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Crítica:PENSAMIENTO

El estilo de los historiadores

Hay muchas maneras de dar cuenta del pasado o testimonio del tiempo en que se vive

Los griegos, que inventaron la escritura de la Historia, no se preocuparon de su interés filosófico. Tucídides no usa nunca la palabra historía, y no se interesaba ni por el pasado lejano ni por la arqueología, sino por lo que la gran guerra que él vivió a fondo revelaba sobre la psicología de la condición humana. Más tarde Aristóteles escribió, como de pasada, que la poesía -léase "la ficción literaria"- resultaba "más filosófica que la historia", porque trascendía lo particular, lo acontecido. (Aunque el Estagirita no desdeñaba el enfoque histórico: él y Teofrasto fundaron la "Historia de la Filosofía"). Con sobrada razón Jacobo Muñoz destaca bien que la Filosofía de la historia es una invención de pensadores modernos. Voltaire es el primero en usar ese término de rápido auge entre ilustrados y románticos, y en definir su horizonte teórico.

Filosofía de la historia. Origen y desarrollo de la conciencia histórica

Jacobo Muñoz.

Biblioteca Nueva.

Madrid, 2010.

34 páginas. 18 euros.

Historia de las historias. De Heródoto al siglo XX

John Burrow.

Traducción de F. Meler Ortí.

Crítica. Barcelona, 2007.

668 páginas. 35,90 euros.

Formas de hacer Historia

P. Burke (editor).

Traducción de José Luis Gil Aristu y Francisco Martín Arribas.

Alianza. Madrid, 2003.

336 páginas. 25,20 euros.

Aunque tal vez cierta reflexión al respecto apuntaba ya en las Historias del helenístico Polibio, quien, desde la atalaya romana del círculo de los Escipiones y con un bagaje filosófico no desdeñable, tiende su mirada crítica sobre el pasado que parece conducir a la grandeza de Roma e interpreta esa marcha como un signo del progreso universal. (Como a otros historiadores, el exilio estimulaba su afán histórico). Unos siglos después se impone una interpretación distinta en los historiadores cristianos, desde san Agustín hasta finales de la Edad Media, al representar la Historia como el desarrollo del designio de un dios omnipotente. Lo que, visto luego, es un notable retroceso intelectual, pues desde su origen helénico la historía (o "investigación sobre lo visto") se definía por el rechazo del mythos. En el escenario épico cabían los dioses; en el histórico, no. Ya Heródoto prescindía de suponer cualquier intervención mítica en los sucesos narrados. (Si habla alguna vez de "lo divino", "perturbador y envidioso", y si cuenta algún prodigio, es sólo por su gusto por las noticias novelescas). Que un Dios omnipotente actúe detrás del telón de la Historia Universal es una idea no sostenida por los historiadores griegos ni romanos, en contraste con los textos hebreos, de furor nacionalista y tesón profético. Que la Historia traduzca los designios de Dios (y ganen los buenos y haya castigo para los malos) es un espejismo de escritores aficionados a la Teología y a la propaganda religiosa.

La auténtica Filosofía de la Historia surge sólo desde la Ilustración y cobra un impulso vibrante en el idealismo de Hegel, y refuerza su horizonte utópico en Marx, y se colorea en otros pensadores de la modernidad con luces y sombras diversas, como demuestra J. Muñoz con sus inteligentes análisis y pertinentes notas. Sin embargo, he de confesar que siempre me ha interesado más la historiografía real que la filosofía de la historia -sin duda por ser un lector frívolo- y me apasiona más la lectura de los diversos historiadores, de una y otra época, viejos maestros del relato en ese género literario. Un género que se enfrenta a la dura y efímera realidad para indagar su sentido y reflejarla (Tucídides se presentaba como un austero "notario") con rigor y precisión. Pero cada gran historiador tiene su voz y su mirada, aunque intente dar una versión desapasionada -sine ira et studio- de cuanto selecciona y transmite lo que cree preciso "salvar del olvido para el futuro" (Heródoto). En toda historiografía late esa apuesta por el relato objetivo, pero es inevitable el acento propio, un estilo subjetivo y una impronta personal. Algunos historiadores fueron grandes escritores; pero incluso los de plumas más grises tienen su estilo propio (y, de propina, su valor literario).

La Historia no fue nunca una ciencia exacta, sino un método para recobrar y reflejar el pasado. No una epistéme, sino una téchne, como se decía en griego. Y se articula como una serie de "historias", tal como aclara muy bien el admirable libro de John Burrow: Historia de las historias (desde Heródoto al siglo XX), que nos ofrece una panorámica de la tradición historiográfica occidental. El libro tiene cinco apartados: Grecia, Roma, la Cristiandad, el Renacer de la Historia Secular y el Estudio (moderno) del Pasado. Es una amena galería de finos retratos de los historiadores: de Heródoto a los de la Escuela francesa de los Annales. Están Tucídides, Polibio, Salustio, Livio, Tácito, Beda, Gregorio, Froissart, Maquiavelo, Bernal Díaz, Gibbon, Hume, Montesquieu, Michelet, Burkhardt y Ranke, entre otros. (Incluso Godofredo de Monmouth, el inventor del reino de Camelot). Con sus rasgos de época, sus ideas, su método, su estilo, su impronta. El historiador no habla de sí mismo, pero firma su obra (los griegos dan su nombre al comienzo) como garantía de veracidad. Esta narrativa se hace crítica en Tucídides -como destacó Nietzsche en su Consideración intempestiva- y tiende a la mirada severa: el historiador es testigo y, en teoría, un juez insobornable. Con tono cáustico, como Tácito, o irónico, como Gibbon; pero siempre da un sentido a lo narrado. Estupenda y larga es la travesía intelectual que la historia ha trazado en esos textos inolvidables, huellas magníficas de su inquieta conciencia crítica.

Por otra parte, el relato histórico avanza y se diversifica en variados horizontes temáticos (historia de las mujeres, de la lectura, del cuerpo, de las imágenes, etcétera). En otras nuevas Formas de hacer Historia. (Como reza el excelente título de P. Burke).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de julio de 2010