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Crítica:PURO TEATRO

Sin Paco León no hay Lisístrata

Un arrollador Paco León se convierte en centro y motor de la Lisístrata de Savary en Mérida, lastrada por bajones de ritmo y desigualdades actorales, pero con una simpatía contagiosa que le hace batir récords de público

No cuesta imaginarse a Aristófanes diciéndole a su productor: "Se me ocurrió algo muy divertido mientras venía hacia el Foro. ¿Qué tal si todas las mujeres se declaran en huelga de sexos caídos hasta que los hombres paren la guerra?". El productor le contesta: "Sí, es gracioso, pero la obra se te acaba en el momento en que los hombres decidan buscar otras vías. No sé a ti, pero a mí se me ocurren tres". Aristófanes resuelve la primera: Lisístrata logrará convencer a todas, absolutamente todas las mujeres de Atenas y Esparta. El productor insiste: "Te quedan los trabajos manuales y la entrada trasera". Aristófanes no quiere que la lógica fastidie su ocurrencia. "Es una farsa ¿vale? Con chistes guarros, pollas empalmadas y mensaje final: que la guerra es muy mala. Si buscas arte, llama a Eurípides. ¿Tú qué quieres? ¿Hacer poesía o hacer dinero?". El productor acepta y Lisístrata consigue un éxito de los que hacen historia.

Sucede (de siempre) que Savary es más irregular que el electrocardiograma de San Vito

Un montón de siglos más tarde, Paco Suárez, director del Festival de Mérida, se levanta con varias ideas estupendas, de productor in péctore. Llama a Jérôme Savary, especialista en jaranas anarco-chotunas. Le pone en contacto con Joaquín Oristrell para una adaptación del texto. Le sugiere un concepto: retomar la tradición helénica de personajes femeninos interpretados por hombres. Y le propone, guinda del pastel, a Paco León para encarnar a Lisístrata. El espectáculo bate récords de público y algunos evocan el perfume de fiestazo popular de aquel espumoso Golfus de Roma que montó Mario Gas en 1993. Pero, ay, no es lo mismo, luego veremos por qué. Savary y Oristrell han dejado el texto en hora y cuarenta: no seré yo quien proteste, porque los coros de Lisístrata son más pesados que Diálogo de Carmelitas. Comienza la jarana. A la derecha, con túnicas blancas, los quince profesores de la Banda Municipal de Mérida, que van a interpretar desde la marcha de Aida hasta los Nardos de doña Celia. A la izquierda, diecinueve figurantes locales abren fuego con una divertida parodia de peplum sangriento: atenienses contra espartanos estilo Mario Bava. Un detalle gracioso: el basurero negro que recoge restos de cadáveres con un carrito del ayuntamiento. Pausa. Redoble. Espectacular entrada de Lisístrata: Paco León con largos rizos negros, zapatos dorados de plataforma, vestido rojo y, flameante, una cola (de seda) de treinta metros. Enciende un cigarrillo. "¡La guerra, la guerra! ¡Harta me tienen a mí de la guerra!". Conexión instantánea y absoluta con el público, que va a jalearle y aplaudirle cada dos por tres: no veía yo nada igual desde que Daniel Auteil hizo Les fourberies de Scapin en la Cour d'Honneur. Paco León está sensacional, divertidísimo, arrollador y, lo que es más importante, con verdadero ángel: talmente Ocaña poseído por Lola Flores. La escena del juramento, con pandereta y revoleo de brazos y frases, parece un afectuoso homenaje a Morena clara. Morcillea ("¡Yes, We Can!", grita, encabezando la revuelta), imita, improvisa sobre la omnipresente corrupción, borda bajadas revisteras al patio de butacas, pero no pierde nunca el hilo del personaje. También tienen gracia sus compañeros/as de batalla: Josep Ferré como Lámpito ("Brasileña, pero de Huesca"), Santi Senso (una barbada Cleonice) y Fernando Otero (Mirrina, la versión drag de Fernando Guillén). Sucede (de siempre) que Savary es más irregular que el electrocardiograma de San Vito, y que cuando Paco León y sus tres cuates no están en escena la función baja en picado. Y que la parte final, en la que aparecen el Papa, el Dalai Lama y Thierry Henry, y se amalgaman las causas más dispares (lesbianas y transexuales al poder; papeles para todos) se convierte en una ensalada de difícil digestión. Diría yo que Savary ha intentado hacer algo similar a la Lisístrata en clave queer de Ralf König, el historietista alemán, pero sin saber muy bien a qué carta quedarse. Coinciden ambos en el asunto de la atracción creciente entre Lisístrata y Lámpito (sugerida por el propio Aristófanes, según el director) y en la presencia de figuras transexuales, que aquí integran, literalmente, el coro femenino, pero Savary no confiere a sus personajes una sexualidad diferenciada, es decir, que no van más allá del esquema "hombres interpretando a mujeres". Ese tipo de mensaje cruzado impregna también la tonalidad del montaje, que va de lo festivo a lo brutal. Savary afirma que ha querido hacer un espectáculo blanco ("no he querido mostrar órganos masculinos para que mi hija de nueve años pueda ver la función sin sentirse agredida"), pero no tiene empacho en inventar y mostrar, aunque sea de modo farsesco, la castración de Cinesias (Ángel Ruiz), que entra luego en escena con los huevos en una bandeja y cantando Che farò senza coglioni: la verdad, no sé yo si eso le va a gustar a su niña. Con todo, el mayor problema de los intérpretes transexuales (Carla Antonelli, Aitzol Araneta, Andrea Alvites, Dedée Cuevas) es que, por muy respetables que sean sus reivindicaciones, su trabajo roza el amateurismo: las escenas de sus enfrentamientos con el coro de ancianos resultan planísimas, con un sorprendente tono bronco y chillado de muy escasa gracia. De entre los ancianos (degradados hasta lo inverosímil) destaca el buen oficio de Richard-Collins Moore como Corifeo y una escena, original y brillante, de Emilio Gavira, que enarbola un cipote/marioneta movido con hilos y al que canta (muy bien, por cierto) la serenata de Don Giovanni. Todos los desajustes actorales, las pérdidas de rumbo, la sobredosis de añadidos y los bajonazos de ritmo parecen esfumarse, mágicamente, cada vez que Paco León vuelve a pisar el escenario y a demostrar, colocando una frase o un gesto, que es el indiscutible motor de la representación. Y como Savary es un viejo zorro, sabedor de que un final vistoso también hace olvidar muchos tropiezos, regala al público un broche de cuento de hadas: se acaba la guerra, Lisístrata y Lámpito se aman sobre un lecho de hierba del que brotan rosas artificiales y todos cantan, a coro, Fly Me to the Moon. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de agosto de 2010