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COLUMNA

Géneros

La mayoría de las series siempre han sido de policías, en un sentido que incluye a ladrones, gánsteres y detectives, guardacostas, guardabosques y guardaespaldas, y a Chuck Norris. Las series de espías tuvieron su auge en otras eras geológicas: El santo, por ejemplo, de cuando Roger Moore no había recibido aún su doble cero; o Los vengadores, con aquel improbable Patrick McNee haciendo de sí mismo; y El superagente 86, temible operario del recontraespionaje.

El resto de las profesiones tiene una representación escasa en la ficción televisiva. Alguna serie se ha visto, es cierto, sobre capitanes de barco y presidentes de Estados Unidos, una farmacéutica de guardia, dos expertos paranormales, tres estudiantes de instituto. En fin, poca cosa.

Pero hay tres excepciones notables: abogados, médicos y periodistas. Sus series tienen mucho en común: equipos desbordados por lo que sea, un jefe fácilmente irritable por lo que fuere, teléfonos que nadie coge por si acaso, diálogos por los pasillos, exteriores urbanos nocturnos. Y te dejan asomar la gaita a la estancia oculta donde se cocinan las sentencias, los diagnósticos o las tendencias. Tienen mucho de making of de la profesión.

Los seguidores de Shark tendrán pocas dudas de que el protagonista -el fiscal jefe Sebastian Stark- va a resolver el caso con una floritura en plena vista oral, al más puro estilo de su precedente Perry Mason, pero quieren ver cómo lo hace Stark, que antes de fiscal fue el abogado más sucio y depredador de todo Los Ángeles. Quieren ver las fullerías, los registros ilícitos, las argucias dialécticas, los daños colaterales que le hacen ganar siempre.

Tampoco House se parece a sus ancestros (Marcus Welby y el doctor Gannon, hasta donde me llega la memoria). El personaje le debe mucho más a Sherlock Holmes, desde el fastidioso hábito de fijarse en los detalles para violar la intimidad de la gente hasta su domicilio en el 221 B (aunque no de Baker Street: no habrá ninguna en Princeton). Pero la serie también es un making of de la medicina, con sus dilemas éticos, sus errores fatales y con tantos criterios incompatibles como médicos hay discutiendo en una mesa. La estricta fidelidad de los guionistas a la racionalidad científica -no otra cosa representa el doctor House- es una novedad radical. Ojalá prospere.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de agosto de 2010