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Análisis:Primer plano

Pobrecitos consejeros delegados

La creación de empleo ha sido decepcionante, pero los beneficios empresariales durante el primer trimestre aumentaron un 44% con respecto al año anterior. Los consumidores están nerviosos, pero el Dow, que se encontraba por debajo de los 8.000 puntos el día en que fue investido el presidente Obama, supera ahora los 10.000. En un universo racional, las empresas estadounidenses estarían muy contentas con Obama. Pero no. Últimamente corren rumores de que la Administración de Obama está "contra las empresas". Y circula la opinión generalizada de que los temores a los impuestos, la regulación y los déficits presupuestarios frenan la inversión empresarial y bloquean la recuperación económica.

¿Qué hay de cierto en estas afirmaciones? Nada. La inversión empresarial es baja, desde luego, pero no más de lo que cabría esperar dado el exceso de capacidad y el escaso gasto de consumo endémicos. La patronal no se siente querida, pero darles un abrazo en grupo no sanará los males de la economía.

Pidan a quienes opinan que Obama asusta a las empresas alguna prueba fehaciente que respalde sus afirmaciones y le dirán que la inversión empresarial en fábricas y equipamientos se halla en su nivel más bajo, como porcentaje del PIB, en 40 años. Lo que no mencionan es que la inversión empresarial siempre cae en picado cuando la economía está deprimida. A fin de cuentas, ¿por qué deberían ampliar las empresas su capacidad de producción cuando no venden lo suficiente para utilizar la que ya tienen? Y, por si no lo habían notado, nuestra economía sigue estando profundamente deprimida.

Históricamente, ha existido una estrecha relación entre el grado de inversión empresarial y el "desfase en la producción", la diferencia entre la producción real de la economía y su tendencia a largo plazo, lo cual significa que la escasez actual de inversión no tiene nada de sorprendente, dado que el desfase en la producción es altamente negativo. En cualquier caso, es curioso lo bien que ha resistido la inversión empresarial.

Por otro lado, podemos observar directamente las cantidades de capacidad de negocio no utilizada. La utilización de la capacidad en la industria se ha incrementado en el último año, pero sigue estando muy por debajo de sus pautas históricas. Los índices de desocupación de las propiedades industriales y comerciales han alcanzado máximos históricos. Por lo tanto, puesto que las empresas tienen muchas estructuras y máquinas paradas, ¿por qué deberían construir o comprar todavía más?

De modo que, ¿dónde está la prueba de que un clima antiempresarial reduce el gasto? Supuestamente, la respuesta es que esto es lo que oímos cuando hablamos con los empresarios. Pero no se lo crean. Sí, cuando hablamos con los empresarios se quejan de los impuestos, de las normativas y del déficit; siempre lo hacen. Pero la cantinela de que las políticas socialistas de Obama están hundiendo la economía no viene de las empresas, sino de los grupos de presión empresariales, que no es ni mucho menos lo mismo. Lean el informe sobre la Cámara de Comercio de Estados Unidos en el último The Washington Monthly: difundir historias de terror sobre lo que los demócratas están maquinando es, en buena parte, lo que organizaciones como la Cámara hacen para ganarse la vida.

O lean el último estudio sobre tendencias de la pequeña empresa que ha llevado a cabo la Federación Nacional para Negocios Independientes, un grupo de apoyo. El comentario que encabeza el informe es básicamente una diatriba contra el Gobierno -"Washington aplica sanguijuelas y practica la sangría a modo de cura"- y uno podría suponer inocentemente que esta diatriba refleja lo que han dicho las empresas entrevistadas. Pero, aunque algunas empresas declararon que el clima político disuadía la expansión, fueron muchas más las que citaron la mala situación de la economía.

Los gráficos incluidos al final del informe, que muestran las tendencias en las percepciones que tienen las empresas sobre cuál es su "problema más importante", son todavía más reveladoras. Resulta que a las empresas les preocupan menos los impuestos y la regulación que durante los años noventa, era de auge inversor. Por otro lado, la inquietud por la escasez de ventas se ha disparado. La debilidad económica, y no el temor a las acciones del Gobierno, es lo que frena la inversión.

Entonces, ¿por qué oímos hablar tanto del presunto daño que está infligiendo el clima antiempresarial? Básicamente es la vieja historia de siempre: grupos de presión que tratan de intimidar a Washington para que recorte los impuestos y anule las normativas y de paso imponen precios más elevados a sus clientes.

Al margen de eso, como ya he dicho, los líderes empresariales no se sienten queridos: la crisis financiera, los escándalos relacionados con los seguros sanitarios y la catástrofe del golfo de México han pasado factura a su reputación. Sin embargo, por alguna razón, en lugar de condenar a sus compañeros por su mala conducta, los consejeros delegados culpan a Obama de "vilipendiar" a las empresas, al parecer refiriéndose a que habla con franqueza sobre la culpabilidad de las partes responsables.

Vale, los consejeros delegados también son humanos, pero consolarles porque se sienten dolidos no es una prioridad ahora mismo, y no tiene nada que ver con fomentar la recuperación económica. Si queremos un gasto empresarial más fuerte, debemos dar a las empresas una razón para invertir. Y, para ello, el Gobierno tiene que empezar a hacer más, y no menos, para propiciar la recuperación de la economía en general.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2010 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de julio de 2010