Columna
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La patronal pide cambios

Cierto es que en otros momentos menos aciagos los empresarios han callado como muertos porque el silencio era su aliado, pero no es ahora el caso. Ahora comparecen con frecuencia ante la opinión pública y de manera coherente, incluso crítica, exponen su parecer. Lo hizo ha poco la Asociación Valenciana de Empresarios (AVE) que esta misma semana ha sido anfitrión del V Encuentro Economía y Sociedad, patrocinadora de un denominado Pacto de Estado, Empleo y Competitividad, cuyos principales trazos ya fueron resumidos en estas páginas el miércoles último. Nada que objetar a su buena voluntad y pertinencia, lo que no obsta para que glosemos algunas de sus recetas por lo muy al pelo que nos vienen a tenor de nuestras peculiares circunstancias.

Propende el aludido documento y de modo prioritario "una política de comunicación veraz que transmita la magnitud del problema económico del país". De ese problema y suponemos que también de todos los demás concomitantes que los organismos e instituciones de la Generalitat ocultan y manipulan hasta el punto de haber escindido esta comunidad en dos colectivos, el de los que mienten asiduamente desde el Gobierno y sus medios informativos, y el de los engañados, que somos la inmensa mayoría. ¿Cómo se pueden crear así sinergias cívicas para afrontar colectivamente la crisis, tal como postula la patronal? Y lo más grave de esta ocultación es que no se puede enmendar sin que se produzca un drástico cambio político, lo que acentúa el cinismo y el enroque de los actuales dirigentes a pesar de su irreversible caducidad.

Tomar conciencia del foso económico en que estamos sumidos obligaba y obliga al presidente Francisco Camps y su cohorte a reconocer y explicar por qué esta comunidad es, entre todas, líder en deuda, en fracaso escolar de Secundaria y en barracones; por qué somos subcampeones en la reducción de PIB (15%), encabezamos o casi el índice de desempleo (22%) y, entre otros parámetros aflictivos, más del 17 % de los valencianos están por debajo del umbral de pobreza. Y todo ello después de tres lustros de desaforada expansión económica, aunque, como prevenía Tony Judt, no todo tiempo de bonanza garantiza la igualdad ni el desarrollo económico. Sobre todo, añadimos por nuestra cuenta, si se gobierna a golpe de despilfarro y sin la menor previsión de futuro, como revela el desmantelamiento industrial y la indefinición de qué quiere ser este país cuando sea mayor y pase -que pasará- esta galerna. Resulta patético que todavía tengan el morro de aferrarse al discurso eufórico y victimista. Cómo no van a estar cada día más desacreditados por su culpa los políticos y la misma política que, quiérase o no, es la única opción de progreso democrático.

No caben aquí, ni alcanza a nuestro magín, abordar como requeriría otras recomendaciones de dicho Pacto, que nos limitamos a mentar apenas. Piden los patronos, con temerario desdén de las teorías keynesianas, el recorte del gasto público y pasma constatar hasta qué punto lo ha restringido el Consell gobernante, que ni las facturas paga. Se reclama asimismo el recorte de las prestaciones sociales y de ello debiera tomar nota la alicaída y mayoritaria clase media que vota PP -y no digamos los condenados de la tierra-, pues son su sanidad, enseñanza y vejez las que están en vilo. En punto a reformar la Administración, pues es obvio que sobran la mitad de las consejerías. ¿Y qué decir del caduco modelo educativo? Nada, hablen con la Iglesia.

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