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Reportaje:

Una puerta de sol a sol

Una mirada de 24 horas sobre la plaza descubre locales con solera, decenas de hostales, negocios de compraventa de oro y viajeros de paso por un lugar que nunca se detiene

Tiene nueve puertas y mucho sol en verano. Montera, Carmen, Preciados, Arenal, Mayor, Correo, Carretas y la Carrera de San Jerónimo y Alcalá son los ríos de este particular mar de asfalto de 10.500 metros cuadrados en permanente agitación. Por los tornos de la estación del metro de Sol pasaron el último agosto 1.196.000 personas, en un fin de semana más de 500 tarjetas de crédito entran y salen en uno de los dos cajeros de esta plaza y la policía intervino en junio en 157 ocasiones por robos o hurtos en la zona. Esta es la crónica de una mirada de 24 horas a la Puerta del Sol.

El cielo rojo se refleja sobre los tejados de los primeros números de la calle de Alcalá y alumbra la plaza de la Puerta del Sol con la ayuda de sus 22 farolas. Un breve repiqueteo marca las 7.15 en el reloj de la Real Casa de Correos. El epicentro de la ciudad no conoce el silencio, pero durante los primeros destellos del alba el ritmo baja y la plaza descansa por unas horas.

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Hace apenas unos minutos que los barrenderos municipales han comenzado su tarea. Pedro, que no quiere dar su nombre real "por órdenes de la empresa", recorre con la escoba el perímetro de una de las dos fuentes de la plaza, la más cercana a la calle de la Montera. Una pareja de acaramelados maduritos le interrumpe para que les tire una foto. Sentados en el borde de la fuente, sobre una bolsa de plástico, el cariño se confunde con la ebriedad. Pedro dispara mientras la pareja se esfuerza por mantener la espalda erguida. "Da igual el día de la semana que sea, todos los borrachos acaban en la Puerta del Sol", explica con resignación.

El borde de la fuente tiene dos hileras metálicas acabadas en punta, cuyo fin es evitar que la gente apoye sus posaderas en el mobiliario urbano. Más de la mitad de la hilera exterior ha desaparecido. Según Pedro, las han arrancado para venderlas en los rastrillos. Él los llama "los buscadores". La fuente de enfrente, la más cercana a la calle del Carmen, mantiene la protección metálica y dos adolescentes sudamericanos entonan una tonadilla sentados a ras de suelo.Pasadas las 7.30 las farolas se apagan. El sol aparece por encima del rótulo de Tío Pepe, sobre el tejado del portal número uno de la plaza. El sombrero andaluz que viste la botella chisporrotea sobre los andamios que cubren la fachada del edificio. Hace cuatro años que el bloque que alojó al centenario Hotel París está vacío: lleva dos años de obras y su nuevo destino será otro hotel.

Los últimos estertores de la noche se mezclan con los primeros turistas y un valiente en pantalón de deporte cruza a trote por la plaza. Un par de taxis aguardan aparcados enfrente del reloj. La parada oficial está en la calle Mayor, pero el tramo está levantado por obras. José Heras acaba de empezar la jornada. La empresa de escayola en la que trabajaba se fue a pique y lleva dos meses al volante. No puede comparar con otros veranos, pero dice que este agosto está siendo difícil. Dada la hora y el lugar, la clientela está formada casi exclusivamente por turistas que salen hacia el aeropuerto. Suenan ocho campanadas en la torre de la Casa de Correos, actual sede de la Presidencia del Gobierno regional. Debajo, en la puerta, un guardia civil hace su turno.

Algunos se ganan el jornal muy cerca de donde lo hacen sus representantes políticos. El único quiosco de la ciudad que está abierto las 24 horas del día está en la Puerta del Sol. Antes de la remodelación de la plaza estaba a la entrada de la calle Mayor. Es una institución con más de 40 años de historia. Jorge Carrasco ha cuidado del negocio: "La noche ha sido tranquila. Sobre todo tabaco y botellas de agua", resume el quiosquero.

Los camiones y las furgonetas de proveedores ya empiezan a llegar y los viajeros y las maletas van en aumento: la plaza está plagada de hostales y pensiones. En una de las esquinas de la calle del Carmen, una placa en el muro de hormigón recuerda que en la pensión Americana se hospedó Jorge Luís Borges en los años veinte. En la esquina opuesta, el Hotel Europa abrió sus puertas al público por primera vez el día de Navidad de 1981.

