Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:PURO TEATRO

Tórtolas y corderos

Tórtolas, crepúsculo y... telón, de Francisco Nieva, en el Valle-Inclán: gran planteamiento, insuficiente desarrollo. Los corderos, de Daniel Veronese, en el Español: estupenda puesta y reparto, texto con demasiados entreveros

1 Tórtolas alicortas. El estreno en el Valle-Inclán de Tórtolas, crepúsculo y... telón (precioso título, digno de Tennessee Williams) debe haber sido para Francisco Nieva lo más parecido a un sueño realizado: escrita en 1952 y arrumbada desde entonces por su dificultad escénica, ha logrado dirigirla a sus 86 primaveras tal como la imaginó. Bastarían ambas cosas para brindar con champán por su porfía. El planteamiento de Tórtolas habría hecho las delicias de Gombrowicz: un grupo de cómicos en decadencia -la diva Trapezia (Esperanza Roy), el viejo galán Cayo Marcio (José Lifante), la damita Opal (Beatriz Bergamín), la aspirante Camila (Ángeles Martín) y los gemelos Barrabás (Pablo Baldor y Fernando Gallego)- llegan a una ciudad asolada por la peste y son encerrados en el viejo teatro por el siniestro cancerbero Senedian (Manuel de Blas). Los palcos pertenecen a las viviendas circundantes y la reina del lugar es Zemira (Jeaninne Mestre), eterna rival de Trapezia, convertida en vestal del "teatro difuso" (o "teatro involuntario"), una suerte de Gran Hermano escénico con tintes experimentales: los protagonistas, como no tardarán en comprobar, son los actores "atrapados en su cotidianidad" y escrutados por un público esnob de "notables y famosos". Lo mejor, como siempre en Nieva, es el lenguaje, zumbón, vigoroso y poético, y su juguetona imaginación, apoyada en una preciosa escenografía de José Hernández. Y lo más valiente y sugestivo de Tórtolas es que, militando su autor en la vanguardia de la época, tomó partido por la vieja compañía de cómicos (que le parece más humana, heroica y verdadera) frente a la seudomodernidad vacua, arrogante y subvencionada de Zemira y de un público dispuesto a pagar por cualquier cosa mientras lleve el marchamo de la novedad. En la comedia hay tanta lucidez teórica (y anticipación de lo que se nos venía encima) como escasa peripecia y menguado calambre. Sin duda Nieva tendrá sus razones para haberle marcado (o permitido) a Manuel de Blas que interprete a Senedian como el Fagin de una versión escolar de Oliver Twist. El aire de aventura chiripitifláutica encuentra su metáfora en ese telón / guillotina que parece abatirse sobre los cómicos como el péndulo de la muerte y tan sólo provoca un pequeño desbarajuste de ayes y correteos. Poco partido se saca también de la pareja de "frailes polivalentes" (Carolo Ruiz, Bertoldo Gil), muy sugestivos sobre el papel, o del prekantoriano invento del "cadávetro", diseñado para forzar el saludo de los actores muertos. En la segunda parte la función se estanca y se agota, tal vez porque apenas se desarrollan los personajes que viven en los palcos. Tiene voz y eco, desde luego, la delirante Zemira, y sus dos enfrentamientos con Trapezia, al principio y al final, son lo mejor de la función; tiene gracia y humanidad Loredana (Isabel Ayúcar), criada del invisible empresario y espectadora entregadísima, pero los demás son meras promesas: el crítico que vive en el sótano / carbonera no aparece, y sus dos hijos se limitan a apuntar al público con tirachinas, del mismo modo que las viejas "del ático" (Cristina y Marisa Zapata) tan solo cruzan la escena para pegar unos graznidos, mientras que los opulentos Ramadeo y Ramadea (Carlos Velasco, Trinidad Iglesias) no rebasan el doble cliché de rico con chistera y señora gorda, ya polvoriento en los días de La Codorniz. Hay gracia y destellos de locura en los trabajos de Esperanza Roy (a ratos con el elegante pasmo de Conchita Montes, a ratos con el aura turulata de Mari Carmen Prendes), de Jeannine Mestre en su delicioso perfil de dominatrix intelectual, y de José Lifante, que recuerda un cruce parapsicológico-espectral entre Ángel Picazo y Tomás Blanco.

Lo mejor, como siempre en Nieva, es el lenguaje, zumbón, vigoroso y poético, y su juguetona imaginación

2 Demasiadas preguntas. ¿Quién y por qué ha secuestrado a Gómez y le ha llevado, con los ojos vendados, a casa de Berta, su (presunta) novia de antaño? ¿Por qué reacciona Berta como si Gómez fuera una simple visita inoportuna? ¿Cuál es la verdadera relación entre Berta y Tono, su ex marido, presuntamente salvaje? ¿Y entre Tono y su (presunta) hija? ¿Qué sucedió entre ellos veinte años atrás? Nada ni nadie es lo que parece ser, y menos que nadie Fermín, el omnipresente vecino que dice ser médico, y conductor, y (presunto) ángel de la guarda, pero sonríe como el Joker de Batman. Lo único cierto es que hay una pistola en el cajón de la mesa y más secretos que dinero. Del maravilloso mundo de los animales: los corderos (1992) es una de las primeras obras de Daniel Veronese, muy influenciada, diría, por el humor esquinado y feroz del primer Pinter (La fiesta de cumpleaños) y el teatro incierto y turbulento de Eduardo Pavlovski. La compañía andaluza Histrión Teatro viajó a Buenos Aires para que el maestro les dirigiera (y les prestara, de paso, la escenográfica esquina peligrosa de Mujeres soñaron caballos y Espía a una mujer que se mata). De vuelta, han presentado su trabajo en la sala pequeña del Español. Notable trabajo: imprimen a la función un aire de sainete alucinado, no pierden comba rítmica, dan de fábula los cambios de humor e intención a media frase, y edifican una pegajosa sensación de violencia inminente a cinco bandas. Ellos son Paco Inestrosa (Gómez), Gemma Matarranz (la esposa), Enrique Torres (Tono), Manuel Salas (Fermín) y Elena de la Casa (la hija). Los corderos no tiene, en mi opinión, la hondura de las piezas posteriores de Veronese, ni la claridad helada que acababa emergiendo tras la maraña de conflictos. El continuo tirón de la alfombra bajo tus pies, el rizar una y otra vez el rizo de las incógnitas y el no saber nunca a qué carta quedarte producen una cierta fatiga, un desentendimiento. Pese a la brillantez de las interpretaciones y la dirección, el exceso de preguntas te saca de la obra. ¿Están todos locos? ¿Es un juego, una venganza, un ritual reiterado, una pesadilla? ¿Está sufriendo Gómez un ataque de pánico de hora y diez? ¿O Los corderos no quería ser otra cosa que un perverso ejercicio de tensión dramática para cinco actores y público perplejo?

Tórtolas, crepúsculo y ... telón. Texto y dirección de Francisco Nieva. Centro Dramático Nacional. Teatro Valle-Inclán. Madrid. Hasta mañana. cdn.mcu.es. Del maravilloso mundo de los animales: los corderos. Texto y dirección de Daniel Veronese. Teatro Español. Madrid. Hasta mañana. www.esmadrid.com/teatroespanol/

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de junio de 2010