EL RINCÓN

David B. dibuja sin parar

Pierre-François Beauchard, en arte David B. (Nîmes, 1959), es idéntico a como se dibuja. Esbelto, nariz afilada, cejas densas detrás de gafas ligeras, mechones rebeldes que empiezan a encanecer. La mirada es quieta, apacibles los modales, la atención bien hincada en el cuaderno semiabierto encima del escritorio. Como si le preocupara que los muñecos japoneses y los pequeños personajes que pueblan la primera plancha de su álbum sobre Osaka pudieran escaparse. Estudia las criaturitas de papel con la concentración afectuosa de un padre que observa a su hijo dormir. El artista francés, que con la fundación de la editorial L'Association (1990) y con La ascensión del gran mal (1996, publicada en España por Sins Entido), dolorosa y onírica autobiografía en imágenes, ha dado dignidad literaria a la novela gráfica, se mantiene bien arrimado a su libreta, su "laboratorio portátil, junto a acuarelas y tinta china". "Dibujar es lo que hago sin parar todo el día. Me encanta y además vivo de ello", dice con serena simplicidad. Su estudio italiano es la prueba de ello.

El techo más que alto es remoto. La luz rebota sin estorbos y los escasos libros dejan casi desempleada la gran estantería de abedul. Al fondo, incómodo en medio de tanto vacío, el escritorio antiguo acoge cajitas de acuarelas, pinceles, unos tarros de mermelada que ahora sirven para diluir los colores, bocetos y recortes de revistas. Una nave espacial recién aterrizada en Marte de otro planeta más animado. El cuaderno recoge las planchas del segundo volumen de Journal d'Italie, un diario de viaje aún a medias cuya primera parte acaba de salir en Francia.

David B. cuenta sus paseos por Trieste, Venecia y Bolonia, la ciudad donde se enamoró hace siete años y donde ahora pasa algún fin de semana con su mujer. El trazo, a veces tembloroso, otras decidido, recorta imágenes bidimensionales y planas como incisiones medievales. Una caligrafía para relatar el mundo, los recuerdos o los sueños de manera siempre expresiva, íntima y personal. Con fondo blanco y escenas amplias, ni el color consigue dar plasticidad a sus relatos de Italia o Japón, que se quedan flotando en una dimensión de irrealidad lírica. "De pequeño no paraba de copiar imágenes de libros de historia. Estaba obsesionado con los guerreros medievales, tan estilizados que acaban siendo expresionistas". En Bolonia, su segunda casa, después de París, se puede "sumergir en aquella época, ayudado por los soportales, las iglesias románicas y las torres de ladrillo visto". Y, en casa, encima de la mesita de noche, la autobiografía de Petrarca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 15 de mayo de 2010.

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