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Crítica:cine

Una fractalidad ingenua

El belga Jaco van Dormael se dio a conocer con la excéntrica y seductora Totó, el héroe (1991), película que, a través de las palabras de un narrador no fiable, contaba la historia de un individuo que, en el crepúsculo de su existencia, planeaba la postrera venganza contra quien, según su particular obsesión, le había robado la vida. El cineasta tenía el buen gusto de mencionar al gigantesco Dennis Potter entre sus referentes y su película absorbía al espectador en un complejo entramado acro-nológico, donde las situaciones imaginadas y la automitología del narrador funcionaban como eficaces trampas. En cierto sentido, Las vidas posibles de Mr. Nobody, su tercer largometraje, es una amplificación de su ópera prima, que insiste sobre unas mismas obsesiones -las variables de la existencia- para proponerse como la última palabra en narrativa fractal. Y, también, como pirotécnico sucedáneo de ficción posmoderna para lectores perezosos.

LAS VIDAS POSIBLES DE MR. NOBODY

Dirección: Jaco Van Dormael.

Intérpretes: J. Leto, D. Kruger, R. Ifans, S. Polley, J. Temple.

Género: ciencia-ficción. Cooproducción de ocho países.

Duración: 138 minutos.

Si en Totó el héroe, el protagonista localizaba en un hipotético incendio en la clínica de maternidad el punto de fuga que transformó su posible existencia feliz en destino de perdedor, Las vidas posibles de Mr. Nobody emula, en su mecánica narrativa, los modos obsesivos del narrador de esa primera película para que el espectador no se pierda en su espejismo de complejidad: por un lado, hay una elección decisiva en un andén ferroviario -el momento en que Nemo Nobody debe elegir entre su padre o su madre-; por otro, tres amores posibles, que son tres respectivas puertas a la felicidad, su contrario y la apatía.

Las vidas posibles... no es la gran película que cada uno de sus fotogramas parece estar celebrando con agotadora insistencia, pero es indudable que Jaco van Dormael ha construido un avasallador instrumento de seducción, una catedral del ingenio y del virtuosismo formal que, no obstante, se queda por debajo de sus posibles modelos: en otras palabras, aquí hay más Forrest Gump y Amèlie Poulain que Philip K. Dick o Thomas Pynchon. Su narrativa no es entrópica, sino casi publicitaria, impositiva, empeñada en utilizar sus imágenes como irrefutable argumento de venta.

En su novela El fondo del cielo, Rodrigo Fresán exploraba, a través de un radical proceso sustractivo, las posibilidades de la ciencia-ficción -sus conceptos, metáforas e imágenes- como instrumento para descifrar lo humano. Con las memorias contradictorias, paralelas y arborescentes del último mortal, Van Dormael intenta algo parecido, pero apuesta por la suma de elementos que, desgajados del conjunto, delatarían su pasmosa debilidad. Contar con un actor tan afectado como Jared Leto y citar reiteradamente El show de Truman no ayuda a elevar el conjunto por encima de su condición de impresionante tour de force necesitado de (más) sustancia o verdadera poesía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de julio de 2010