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Crónica:SILLÓN DE OREJAS

¿Aso calamares o será mala cosa?

Lleva razón Benvolio, el amigo que persuade a Romeo de que acuda al baile de los Capuleto: "Nada alivia mejor el mareo que dar vueltas hacia el lado contrario". Es decir: un clavo arranca otro clavo, como saben los carpinteros y los amantes rechazados. Ayer, por ejemplo, se me cayó al suelo un bloque de páginas de una edición de bolsillo de El malestar en la cultura, cuyo pegamento ya no cumplía su función. Para mantener los márgenes los editores racanean en la materialidad de los libros: el cosido casi ha pasado a la historia y el fresado no siempre arroja resultados aceptables. Aumenta el número de lectores que rechazan los libros que no pueden abrir con holgura, igual que hacen con los zapatos mal terminados. Y abundan los editores que lanzan piedras a su propio tejado: temen -como los luditas a las máquinas de la primera revolución industrial- al libro electrónico pero, a la vez, descuidan la factura del libro tradicional, lo abaratan en el peor sentido del término. Me quito el clavo de los libros mal hechos con los que publica La Oficina de Arte y Ediciones, cuyos dos socios fundadores son Joaquín Gallego, uno de nuestros mejores diseñadores (por cierto: ya no es responsable de las cubiertas de Abada), y Arturo Leite, conspicuo filósofo especialista en Heidegger. De su reciente programación escojo tres libros: Palindromeando, de Javier Navarro de Zuvillaga (14 euros), un enloquecido y estupefaciente "compendio de autor" de frases capicúas (me apropio de una para título de este sillón de orejas), con ilustraciones de Carlos Bloch; Las afinidades electivas, de Goethe (59 euros), una exquisita edición (de Helena Cortés Gabaudan) profusamente ilustrada con obras de Caspar David Friedrich, que propone una sugerente simetría entre el desarrollo de este inmortal experimento literario en torno al adulterio y la apariencia del mundo natural tal como se refleja en la obra del gran pintor romántico, y A través del espejo, editado por el fotógrafo Joan Fontcuberta y el propio Joaquín Gallego (45 euros), un conjunto de reflexiones (de Fontcuberta, Estrella de Diego, Román Gubern, Alberto García-Alix y Jorge Alemán), apoyadas en una apabullante selección gráfica (más de 300 fotos), sobre esa modalidad tan urgente de autorretrato que han difundido Internet, los teléfonos móviles y las redes sociales. Libros bien hechos que alivian el mal sabor que dejan los que no lo están: esos que, como diría el Romeo shakespeariano, le llenan a uno el alma de plomo (y le impiden levantar el vuelo).

Abusos

Mientras la derecha tedeté (aquí no se lleva el tea party) continúa disparando sus torpedos dialécticos contra los sindicatos con el propósito de desmantelarlos (de modo que sus patrocinadores puedan hacer de su capa un sayo aún más explotador), la resaca de la huelga general sigue coleando. Mi añorado Joan Brossa (1919-1998), que se pasó la vida intentado que el dado cayera por el lado del siete, escribió (en Poems Civils, 1961) unos versos prosaicos que, por alguna ignota razón, me han venido a la cabeza a propósito de esa huelga "general" que ha acabado con otras posibles (y mejor explicadas) huelgas generales. Se los traduzco: "No es igual el camino de Barcelona / a Mataró, que de Mataró / a Barcelona, aunque atraviese / el mismo paisaje. // ¿Has dado ya leche a la cabra blanca?". Bueno, algo así es lo que yo siento respecto a la jornada de relativo éxito/fracaso del día 29. Y no me pregunten quién o qué es la cabra blanca, porque no lo sé. Ignoro si en la izquierda todavía se estila la autocrítica (o se ha enterrado con la sempiterna excusa de no dar cuartos al pregonero de la derecha), pero yo no la oigo, de manera que no puedo escucharla, quizás a causa de la fragorosa interferencia tertuliana. En todo caso, no es que a mí me vuelvan loco los sindicatos -al menos en su actual avatar- ni la retórica congelada de sus burócratas, pero, con todos sus defectos, y a la espera de formas más eficaces y democráticas de representación de los trabajadores, a los de a pie no les quedan muchas más instancias de defensa colectiva frente al abuso, de manera que ojito al tedeté y sus apocalípticos contertulios, no sea que, en cuanto nos descuidemos, nos empiecen a cantar las excelencias de la mano de obra esclava y aquí no se jubila nadie hasta la caja de pino. Mientras tanto conviene seguir estudiando historia. Sobre todo ahora, cuando su uso (como materia de entretenimiento: ahí están las novelas históricas y las teles histéricas) corre paralelo al rampante abuso de un pasado que, a pesar del manoseo, sigue hablando a quien le pone auténtica atención. Se diría que, con excepciones notables (recuerdo, por ejemplo, al difunto Tony Judt, y su admirable Posguerra), los historiadores profesionales han dejado el campo generalista y la gran divulgación en manos de novelistas y mitómanos. Tras décadas de posestructuralismo y posmodernismo historiográfico contemplando miniparcelas del pasado a través del microscopio, los narradores intentan cubrir el (relativo) vacío de la historia de alto vuelo lanzando a sus personajes a un mundo fabricado a conveniencia (ideológica) de nuestro hoy. Ahí tienen, por citar una novela que "narra en esencia el siglo XX y permite contemplar en primera persona una de las épocas posiblemente más convulsas, violentas y determinantes de la historia", La caída de los gigantes (Plaza & Janés), del veterano especialista Ken Follett, primera parte de una proyectada trilogía (The Century) destinada a proporcionar grandes satisfacciones a los libreros del planeta. 'Usos y abusos de la historia' es precisamente el subtítulo del muy recomendable (y legible) ensayo Juegos peligrosos (Ariel), de la historiadora canadiense Margaret MacMillan, a la que algunos recordarán por su excelente París, 1919: seis meses que cambiaron el mundo (Tusquets), en el que destrozaba algunos de los mitos más extendidos sobre la actitud de las potencias vencedoras tras la primera gran carnicería del siglo XX. Empecé a leer su última obra, una especie de síntesis de todo lo que ha aprendido a lo largo de una vida dedicada al estudio (y no al negocio ni a la manipulación) del pasado, como quien no quiere la cosa. Y acabé con el libro subrayado a dos colores y con signos de admiración en los márgenes: como sucede cuando uno da con una obra en la que encuentra perfectamente explicado lo que no acertaba a formularse con precisión.

Francfort

Añado las siguientes cosas al equipaje que me llevo a la Feria de Francfort, en la que este año Argentina es la estrella invitada: a) una pavita (como aprendí en Cortázar) para cebarme el mate con los amigos, b) un matasuegras por si veo de lejos a la señora Kirchner y c) un estupendo (y polémico) libro de viajes de Martín Caparrós (Contra el cambio, Anagrama), que tengo a medio leer. Mientras empaco, me da vueltas en la cabeza un apotegma de Borges cuya justeza (casi) siempre he comprobado: la mejor tradición argentina es la de superar lo argentino. Si veo algo que merezca la pena, ya les contaré a mi vuelta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de octubre de 2010