Delibes decía, como Francisco Ayala, que ya estaba harto de vivir, su cuerpo ya no estaba para este mundo. Y sin embargo, hasta el último aliento, el último suspiro del que hablaba Buñuel, existió en sus ojos el latido que guarda la mirada hasta cuando la rabia de vivir es sólo espuma. Camilo José Cela no podía imaginarse dejando los calendarios, como Susan Sontag, que era un torbellino vital al que la experiencia de la enfermedad le hizo parecer indestructible. Recuerdo a Francisco Umbral sentado en una silla como aquella en la que estaba María Zambrano cuando él se le arrodilló en los principios de la Transición. La vida es así, da vueltas y te espera al final con el espejo que tú usaste. Tiempos de devastación. Lo sientes tú, ellos se despiden. Durante estos mil números de Babelia, la vida literaria ha sido sometida a la devastación que convierte las épocas en tierra quemada. Pero la memoria no borra, cómo va a borrar a Azcona, a Fernán-Gómez, a Berlanga, miradas que las hemerotecas convierten en historia. Alguien vio corriendo, ansioso, a Vázquez Montalbán, antes de que su corazón le mostrara que en efecto no era irrompible. Y Cabrera Infante, que le dio humor y música a la literatura del último medio siglo, resistió en Londres la amarga melancolía de vivir aún en el exilio su rabiosa nostalgia de la tierra. Es imposible, en esta memoria de las despedidas, juntar todas las voces cuyos ecos se quedan; recuerdo la noche en que se murió José-Miguel Ullán, o cuando desapareció Rafael Conte, o Eduardo Haro Tecglen. Cómo ignorar ese sentimiento de orfandad que tuvo la poesía cuando murieron gente como Alberti, Hierro, Valente, Paz, Ángel González. O como Millares, Padorno, Arozarena... ¿Y los Juanes, Hortelano, Benet? ¿Cómo olvidar la alegría soñolienta de Terenci? ¿Cómo imaginar a Bolaño, a Donoso, fuera del tiempo? ¿Y cómo expresar con una palabra lo que significa la mirada de José Saramago diciendo "Até amanhá" cuando ya sabía que mañana no era ni una palabra? En la memoria tanta devastación. Cuando murió, Carlos Casares llevaba consigo el último artículo. Nadie se muere jamás, siempre queda detrás el lugar desde el que viene su eco. Escucharlo es el tributo.

Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948) es autor de Egos revueltos: una memoria personal de la vida literaria (Tusquets).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de enero de 2011