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Necrológica:IN MEMÓRIAM

María José Berrocal, la sonrisa de los archivos

"Lleva quien deja y vive el que ha vivido". Es un verso del poema con el que Antonio Machado se despidió de Francisco Giner de los Ríos al enterarse de su muerte. Cuando los buenos amigos mueren, se llevan una parte de nuestro corazón, pero parte de ellos se queda en la vida con nosotros. La muerte es difícil de verbalizar, las palabras son torpes. Solo es verdadero el dolor y el sentimiento de que nuestro futuro es también una herencia viva de aquellos que nos faltan.

Conocí a María José Berrocal López con motivo de la exposición que organizó el Ministerio de Cultura cuando Francisco Ayala cumplió 100 años. El mundo de la cultura es una realidad de personajes famosos, autores homenajeados y oficios discretos e imprescindibles. El interés de la exposición, la significación histórica del material reunido en la Biblioteca Nacional y editado en el catálogo, hubiera sido mucho más limitado sin el rigor profesional y la inteligencia de María José Berrocal. La buena organización, por ejemplo, de los archivos de José Luis López Aranguren y de la Fundación Francisco Ayala debe mucho a su discreción y talento.

Quien tuvo la suerte de trabajar con ella en el Archivo General de la Administración, en el diario EL PAÍS, en la Biblioteca Nacional o en cualquiera de los proyectos de investigación histórica en los que participó, pudo comprobar enseguida su labor minuciosa, su paciencia certera y la inteligencia de su buen humor. Una voz grave de acento madrileño le servía para abrir perspectivas de conocimiento y muchas complicidades en las conversaciones.

La fuerza de su carácter, su vitalidad, el deseo de dejar a un lado los problemas y la honradez con la que buscaba siempre la verdad, desbordaban los límites profesionales y se convertían en un carácter, en una forma de vida. Como sabía querer a los demás, era una persona que despertaba el amor de todos.

Cuando le sorprendió en octubre el diagnóstico de la enfermedad que ha acabado con ella a los 43 años, trabajaba en las investigaciones que la Residencia de Estudiantes desarrolla sobre las Misiones Pedagógicas. Le comentaba a Miguel, su marido, también documentalista, que al hacer las biografías de los maestros participantes pasaba de un tiempo de ilusión y fe en la cultura a los años oscuros de la represión y la muerte. Una guerra es terrible porque generaliza en el ámbito público esa injusticia privada que supone cualquier muerte, más dolorosa cuando cierra unos ojos llenos de juventud, de labores y esperanza.

Su entereza humana y su amor por el trabajo me han hecho recordar el poema de Machado sobre Giner de los Ríos. En las fechas frías de los documentos, sobre todo si señalan los límites de una vida, cabe mucho amor, muchas ilusiones y mucho desamparo. María José lo sabía. Lleva y nos deja mucho en su muerte quien tanto nos dio en la vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 2011