El sol comienza a tomar altura. El templete de cristal del intercambiador proyecta reflejos circulares en los balcones de la plaza. En la entrada de la calle Arenal unos chalecos fluorescentes toman posiciones: "¡Compro oro!", grita a viva voz Paolo Finne. "Llego de los primeros, sobre las 8.30. Me quedo hasta las tres y luego me voy a trabajar en la obra", cuenta. Tiene 23 años y es licenciado en criminología. Llegó de Bogotá hace un par de meses y lleva uno a caballo entre el oro y ladrillo. Solo en el entorno de la plaza hay más de 40 establecimientos de compraventa de oro.

En el número 9 de la plaza, también a la entrada de Arenal, la castiza Felisa Berral desayuna un café con leche y porras en Arysol, otro clásico con 38 años de solera a sus espaldas. Cuando termina, sobre las 9.30, monta su tenderete de lotería en frente de la salida de metro de la calle Mayor. Lleva repitiendo el mismo ritual "muchos años", dice coqueta, sin querer desvelar su edad. Sentada tras el tenderete de madera, y fumando un cigarrillo con boquilla, dice que el año pasado vendió el gordo: 100 millones. Hoy, en lo que va de mañana ha vendido poco.

A mediodía la luz castiga a los viandantes de la plaza. El termómetro de la parada de autobús de la calle Carretas marca 34 grados. Robert y Catalina acaban de terminar el Camino de Santiago. Tumbados sobre sus abultadas mochilas, al pie de la fuente de Montera, se quejan de la inclemente solera.

En agosto, Madrid hierve a las cuatro de la tarde. Nadie se sienta en el erial de piedra, sin una sola sombra, en el que se ha convertido la plaza a esas horas. Los trabajadores se repliegan bajo los toldos de sus comercios y la oficina de atención al ciudadano, una furgoneta de policía, guía a los turistas aprovechando las sombras del edificio que cierra la plaza entre las calles Arenal y Mayor. A partir de las seis comienza a aumentar el tráfico: más bolsas en las manos de los transeúntes, más granizados, más cámaras de fotos. Los niños trepan por las fuentes y se suben a la estatua del oso y el madroño, en su nueva ubicación a la entrada de la calle de Alcalá.

Seis años de obras -desde octubre de 2003 hasta mediados de 2009- y 575 millones de euros han permitido traer la red de cercanías al kilómetro cero, hacer una estación futurista y lavar la cara a la zona para convertirla en una plaza seria, un espacio completamente peatonal, partido por una sola calzada y con una única parada de autobús junto a la calle del Correo. Una plaza dura, con asfalto y farolas, publicidad, bocas de metro y un par de fuentes. Nada más. Quien quiera una silla, que se vaya a un bar.

Pero aquí las compras no son el mayor aliciente. El comercio lo centran las calles paralelas -Preciados, Carmen, Carretas, el oro de Montera- mientras que la plaza es un mero lugar de paso. Javier Llerandi es parte de la quinta generación de propietarios de la tienda de paraguas y abanicos Casa de Diego, que sobrevive en la Puerta del Sol desde 1858. Su material, de alta calidad y fabricado en España, tiene difícil competencia con el importado de China. "Esto es un negocio de calidad, pero el mercado está inundado", se lamenta. "El 70% de los clientes son españoles y el 30% turistas. Hay tres cajeros en la plaza y un tercero muy cerca, ya en la calle de Alcalá. En el de la entidad BBK se registran 150 operaciones al día y hasta 500 durante el fin de semana, según el director de la sucursal. El dinero circula por la Puerta del Sol. Mercedes y Pablo, dos peruanos que viven en Madrid hace una década, le compran un globo a la pequeña Nuria, que ya ha nacido madrileña. Aseguran que la plaza les recuerda a su Lima natal: "Pero tiene pocos árboles".

La tarde va descendiendo. Mientras, el artista manchego Antonio López dibuja su Madrid hiperrealista al atardecer de un agosto, de seis y media a ocho y poco, mientras la luz ideal para su cuadro se posa sobre los edificios elegidos por el pintor. Los turistas buscan asiento en las fuentes, las abarrotan. No queda sitio porque no existe otro sitio. Una chica devora un helado sobre una barra para amarrar bicicletas; un chaval se sienta en las escaleras de la boca de metro; una embarazada busca sitio en el escalón de una administración de lotería.

Juan José Martínez Arias, dominicano de 31 años reconvertido en hombre-anuncio, aguanta siete horas de pie. Llegó a España hace tres años con contrato de trabajo. Hace meses que se acabó y por eso se ha agarrado a este nuevo oficio. "Son 700 euros al mes y cincuenta céntimos más por cliente. Cada mes llevo 800. Pero esto lo dejo. Me ha salido otro trabajo, me saco un dinero y me voy a Nueva York con mi familia", asegura emparedado en un cartel con fotos de chorizos y costillas.

