Reportaje:

70 años para enterrar al padre

La familia de José Celda, fusilado en 1940 tres meses antes de que le llegara el indulto, pide ayuda al Ayuntamiento de Paterna para identificarlo y enterrarlo

"Cuando ya estaban entrando los nacionales en Valencia, mi tía vino a ver mi padre".

-Celda, en el puerto hay un barco. Cogedlo tú y mi hermana y dejad a las niñas. Después ya las reclamaréis.

-¿Yo? Yo no me puedo ir. No me he metido en nada.

Pasaron los días. José Celda tenía 40 años. Era un hombre alto y fuerte. Agricultor. De izquierdas. Una tarde, viendo que no volvía, su mujer y otros familiares fueron a buscarlo al campo, en Massamagrell. Encontraron la azada en el suelo. Pensaron que ya lo habían encerrado. Era el 9 de abril de 1939. La Guerra Civil había terminado ocho días antes.

La que va contando la historia en su casa de Puçol, antes de servir horchata a los invitados, es Josefa Celda, la hija menor de José. Tiene 79 años, la cabeza lúcida y buena memoria. Está intentando sacar los restos de su padre de una fosa común del cementerio de Paterna para darles sepultura junto a su madre, que murió en 1989. Sabe dónde está el cuerpo, y cómo identificarlo. Ha solicitado ayuda al Ayuntamiento de Paterna en dos ocasiones. La primera vez, justo antes de que el Gobierno municipal socialista fuera relevado por otro del PP en 2007. La última, el 24 de septiembre de 2008. Pero no ha obtenido respuesta.

El indulto para José Celda llegó tres meses después de haberlo fusilado
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Josefa no busca venganza. Solo quiere enterrar a su padre
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Josefa insiste en que no busca venganza. Solo quiere enterrar a su padre. Y, de paso, cortar la piedra que la familia lleva arrastrando desde los primeros días de la posguerra.

Poco después de encarcelar a su padre, que había pertenecido a Izquierda Republicana, el partido fundado por el presidente de la II República, Manuel Azaña, los nacionales se llevaron a su madre, Manuela Soler, que había cosido ropa para los soldados del frente de Teruel. A él lo llevaron a la cárcel Modelo de Valencia. A ella la encerraron en una nave de Sagunto.

Visitar al padre no era fácil porque la entrada a la cárcel estaba vetada a los niños. A Josefa, que tenía nueve años, le ponían vestidos de una prima para que pareciera mayor. La cosa dependía de la suerte y del guarda. "Una vez, uno de ellos dijo: 'Esta niña, atrás". Me sentó de un empujón en un banquito que había en la entrada y allí me quedé llorando hasta que salieron mis familiares".

A José lo juzgaron. El proceso, cuentan, duró unos minutos. Al acusado le dijeron el nombre del denunciante, pero no lo reconoció porque en el pueblo se lo conocía por su apodo (un tal Morret). Lo condenaron a muerte. La familia movió cielo y tierra para intentar evitarlo.

Durante un mes, cada día, lo sacaron al patio con otros compañeros. "Los sacaban y elegían a los que iban a fusilar: '¡Tú, tú y tú, al camión!".

La víspera de la ejecución, las hermanas de José llevaron a Josefa a verlo. "Me dijeron: 'Hija, vas a ver a tu padre por última vez. Que no se te caiga una lágrima delante de él". Iban a engañarlo, a decirle que aún se podía salvar. La sala de visitas tenía rejas a ambos lados y un pasillo en medio. Los presos y sus familiares no alcanzaban a tocarse. "Nada más entrar, me dijo: 'Hija, con las ganas que tiene tu padre de darte un beso". Él estaba... porque ya sabía lo que iba a pasar. Y a mí me entró una cosa en la garganta que ya no he podido volver a llorar".

El 14 de septiembre de 1940, a las seis de la tarde, lo fusilaron en Paterna. Como era alto, las balas le pegaron en el pecho mientras a los demás condenados les daban en la cabeza. La hermana de José lo vio subida a un árbol que había junto al cementerio. Entró a reconocer el cadáver. Le dio cinco duros al enterrador, un capital en aquella época, para que abrazara el cuerpo a una botella cerrada, en cuyo interior había introducido un papel con su nombre. La mujer también le cortó un mechón de pelo, que la familia ha guardado como una reliquia desde mucho antes de saber que es una vía idónea para la identificación por ADN.

El indulto para José Celda llegó de Madrid tres meses después de haberlo fusilado. Su mujer siguió presa hasta 1943. Las tierras y demás posesiones les fueron incautadas. Las hijas pasaron cuatro años dando vueltas por casas de otros familiares. El miedo duró décadas.

Un día, ya en libertad, cuando caminaba por un camino de la huerta entre Massamagrell y Massalfassar, Manuela Soler se cruzó con Morret. Oyó cómo le decía: "¿Tú dónde vas? Tendrías que estar colgada con tu marido". Manuela se refugió en casa de su padre en la Cruz Cubierta, un barrio de Valencia.

Pasaron años antes de que las hijas de José Celda se percataran del contenido de un pequeño marco en casa de su tía. La mujer les contó la historia. Antes de fusilarlo, las hermanas recogieron de la Modelo la ropa de José. En el pliegue de un pantalón encontraron una carta muy doblada. Estaba escrita sobre papel de váter.

"La hermana del fallecido la tuvo escondida muchos años. Hasta que las hijas no fueron mayores no les dijo: 'Esto es vuestro. Vuestro padre os dirigió esta carta en la que os dice que os quiere. Que él tiene que ir con la cabeza muy alta. Que no lo olvidéis. Que él no ha hecho nada. Está escrito ahí por mi abuelo", cuenta Júlia Piquer Celda, hija de Josefa y nieta de José, señalando la carta transcrita varias veces para evitar que se perdiera el papel.

Tardarán más o tardarán menos, pero la familia está segura de que enterrarán a José Celda donde debería estar, porque las nietas tienen el mismo empeño que sus hijas.

Un portavoz del Ayuntamiento de Paterna aseguró a este diario que la solicitud de 2008 quedó bloqueda en algún punto de la cadena administrativa sin que puedan explicar la causa, que atribuyó a un error municipal. Este tipo de casos, afirmó, suelen resolverse en dos meses. El portavoz se ofreció también a gestionar personalmente el procedimiento.

Sobre la firma

Ignacio Zafra

Es redactor de la sección de Sociedad del diario EL PAÍS y está especializado en temas de política educativa. Ha desarrollado su carrera en EL PAÍS. Es licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y Máster de periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid y EL PAÍS.

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