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COLUMNA

Mala imagen

La vida reparte coincidencias en su coctelera caprichosa. Estaba escuchando la trifulca de los senadores del PP contra el presidente Zapatero cuando al otro lado de la calle, detenido por el semáforo, me fijé en una madre que recogía a su hijo del autobús escolar. La escena tomó tiempo. No tuvo la estampa ágil y descuidada de cualquier tarde habitual. El chico descendía por la puerta trasera, en su silla de ruedas, transportado lentamente por un mecanismo preparado. Sufría parálisis, no tendría más de 11 o 12 años, y su cabeza apenas lograba despegarse del reposacuellos negro. El conductor ayudó a la madre a terminar de posar las ruedas de la silla sobre el asfalto y yo seguía ahí detenido, mirándoles. Pero el ruido de fondo eran los gritos de dimisión, dimisión, dimisión, que reproducía la radio.

Puede que el Senado sea un lugar más noble y elegante que aquel esquinazo de acera, pero yo me alegré de estar allí, frente a aquella madre y a aquel niño, que enriquecían sin quererlo la banda sonora de sus señorías. Me alegré de no tener que asistir a la sesión con una libreta de notas. Y también me alegré de poder escribir de ellos dos, que se alejaban a paso lento tratando de encontrar un desmonte por el que subir a la acera y seguramente regresar a casa.

Cuando por fin pude ver por la tele la protesta de la oposición y la sostenida salva de aplausos de la bancada socialista no pude disociarlo de la escena anterior. Supongo que la vida le pega a menudo esos puntapiés a la política. Pensé en esa madre que tantas veces habrá tenido la tentación de dimitir y en la falta de eco de sus satisfacciones y sus desconsuelos. Los políticos fabrican una representación que no siempre es cómoda ni agradable. Es bien fácil colocarlos siempre en la diana de la crítica, de la parodia, del ridículo. Pese a las críticas que les lluevan, de lo de ayer el culpable fui yo, que estaba como siempre en el lugar equivocado en el momento equivocado. Cuando el líder del PP se refería a los obstáculos y a la dignidad, en mi cabeza se identificaban con una escena bien lejana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de mayo de 2010