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Entrevista:MÚSICA / Entrevista

Piano de fresa y chocolate

José María Vitier graba su primer disco en solitario, editado con un DVD que dirige Jorge Perugorría

Se ve a José María y a su mujer, Silvia, entrando en una iglesia y luego a él tocando el piano bajo un Cristo que cuelga del techo. "La basílica de San Francisco, en La Habana Vieja, es ya emblemática para el acontecer musical cubano y se ha convertido en mi sitio predilecto de conciertos. Por la mística que tiene el lugar y porque dispone de un estupendo piano", explica el compositor y pianista. "Esa búsqueda de lo espiritual se acomoda a mi forma de ver las cosas". Sus padres, los poetas Cintio Vitier y Fina García Marruz, "fueron figuras de un cierto tipo de sentimiento religioso y, a la vez, de izquierdas, muy importante para la historia de la cultura cubana".

Hasta ahora José María Vitier (La Habana, 1954) no se había lanzado a grabar un disco de piano solo. Ese requisito casi imprescindible, según Fernando Trueba, para todo pianista que se precie. "Es saldar una deuda con un instrumento que empecé a tocar cuando aún no llegaba a los pedales y a través del cual llegué a la composición". La cultura pianística en Cuba es cosa muy seria: desde Cervantes, Saumell o Lecuona hasta Frank Emilio, Gonzalo Rubalcaba o Chucho Valdés. "Siempre he pensado que en Cuba el piano tiene entidad de símbolo nacional. Yo admiro mucho la obra de los pianistas cubanos porque creo que cuando componían estaban inventando el país musical. Aquellos criollos más o menos acomodados interpretan un romanticismo europeo, sobre todo chopiniano, en el que se empiezan a filtrar los ritmos de lo africano. Ellos empiezan a hacer síncopas, y bajos anticipados, y una melódica cubana". "En otros discos míos el piano también es protagonista, y algunos casi son de piano solo, pero siempre al final uno se engolosinaba con un percusionista o un bajista, y los proyectos terminaban por ser más de cámara", admite. "Éste surgió en la imaginación de Silvia como un disco que trataba de reproducir el piano que ella escucha en nuestra casa por las mañanas. Por eso tiene mucha paz, no es tan especulativo como otros míos en los que hay otros vericuetos, otras búsquedas. Es íntimo, casi doméstico podría decirse. Y, sin lugar a dudas, un disco de pareja. Una vez dije que Silvia estaba siempre adivinando la música que a mí todavía no se me había ocurrido", recuerda. "Es mi primer disco en solitario, pero creo que no va a ser el último".

Jorge Perugorría firma el DVD de Pulso de vida para el que tuvo acceso al archivo fotográfico de los Vitier. "Tenemos mucha fe en esa mirada tan limpia y tan desenfadada que tiene de las cosas. Y creo que armó esas historias relacionadas con cada pieza musical de una forma muy inspirada". Vitier y Perugorría se conocieron a mediados de los años noventa durante el rodaje de Fresa y chocolate. Y la música de José María Vitier se escucha en películas como la de Gutiérrez Alea y Tabío, El siglo de las luces (Solás), Un señor muy viejo con unas alas enormes (Birri) o Lista de espera (Tabío). "Tengo que reconocer que me sorprende a veces notar que mi música tiene un deje un poco melancólico. Aunque, como me dijo alguien una vez, la belleza, si es que uno la alcanza, nunca es triste en el fondo". "Yo estudiaba piano, pero de joven tocaba la guitarra. A veces digo, en broma y en serio, que la guitarra daba muchas más posibilidades para cosas que eran para mí muy importantes en ese momento. Si uno empezaba a noviar la guitarra era mucho más práctica", dice sonriendo. "Empezaba la nueva canción y había que saberse las canciones de Silvio y de Pablo. En realidad yo aprendí para poder tocar las canciones de la trova tradicional. Y me parece muy evidente que en mi forma de tocar el piano hay algo de la guitarra. Me influyó muchísimo. Quería que mi música instrumental tuviera la vibración, el estremecimiento que había con esos señores de casi cien años a los que se les iba la vida en lo que estaban cantando". -

Pulso de vida está editado por Sello Autor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de junio de 2010