Al albor de las farolas se venden gafas de sol, películas de estreno, bolsos de imitación y pulseras. Los comercios cierran y el top manta se adueña de las aceras. "Ahora hay mucha policía, es imposible vender", explica Mahmud, un senegalés que vive en España en situación irregular desde 2004. Su puesto, una simple sábana blanca con una cuerda en cada esquina, se monta y se desmonta en cuestión de segundos, en cuanto asoma un policía. "Hay polis buenos y malos", explica con humor. Los primeros le avisan para que recoja y no vuelva. Los segundos incautan todo y selo llevan detenido. "Pero si vendes falsificaciones no avisan", aclara. Fuentes policiales del distrito aseguran que nunca se hace la vista gorda. Solo el pasado junio, la Policía Municipal realizó 387 intervenciones de material protegido por derechos de propiedad intelectual e industrial en todo el distrito Centro.

Da fe de ello Ibrahim, gambiano de 29 años y llegado a España en patera hace cuatro. Asegura tener mala suerte. "Me han detenido ocho veces, siempre me cogen a mi". Debe una multa de 1.100 euros. "Ayer gané 15 euros en todo el día", lamenta.

Menos margen tienen los agentes para combatir la prostitución: no está tipificada como delito. "Nos piden la identificación a menudo y nos cachean, pero tenemos todo en regla", explica Carici, un chapero rumano de 24 años que espera junto a la salida de Metro de la calle Montera. Vive de su cuerpo desde hace un año. "Dame tu trabajo y te lo cambio", espeta. Vestido de blanco y con un tatuaje de un escorpión rojo en el cuello, presume de clientela fija: "Me ha llamado un extranjero que me va a pagar 800 pavos". No todos tienen el mismo caché. Hay quien ofrece sus servicios por 20 ó 30 euros para luego desfogarse en un hostal aledaño. Ninguno admite ser homosexual. Los chaperos satisfacen los deseos de hombres que, en su mayoría, ya peinan canas.

Con la puesta del sol llegan también las estatuas callejeras. Luis Alberto Silva lleva dos meses siendo el pistolero de la calle Preciados. Subido a un cajón, desenfunda su revólver cuando una moneda cae a sus pies y regala una mueca ingeniosa al dadivoso transeúnte. El ratón Mickey o Bart Simpson pululan también ofreciendo globos, y un barrendero que recrea la estatua de la plaza de Canalejas y un torero son otros habituales.

La Policía Municipal, que patrulla la zona desde el mediodía hasta la medianoche, les mantiene a raya porque su espectáculo es caldo de cultivo para los ladrones. Los descuideros las aprovechan para robar a los que miran y descuidan -de ahí su nombre- bolsos y bolsillos. Solo en junio realizaron 157 actuaciones sobre patrimonio. Por eso, los agentes dispersan a las multitudes. Por eso y porque hay una ordenanza que prohíbe la ocupación de la vía pública. Entrada la noche, la Puerta del Sol se convierte en zona de tránsito. No es que la plaza se quede vacía, es que la fauna nocturna se vuelve intermitente.

Hacia la derecha, Huertas; a la izquierda, la plaza Mayor; enfrente, Gran Vía. Los pocos que pasan el rato en la plaza se sientan en las fuentes. Para alimentarles y saciar su sed están los puestos ambulantes de bocadillos -a tres euros- y cerveza -a uno- atendidos por chinos, que entran en escena a medianoche y se van pasadas las seis de la mañana. La venta ambulante de alimentos prolifera cada vez más en Madrid. El pasado junio la Policía Municipal realizó 265 intervenciones por infracciones alimentarias en el distrito Centro. "Hemos llenado camiones enteros con las bolsas que guardan en las papeleras", explicaban fuentes policiales del distrito.

Pese al bullicio, la plaza mantiene un puñado de moradores estables, cada vez menos. Joaquín Araujo posee un apartamento de apenas 36 metros cuadrados en una dirección que no es cualquiera: Puerta del Sol, número 13, 5º B. Ahora, ya jubilado, ha decidido vivir con su hijo y comprarse un apartamento en Benidorm. Asegura que vivir aquí es una maravilla: "En el centro, en el kilómetro cero de España", afirma orgulloso. Pero pocos están dispuestos a pagar los 210.000 euros que cuesta el pisito. ¿No le da pena desprenderse de una de las pocas viviendas que quedan aquí? "También me da alegría poder irme de vacaciones seis meses al año. Es la ley de la compensación".

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Información elaborada por María Porcel Estepa, David Marcial Pérez y Sara España

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de agosto de 2010