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Tribuna:

Encuentros en la segunda fase

Las políticas presupuestarias han sido una importante herramienta con la que los Gobiernos han tratado de frenar la pérdida de pulso económico observado desde finales de 2008. La activación de tales políticas ha generado un desajuste significativo de las cuentas públicas en la mayor parte de los países desarrollados aunque el grado de deterioro experimentado por las diferentes economías ha sido dispar. Aquellos países con mayores desequilibrios estructurales, tales como Grecia, Irlanda, Portugal y también, aunque en menor medida, España, han sido los más expuestos al escrutinio del mercado. El manifiesto incremento del saldo de deuda como porcentaje del PIB durante los últimos dos años en estos países ha generado un aumento notable de las tensiones en los mercados de deuda, que se ha manifestado en forma de un sustancial incremento de los diferenciales de la deuda soberana frente a Alemania de algunos países de la eurozona. Un incremento de diferenciales que, pese a que en un primer momento afectó prácticamente por igual a todos los países periféricos, se ha caracterizado por la progresiva discriminación que los mercados han hecho entre los denominados países periféricos.

El caso portugués es más propio de una crisis de crecimiento tan tradicional como profunda

En esta primera fase, la situación al borde del precipicio que vivió Grecia, rescatada en último extremo por un acuerdo internacional, arrastró a todos ellos con una escasa diferenciación; más aún, esa (sorprendentemente) escasa diferenciación que hacían los mercados propició paradójicamente que las miradas se centrasen en España por su mayor importancia sistémica. Esa primera fase fue superada. Las decisiones adoptadas en el ámbito de la contención del déficit público y de la reestructuración bancaria han sido los pilares básicos que han permitido que los tipos de interés de la deuda pública española se hayan desmarcado de la pauta de continuo incremento observado en el resto de economías periféricas a partir de julio.

En la segunda fase, son Irlanda y Portugal los que han visto incrementar de forma singular la rentabilidad exigida por los mercados a la tenencia de su deuda y, en consecuencia, los costes de emisión de la misma. Ello ha agravado aún más la percepción de insostenibilidad de sus finanzas públicas y el riesgo de que la propia profecía facilite su cumplimiento, como tantas veces ha sucedido. Son casos bien diferentes, no obstante. Uno, el primer país, esclavo de un tamaño exorbitado de su sistema bancario, paradigmático además en la crisis financiera actual de lo que no debiera haber sido el negocio bancario. Solo las nuevas inyecciones de capital públicas necesarias que se están barajando actualmente apuntan a que a un déficit público superior al 10% haya que añadir cifra cercana a otro 20% del PIB este mismo ejercicio. No va a ser fácil esta digestión a uno de los países exponentes de una transformación en apariencia exitosa. El caso portugués es más propio de una crisis de crecimiento tan tradicional como profunda. También de reacción tardía; esta misma semana anunciaba un paquete de medidas que recuerdan mucho a las decididas en su momento por el Gobierno español. Desgraciadamente no hay que dar por superado el riesgo de contaminación en esta segunda fase, pero la posición diferencial española es mucho más sólida.

Miguel Arregui y Daniel Manzano son profesores de la Escuela de Finanzas Aplicadas (AFI)

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de octubre de 2010