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Reportaje:LIBROS

Diario de un adicto al 'crack'

Washington
Bill Clegg, un agente literario de éxito, parecía el hombre perfecto. Hasta que ya no pudo ocultar más sus vicios. Lo cuenta en un libro que ha conmocionado a la élite neoyorquina.

"No hay modo de que pueda sobrevivir a esto. Me preparo otra calada. Otra. Y otra". En ese momento, Bill Clegg, agente literario, treintañero de éxito en Nueva York, alguien que lo tenía todo y lo ha dilapidado todo, se enfrentaba a la muerte. Quería morir. Su camello, Happy, le había traído 2.000 dólares en crack, 40 bolsas. Tenía 10 pipas cargadas de droga. Le añadiría pastillas para dormir y lo regaría con litros de vodka. Sabía que iba a morir.

Así transcurrieron dos meses exactos de colocón. Fue en 2005. Un angustioso descenso personal a la sordidez más perfecta. De representar a autores de éxito en Manhattan y llevar una vida aparentemente idílica con su novio, director de cine, en un fabuloso apartamento de Manhattan, Clegg pasaba a recorrer las calles desesperado y sin rumbo, vestido con ropa andrajosa, buscando baños públicos en los que poder darle una nueva calada a la pipa.

"El sexo, como las drogas, servía para borrar el insoportable peso de mi conciencia"

Así lo cuenta, con precisión de cirujano, sin dramatismos ni giros ampulosos, en Portrait of an addict as a young man (editada en EE UU por Little, Brown & Co. y pendiente de vender los derechos en España), una novela en la que el antihéroe se contempla en un espejo y no se reconoce. Como cuando, en su orgía de crack, después de que le hayan prohibido la entrada a diversos hoteles, recala en un restaurante chino y entra al baño a fumar. Ve su torso en el espejo: "Me siento, por primera vez, más allá del deseo sexual, como si hubiera entrado en otro estadio del colocón, en el que el sexo ya no importa. Y me siento aliviado: ese cuerpo que veo no es el cuerpo que me gustaría que la gente viera".

Ese parece ya un punto de no retorno en el que el joven educado de Massachusetts, que llevaba trajes de Gucci, cenaba en restaurantes frecuentados por famosos y organizaba cenas para escritores célebres, se ha convertido en un esqueleto de sí mismo. Hasta ese punto, Clegg ha recorrido todos los rincones de la humillación voluntaria más dolorosa. Se ha levantado a desconocidos en plena calle. Ha dejado a su mismo novio solo, en la presentación de una de sus películas en Berlín, por fumar crack y pajearse con un taxista en el parking de un 7-Eleven en Newark. Ha mantenido sexo con un prostituto mientras ese novio, desesperado de dolor, perdido, atormentado, le mira desde una silla en la misma habitación y llora, llora, llora.

Y aun así, el sexo es un trámite más. "Igual que las drogas: era una forma de borrar la ansiedad, la timidez, el insoportable peso de la propia conciencia", nos explica por e-mail Clegg, que apenas se prodiga en entrevistas. "Las drogas solo me hacían querer más drogas, más olvido. Así que cuando me drogaba, bebía más vodka, tenía más sexo, tomaba más drogas".

Como a la mayoría de personas que entran en ese bucle perfecto, a las que la adicción las anula, Clegg temía a las mañanas. Perdido en un laberinto de hoteles en los que se dejó casi 70.000 dólares en crack y 18 kilos de su cuerpo, corría las cortinas y veía las mañanas caer sobre Nueva York. El mundo seguía y él lo veía a un paso de la tumba. "El día llegaba", recuerda. "Esas tareas mundanas —ir al trabajo, llevar a los niños al cole— marcaban un contraste con el sombrío recuerdo de haberme drogado la noche anterior y con la incapacidad de incorporarme a ese mundo".

Su caída fue, de hecho, un pequeño escándalo en el mundillo literario neoyorquino. Clegg había montado una agencia con una socia. Representaban a autores de éxito. Les iba bien. Hacían dinero. Pero, desde antes, Clegg ya le daba al crack.

En la novela detalla con una inocencia pasmosa su primera calada, sus traumas de infancia, la asfixiante relación con su padre, cómo un anciano conocido le echa el anzuelo, le seduce con caricias y crack, le abre una puerta al abismo al que él solo se lanza, de cabeza, sin mirar.

Esa adicción fue creciendo. Hasta el punto de que su personalidad no quedó más que como un disfraz, un accesorio del adicto temerario. Poco a poco llegó la paranoia. Veía agentes de policía por todos los lados. Como muchos drogadictos, pensaba que todo a su alrededor era parte de una conspiración: los taxistas, los camareros, los azafatos. La euforia que sentía al fumar crack venía acompañada de esa perturbación mental. "Desde que dejé las drogas, no he experimentado el mismo tipo de paranoia. Gracias a Dios", explica.

Un día lo dejó todo. Bill, el agente literario, era ya Bill, el adicto al crack. Abandonó la agencia. Dejó a sus autores a merced de otros agentes. Su caída fue sonada. Su desaparición, dolorosa para su familia y su novio. Clegg lo cuenta con la despreocupación de alguien ajeno al drama que vive. No cede al exabrupto ni siquiera cuando acaba fumando crack con una desconocida en un refugio para los sin techo. Ni siquiera parece exagerado en su intento de suicidio por sobredosis y colapso de alcohol y pastillas. Su relato podría ser el de un niño perdido, confuso, noqueado.

Sin darle importancia, cuenta que el pasado 11 de junio ha cumplido cinco años sobrio. No bebe. No se droga. Ha rehecho su vida. Trabaja para otra agencia literaria. Los autores a los que representaba han vuelto a él. Ahora no le teme a las mañanas. Recuerda a la gente a la que hizo daño. ¿Qué le gustaría decirles? ¿Qué se les puede decir a aquellos a los que perdió, como su ex novio? "Nada. Nada que quisiera decir en un periódico, de todos modos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de junio de 2010