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Reportaje:Rutas paralelas

SORBETE DE LIMÓN PARA OSOS

Los osos del Zoo de Madrid son bisnietos de los que había en la Casa de Fieras del Retiro, de donde fueron deportados en 1972 sus bisabuelos para pasar una mejor vida en un recinto que nacía bajo la batuta del arquitecto Francisco Javier Carvajal, padre de la todavía hoy inquietante Torre de Valencia y creador de unas instalaciones para animales que tenían al hormigón como material noble. Sí, precioso y moderno hormigón encofrado, la casa de las fieras (o lo que hoy queda de ellas) podría ser digna de uno de esos estudios revisionistas en los que uno acaba echándose las manos a la cabeza ante los vaivenes del tiempo, los gustos y las corrientes -que también existen- en la arquitectura zoológica.

Lección en el Zoo de Madrid sobre cómo sobrevivir al ardiente sol mesetario

El hormigón, un material que garantiza calidez en invierno y frescor en verano gracias al efecto botijo (con solo mojarlo baja considerablemente la temperatura) no está de moda en las nuevas tendencias naturalistas de los zoos y la piedra y el tronco ganan terreno al gris concreto, vieja seña de identidad del parque madrileño. Pese a ello, en el Zoo Aquarium de Madrid todavía se pueden seguir las huellas de aquellas instalaciones, muchas de ellas hoy ampliadas o retocadas con los nuevos idearios de los zoológicos. Mientras la casa de los pecaris (feroces cerdos sudamericanos) sigue intacta, los metros de los elefantes se amplían con una zona de sombrillas gigantes que les garantiza una amplia protección en verano. Bastante más injustificable es el falso decorado de arcilla de aire azteca que cae por las viejas paredes que diseñó Carvajal.

Sea como sea, y lamentando su personalidad desdibujada, en el zoo lo que importan son los animales y hoy en día su verano madrileño se resume en un campo sembrado de microclimas creados con duchas, nebulizadores, árboles, sombras, charcas de agua y de fango (las de esos prehistóricos rinocerontes) y cubos gigantes de sorbetes de frutas y helados para refrescar a los animales que pasan aquí las horas y la vida. "Los animales tienen su propio sistema de regulación, ellos también sudan. Cambian de pelo o, como los elefantes, se ventilan con las orejas o se protegen de las quemaduras echándose sin parar arena y barro sobre la piel", explica Enrique Sáez, biólogo y veterinario del Zoo desde 1982.

Lo de tener la piel de elefante, añade, es un dicho absurdo. "La tienen muy delicada, sufren muchísimo por las picaduras de mosquitos y se queman con el sol. Por eso se protegen constantemente cubriéndose de arena". Lo de los helados empezó, como tantas otras cosas, con los chimpancés. A ellos les preparaban polos de frutas para el verano, una manera de jugar y refrescarles en los días de más calor. El éxito de los polos se extendió a otros animales y ahora los osos, todos de origen centroeuropeo, juegan como locos con sus bloques de sorbetes de frutas.

Todos los animales del Zoo (unos 9.000 contando los peces) se adaptan al verano continental primero con su propia sabiduría ("los animales no son tontos, nosotros somos mucho más tontos que ellos. Si hay 40º en el exterior, un animal jamás saldrá fuera, no se exponen a situaciones de riesgo", dice Sáez) y luego con los sistemas que el personal del recinto ha ido aprendiendo o inventando. "Evidentemente, en este zoo no tenemos pingüinos Emperador porque no podrían soportarlo sin un recinto climatizado, así que tenemos Yakas, que son pingüinos que viven en latitudes cálidas". Los animales con esmokin están por la mañana bajo una sombrilla que les han instalado para la temporada de sol. Y ahí se quedan, mirando.

Los pandas, delicadísimos y mimadísimos, tiene su pagoda con aire acondicionado, pero pese a eso les gusta salir de vez en cuando al calor. No como los koalas, que nunca se mueven de sus tres naves climatizadas. "23º de temperatura y un 75% de humedad, no les puedes sacar de ahí, morirían. Cuando nos los cedieron [en los zoos ya ni se compra ni se vende, sino que se rigen por préstamos basados en leyes de protección de especies] vinieron especialistas de San Diego, que son los que controlan el movimiento de todos los koalas de fuera de Australia, y supervisaron el espacio. Yo mismo tuve que viajar a Huelva para controlar que podríamos traer cada semana las 30 especies distintas de eucalipto con que se alimentan".

Hoy, el koala que nació hace ocho meses en Madrid se abraza a su madre colgado de una rama. La lentitud de sus movimientos y su esponjoso cuerpecillo producen más sopor que el calor del que se les protege. No lejos de allí, tres osas (separadas de los machos) se revuelcan en el agua de su piscina. Llevan un infalible protector solar: su manta de pelo marrón con mechas doradas. Ya se sabe: la naturaleza es sabia, hasta en cautiverio.

Pastiche en vez de hormigón armado

- El paisajismo ha ganado a la arquitectura. La obra original del Zoo de Madrid integraba una construcción artificial con la vegetación que crecía sobre ella creando sombras y zonas de diferentes temperaturas. Pero los estudios, según explican, apuntan a que la gente siente rechazo psicológico ante todo signo "no natural" en los parques de animales y por eso en los últimos años se han creado espacios que parecen naturales. El pastiche sin embargo es inevitable en un zoo que tenía su propia personalidad, la del hormigón armado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de agosto de 2010

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